La Paz, 18 de mayo de 2026 (ANF).- La fe se ha convertido en uno de los pocos refugios para miles de personas privadas de libertad en Bolivia. En un contexto marcado por el hacinamiento, el abandono familiar y la precariedad institucional, especialistas coincidieron en que la religión cumple una función de contención emocional y social dentro de las cárceles. Sin embargo, también advirtieron que ese espacio espiritual puede convertirse en un mecanismo de manipulación, obtención de privilegios e incluso reproducción de dinámicas de poder dentro de los penales.
El criminólogo y exdirector de Régimen Penitenciario, Ramiro Llanos, sostuvo que la religión representa, para muchos internos, el último recurso de reconstrucción humana después de haber sido “despojados de su dignidad” por el sistema penal y judicial.
Según Llanos, gran parte de la población penitenciaria llega a la cárcel tras experimentar torturas policiales, extorsiones judiciales y un progresivo abandono afectivo. En ese escenario, afirmó, la fe aparece como un soporte espiritual que permite a las personas privadas de libertad encontrar sentido y consuelo.
“El ser humano, en su debilidad, busca un ser superior en quien refugiarse. En la cárcel esto se vuelve más intenso porque muchos internos sienten que ya no tienen a nadie”, explicó a ANF.
El especialista consideró que la religión no actúa únicamente como una herramienta de rehabilitación, sino como un proceso “integral y habilitador” que puede impulsar cambios profundos en la conducta. Aseguró que la experiencia espiritual favorece el arrepentimiento genuino, el abandono del consumo de drogas y alcohol y la reconstrucción de vínculos familiares.
Llanos incluso afirmó que, en cárceles donde existe una fuerte presencia religiosa —católica o evangélica—, los índices de reincidencia serían significativamente menores que en recintos donde no existen estos espacios de acompañamiento espiritual. Para él, la transformación auténtica no se limita a participar en cultos o ceremonias, sino que debe reflejarse en acciones concretas de reparación del daño causado y servicio a la comunidad.
“El cambio debe ser visible. Si no hay recuperación de la familia, reparación del daño y transformación de conducta, entonces puede tratarse solo de una apariencia”, señaló.
No obstante, también advirtió que en los últimos años el trabajo pastoral dentro de las cárceles bolivianas habría enfrentado mayores restricciones. Según su criterio, la reducción de credenciales para líderes religiosos y el cierre de espacios destinados a iglesias dentro de los penales han debilitado una labor que considera fundamental para la convivencia penitenciaria.

Una mirada más cautelosa planteó la psicóloga especializada en temas penitenciarios Tania Viscafé. Aunque reconoce el valor emocional y social de la religión, advirtió que también puede convertirse en un instrumento de control y obtención de beneficios dentro del sistema carcelario.
Viscafé definió la religión como un “factor resiliente externo”, especialmente importante para internos recién ingresados o personas abandonadas por sus familias. Explicó que los grupos religiosos ofrecen acompañamiento emocional en momentos de miedo, incertidumbre y soledad.
“Muchos privados de libertad encuentran en las iglesias el único espacio donde alguien los escucha o les brinda apoyo”, afirmó en contacto con ANF.
La psicóloga subrayó además el peso material que tienen las organizaciones religiosas dentro de las cárceles. Iglesias católicas y cristianas suelen ingresar alimentos, ropa y productos básicos, además de mejorar los ambientes destinados al culto.
Estos espacios, señaló, suelen convertirse en lugares más acogedores dentro de un entorno caracterizado por el deterioro y la violencia cotidiana. “Permiten que los internos se olviden un poco del encierro”, explicó.
Sin embargo, Viscafé advirtió que esta ayuda también genera dinámicas de dependencia y condicionamiento. En algunos casos, dijo, la participación en actividades religiosas puede estar motivada más por el acceso a comida o beneficios materiales que por convicciones espirituales.
Además, la participación activa en iglesias internas puede traducirse en ventajas dentro del sistema progresivo penitenciario. Ser pastor, responsable de culto o participar en talleres organizados por grupos religiosos puede sumar méritos para acceder a beneficios penitenciarios, reducción de condena o mejores evaluaciones ante consejos disciplinarios.

La especialista sostuvo que este escenario ha generado estructuras de poder dentro de algunos penales. En cárceles de máxima seguridad, explicó, ciertos líderes religiosos internos adquieren influencia porque administran donaciones, coordinan actividades y mantienen contacto frecuente con actores externos.
“Hay internos que logran empoderarse a través de la religión. El cargo religioso les otorga estatus y privilegios que otros privados de libertad no tienen”, afirmó.
Viscafé también cuestionó las afirmaciones que atribuyen a la religión una reducción comprobada de la reincidencia. Según explicó, Bolivia carece de sistemas estadísticos sólidos que permitan rastrear la situación de los exinternos tras recuperar su libertad.
Asimismo, alertó sobre el riesgo de que algunas personas utilicen la fe de manera instrumental. Según su experiencia, ciertos perfiles con rasgos antisociales pueden aprovechar el carisma religioso para obtener ventajas, manipular a otros internos o incluso continuar actividades ilícitas.
“Incluso dentro de grupos religiosos puede existir manipulación. Hay personas con antecedentes de estafa o liderazgo criminal que usan esos espacios para ganar influencia”, señaló.
Pese a sus diferencias de enfoque, ambos especialistas coincidieron en que la religión ocupa hoy un vacío que el Estado no ha logrado llenar dentro de las cárceles bolivianas. La falta de programas efectivos de salud mental, reinserción social y acompañamiento psicológico ha convertido a las iglesias en actores clave dentro de los penales.
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