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Opinión

No queremos ser las próximas mañana

18 de Enero, 2019
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ESTEFANI TAPIA
No paso ni un mes desde que empezamos un nuevo año y ya hay 4 nuevos feminicidios. Terminamos el 2018 con 111. Pero estas no son solo cifras, son personas, son mujeres con sueños, familias e historias y hoy quiero contar una de ellas. La historia de Stephanie A.

Stephanie tenía 26 años, estaba estudiando Química Industrial y era la menor de 5 hermanos. Una chica alegre, sociable, estudiaba, salía con sus amigos y le encantaba pasar tiempo con sus sobrinos. Pero aquello que le gustaba más era ayudar a su mamá en el puesto de venta que ésta tenia porque sentía que de alguna forma le alivianaba el trabajo. Su meta era salir de la universidad y le repetía a su madre: “Cuando yo salga profesional y empiece a trabajar, tú dejaras de hacerlo”. Estaba a punto de lograrlo.

Era la tarde de un día sábado, uno como cualquier otro, en el que Stephanie salió de su casa para bailar tobas en una entrada e ir a una fiesta. En cuanto ésta terminó se dirigió a la casa de su hermano que se encontraba cerca del Stadium, una zona muy céntrica, ya que su casa quedaba muy lejos. Era la 1 de la mañana y estaba a punto de entrar cuando recibe una llamada. Eran sus amigos que le decían que habían ido a una discoteca por el centro de la ciudad y le pedían que vaya.

Stephanie lo piensa un momento y finalmente opta por ir ya que estaba cerca por lo que llegar no le tomaría más de 10 minutos. Hizo parar el primer taxi que vio y se subió en éste. De repente el taxista empieza a tomar rutas que no le eran familiares. Pasan 15 minutos y aún no habían llegado. Stephanie se comenzó asustar y escribió a sus amigos: “Este taxista me está haciendo pasear”, “No sé dónde estoy”. Las calles por donde iba eran muy oscuras. Lo último que alcanzó a hacer es llamar a uno de sus amigos y pidió auxilio. Nada más se supo de ella.

A la mañana siguiente la mamá de Stephanie llamó a sus hijos y a los amigos de Stephanie preguntando si ella había pasado la noche donde alguno de ellos. Ninguno sabía dónde estaba. Finalmente una de sus amigas llamó a Elizabeth, la hermana de Stephanie, le pidió que tome con calma lo que le iba a contar y le comenta sobre los mensajes y llamadas que habían recibido la noche anterior. Lo primero que pensaron es que la habían secuestrado, así que toda la familia se dirigió a la policía para hacer la denuncia. No sabían exactamente a qué instancia acudir. La respuesta que obtuvieron es que era muy tarde, que no podían hacer nada hasta el día siguiente y que lo más probable es que sea una falsa llamada de auxilio, porque “las chicas a veces toman y hacen estas llamadas falsas”.

Pero ellos estaban seguros que no era así, y que si había pedido auxilio era porque algo le había sucedido. Fueron a todos los hospitales que pudieron pensando que tal vez estaba en alguno pero no la encuentran. De repente un familiar les llama para contarles que escuchó en la radio que habían recogido los cuerpos de dos chicas, una por la autopista y otra por el cementerio. No querían creer que alguna de ellas sea Stephanie, pero de todas formas decidieron ir a la morgue.

La primera persona en entrar es el esposo de Elizabeth, quien salió nervioso después de unos minutos y le pidió a la cuñada de Elizabeth que entre también. Finalmente salieron los dos llorando: era Stephanie.

El mundo se les vino abajo. Ya le habían realizado la autopsia. Su cara era irreconocible por los golpes, sus pies y manos habían sido maniatados, tenía moretones y punzadas por todo el cuerpo, rasmilladuras en los codos, rastros de semen, tres intentos de punzadas en el cuello y la punzada final en la yugular que fue hecha con un desarmador.

Lo único que pensaron fue en recuperar el cuerpo y realizar el velorio. Días después aun no sabían lo que había sucedido ni quien había asesinado a Stephanie. Después de manejar varias hipótesis, escuchar las diferentes versiones de las últimas personas con las que había hablado e insistir hasta el cansancio a la policía, pudieron acceder a cámaras de seguridad del lugar y dar con el taxi, la placa y la empresa a la que pertenecía.

El conductor y asesino es Jimmy Franz Pérez Paton Castillo, quien además ya tenía antecedentes por una acusación de violación. Éste, después de lo sucedido y con ayuda de varias personas, entre ellos su concubina, personal de la empresa de radio taxis, amigos y familiares, logró escapar.

Dos de los hermanos de Stephanie dejaron sus trabajos y se dedicaron a seguir con la investigación para esclarecer lo que había sucedido, encontrar al asesino de su hermana y exigir justicia. Iban -y continúan yendo- casi a diario a la fiscalía y al juzgado y se convirtieron prácticamente en detectives, como ellos mismos se denominan, porque tuvieron que ser ellos quienes propongan la mayor parte de los actos investigativos.

Durante todo el proceso que ya tiene más de un año les cambiaron varias veces de fiscal, de fiscalía y se perdieron documentos del cuaderno de investigación. “Parece que están tratando de cansarnos” repiten, pero no se dieron por vencidos.

Finalmente lograron encontrar a Jimmy quien se declaró culpable del asesinato pero alegando que lo había hecho en defensa propia ya que supuestamente ella lo había empezado a agredir. Hasta el día de hoy los familiares de Stephanie buscan justicia y piden la ampliación de la imputación del asesino por el delito de violación con agravante. La imputación se perdió en la fiscalía.

En nuestro país cada día 6 mujeres y niñas son víctimas de violación y aproximadamente cada 3 días hay un feminicidio. Bolivia es uno de los países con mayor prevalencia de feminicidios en Sud América y la tasa lejos de disminuir, incrementa cada año. Pese a la existencia de la Ley 348 la mayor parte de las denuncias queda solo en eso, en denuncias. El calvario que deben pasar las familias para encontrar justicia es enorme; desde el momento de la denuncia, pasar por la policía, abogados, juzgados, fiscalía, encontrar pruebas, a los culpables, y seguir las audiencias, implica gran costo, tiempo, fuerza de voluntad y carácter para pelear con las estructuras y personal con pensamiento fuertemente machista.

El caso de Stephanie fue uno de los pocos que tuvo relativo éxito, porque gracias al esfuerzo y apoyo de toda la familia pudieron generar la presión suficiente para dar con el asesino e imputarlo. Hoy piden justicia para todas las mujeres que sufrieron violencia y para que la sociedad cambie, porque como dice el cántico: “puede ser tu hija o puede ser tu hermana”; ellos ya pasaron por eso y no quieren que nadie más vuelva a hacerlo.

Se necesitan medidas mucho más efectivas de manera urgente, porque como a Stephanie, esto puede pasarle a cualquiera pero, creámoslo o no, en nosotros está también el cambio. En reconocer el aporte que hacemos con acciones, comentarios o actitudes diarias y normalizadas que desvalorizan y cosifican a la mujer.

Si todos empezamos reflexionar sobre nuestras propias acciones podemos cambiar a una sociedad más justa, donde mujeres y hombres tengan una verdadera igualdad de derechos. Mientras tanto, mi deseo para este 2019: Que cada niña y mujer que salga, regrese a su casa sana y salva.

Estefani Tapia es licenciada en Negocios internacionales y estudios en Ciencias políticas.
Twitter: @EstefaniTapia95

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