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Opinión

14 de enero de 2019 14:42

El 2019: certezas y definiciones

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Este 2019 se inicia con gran incertidumbre, pues es un peculiar año electoral con los candidatos oficialistas prohibidos por el Art. Constitucional 168, ratificado en el referéndum del 21F y que no se puede cambiar por un puñado de individuos que en mal momento fungían como Tribunal Constitucional  y contra su propio mandato declararon inconstitucional un límite ¡¡¡constitucional!!!

Con la mayoría oficialista en la Asamblea Constitucional se aprobó la Ley de Organizaciones Políticas que retorna al monopolio partidario incluyendo las elecciones primarias busca dar legitimidad en votos al oficialismo que por ahora tiene una fugaz iniciativa política y descolocó al vigoroso movimiento ciudadano. La oposición mostró también enormes fisuras al presentarse varios binomios, obligados a ello para ser habilitados para las elecciones generales de octubre. (Como sabemos nada de PAN-Bol dejo constancia de que no lo incluyo en la oposición, y quizás alguno más).

Como es tan grosera la explicación de la angurria oficialista (“el Art. 168 sigue en la Constitución, no se lo cambió”) por mantener de candidatos a quienes están impedidos, hay una parte de la activa oposición ciudadana que desconfía de la limpieza y de que muy posibles resultados adversos al MAS sean desconocidos en las elecciones, que han empezado huelgas de hambre los comités cívicos y algunos heroicos ciudadanos –ya pocos- en La Paz, Cochabamba y Sucre. En Santa Cruz hubieron masivas movilizaciones y también en otras ciudades a pesar de las cercanías de las fiestas de fin de año. En conjunto, marcan la profunda desconfianza en esas elecciones y en la poquísima credibilidad del supuesto árbitro de ese proceso

El Tribunal Supremo Electoral (TSE), a diferencia del Constitucional, no podía ignorar el resultado vinculante del 21F que ellos mismos administraron y cuyo resultado oficial conocen. Sin embargo lo hicieron al inscribir el binomio oficialista, con la honrosa excepción de la vocal Lic. Sandoval y la abstención del Ing. Costas. De nada sirvió la calidad de ser un órgano del Estado de igual jerarquía que los otros según el texto constitucional, como cuerpo colegiado se conciben a sí mismo servil al Ejecutivo. La salida de su anterior presidenta terminó facilitando a aquellos que ella misma denunció como presionadores. La actual, quien pregona conocer la cultura indígena andina, es incapaz de aplicar la lógica del muyu, del “turno” o “rotación”  de la democracia comunitaria (Art. 11 CPE) que es equiparable a la alternabilidad de la democracia representativa liberal. Y tiene el tupé de declararse discriminada por indígena. Ya no funciona tal chantaje moral.

¿Cómo salimos del entuerto? Es indudable que hay una parte significativa del arco ciudadano y opositor que apuesta por una victoria contundente en las urnas que ningún fraude pueda modificar. Hay, con todo, un cúmulo de hechos, renuncias y despidos, amén del escándalo del padrón de militantes verdaderamente vergonzoso para una institución que debiera ser ejemplo de manejo técnico que alimenta la desconfianza y la idea de que el régimen está dispuesto a cualquier cosa -fraude incluido- para permanecer en el disfrute del poder.

Por ello la fuerte interpelación de los huelguistas y un cierto sentido de impotencia desde la ciudadanía que ha agudizado sus críticas a las candidaturas, especialmente a la de C. Mesa, por su privilegiada posición en las encuestas. Está claro que la sola estrategia electoral es insuficiente, en particular cuando sabemos que el oficialismo estará cómodo en ese campo, disponiendo de enormes recursos para propaganda y proselitismo con la servil complicidad  del TSE que no pondrá coto alguno a ese dispendio.

También son útiles las denuncias en el plano internacional, porque es insostenible eso de que la Carta de San José reconozca algo así como el derecho a ser gobernante permanente, y menos contra la explícita voluntad del titular de la soberanía. Pero nada tan poderoso como el pueblo movilizado, en protestas pacíficas pero firmes ante la creciente tendencia autoritaria y potencialmente represiva de los aspirantes a autócratas. Hay una larga y exitosa tradición boliviana que no soporta a tiranos. No será ésta la excepción, pero tampoco es un camino fácil.

Gonzalo Rojas Ortuste es politólogo y ciudadano en ejercicio
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