La idea y la aspiración izquierdistas de la revolución armada socialista latinoamericana fueron enterradas, paradójicamente, por la última experiencia de ese tipo ocurrida en la región: la de Nicaragua en 1979.
Este hecho, que muchos viejos militantes se niegan a aceptar –lo mismo que otros algo más jóvenes arrastrados a veces por el puro populismo–, es expuesto sin rodeos por la historiadora Valeria Manzano en el libro La última ilusión, publicado en México hace pocos meses.
En él, la investigadora se propuso responder a esta incómoda y sin duda valiente pregunta: “¿Cómo, cuándo y por qué llegaron a su fin los proyectos y la imaginación revolucionaria en América Latina?”.
La respuesta que ella ofrece identifica un lapso de crisis de la izquierda entre 1979 y 1991, tiempo en el cual no solo se desmoronó la experiencia socialista soviética y del este europeo, sino en el que la victoria militar conseguida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) contra la dictadura de Anastasio Somoza terminó derrotada electoralmente después de haber desfigurado su inicial sentido transformador de la sociedad nicaragüense.
El carácter despótico y represor que pronto adquirió el régimen sandinista tras su triunfo en las elecciones de 1984 con el 67% de los sufragios, llevó a que la mayoría votante optara por una opción conservadora en los comicios de 1990; al FSLN no le alcanzó el 41% que obtuvo entonces. En las votaciones de 1996 logró un 38% que le ratificó como segunda fuerza política, posición que mantuvo en las de 2001, pero que remontó en las de 2006, cuando su candidato de siempre, Daniel Ortega, fue otra vez nombrado presidente con solo un 38% de apoyo.
El Frente oficialista fue reelegido en 2011, en 2014 hizo abolir el límite constitucional de mandatos, implantó la reelección indefinida y volvió a vencer en las urnas en 2016 gracias a otras irregularidades como la prohibición de la observación electoral y la represión de las fuerzas adversarias. En 2021 ganó los comicios una vez más después de descabezar a la oposición, que perdió a once de sus candidatos por arresto, inhabilitación o exilio. Esta ocasión consolidó en una segunda gestión a la pareja gubernamental de Ortega (presidente) y su esposa Rosario Murillo (vicepresidenta), que en 2025 creó la figura de la “copresidencia”.
Ortega, excomandante revolucionario, encabezó la junta de gobierno de Nicaragua entre 1979 y 1985, presidió el país de 1985 a 1990 y lo sigue haciendo hasta el presente desde 2007, por lo que ya sobrepasó las tres décadas en esas funciones, además de ser secretario general inamovible del FSLN desde 1991. Hoy la dupla Ortega-Murillo ha superado con creces al autócrata Somoza y sus tropelías.
Esta trayectoria de búsqueda, concentración y abuso del poder explica los cuestionamientos que registra Manzano en su libro respecto a la burocratización, la prepotencia y el autoritarismo del sandinismo, así como su corrupción, a los que se sumaron en el contexto latinoamericano –señala esta autora– la pérdida del carácter continental de que antes gozaba la revolución y la emergencia en la política de izquierda del debate sobre la cuestión de la democracia y el pluralismo en la década de 1980.
Sin embargo, los sandinistas en el gobierno no han sido capaces de sortear el desafío democrático y redujeron sus sucesivos regímenes a una tiranía conculcadora de derechos. Sus cuadros más lúcidos fueron marginados y hasta perseguidos. Así, la potencia liberadora de la revolución acabó asfixiada por el ansia de dominio y el ejercicio dictatorial de una autoridad cada vez menos legítima sobre una población empobrecida y enmudecida. Algo semejante ya había acontecido en Cuba y mucho más antes en la propia Unión Soviética.
Ortega y sus allegados acallaron de diversos modos, incluyendo la masacre, todas las voces disidentes y con ello se convirtieron en sepultureros del ideal revolucionario que, veinte años después del éxito transitorio de Fidel Castro en Cuba, había resurgido con la energía de una esperanza colectiva en América Latina.
Falacias posteriores como la “revolución bolivariana” en Venezuela, la “revolución ciudadana” en Ecuador o la “revolución cultural” en Bolivia, entre 1999 y 2019, solamente fueron un intento retórico de aprovecharse del aura redentora que para muchos tenía la revolución, es decir, la toma del poder (con las armas) por los oprimidos. En estos tres casos los “revolucionarios” ganaron la batalla en las urnas, pero también terminaron hundidos en la demagogia, el despotismo y con las prácticas típicas de la que el filósofo Juan José Sebrelli llama la “mala izquierda”, esto es, restricción de libertades, persecución de disidentes y opositores, sometimiento de todas las instituciones estatales y absorción prebendal de las organizaciones sociales.
La revolución violenta yace, pues, en la fosa. Sus enterradores no asumen hasta ahora responsabilidad alguna por ese deceso y no se advierte en el tiempo actual, período de la desproletarización intensiva, la policía universal capitalista, la manipulación algorítmica y la guerra tecnologizada, algo que vaya a posibilitar su eventual resurrección.
El autor es especialista en comunicación y análisis político