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Opinión

2 de septiembre de 2021 14:43

La señora Áñez

ESCRITORIO 1

¿Qué puede explicar el actual ensañamiento del grupo en el poder contra la expresidenta Jeanine Áñez Chávez? ¿Qué representa ella para los que pretenden resucitar un ambiguo plan político tempranamente desfigurado?

Los hechos indican que en la culpabilización de la señora Áñez se condensan en este momento los objetivos principales que aquéllos aspiran a alcanzar: la negación de la vulneración constitucional en que basaron su conducta fraudulenta, el enterramiento de su  fracaso político, la imposición de una historia falsa de derrocamiento, la satisfacción del rencor de que se alimentan, el escarmiento a sus opositores, la confirmación del centralismo, la anulación de toda alternativa política, la eventual recuperación de quien creía ser candidato insustituible y la garantía de control del poder siquiera a mediano plazo.

Se trata, por eso, de que la ex mandataria termine lapidada, pues con ello habrán sido echadas las bases de lo que imaginan podría llevarles a la relegitimación del ya fallido “proceso de cambio”.

Perseguida, aprehendida y presentada en principio como “trofeo de guerra” por esbirros sonrientes que posaron para las cámaras, la señora Áñez se encuentra arbitrariamente encarcelada y casi aparece predestinada a una injusta y cobarde crucifixión.

No contento con la acumulación de causas montada para no dejarle resquicio de defensa ni libertad, el aparato gubernamental baraja ahora la opción de cierre de su estrategia de vendetta y proyección: la de un juicio de responsabilidades, el cual, de llevarse a cabo, daría la estocada final que le supondría –sabiéndose de antemano el resultado– el logro de la mayoría de los propósitos arriba anotados. En esa ruta, aunque hoy es una figura central en la trama oficialista, la expresidenta dejaría de tener relevancia y podría ser, entonces, confinada al olvido.

Claramente la prisión y la indefensión en que la tienen sumida la han debilitado, producto esperado de una acción de autoritarismo político que, como describía Hannah Arendt refiriéndose al nazismo, primero acaba con la persona jurídica para matar luego a la persona moral hasta privarla de individualidad y dignidad, es decir, de razón de vivir. Una vejación así, en el caso de la señora Áñez, implica además, cómo no advertirlo, no sólo tufo machista sino desprecio regionalista.

Frente a esta situación, y casi en señal de no querer hacerlo, no faltan quienes dicen algo en demanda de que se respeten los derechos de esta mujer-víctima, pero que a fin de mantenerse a prudente distancia no ahorran adjetivos para descalificar su papel en la gestión estatal, congraciándose con los inventores del “gobierno de facto”.

Y es ese mismo juego en el que la oposición parlamentaria está mostrándose dispuesta a participar, con un discurso ambivalente, con una propuesta de justicia que peca de ingenua en las condiciones actuales y con una preocupante falta de comprensión de los reales alcances que puede llegar a tener la puesta en marcha de un proceso por responsabilidades.

Lo único destacable de tal probabilidad es que haría evidentes las inconsistencias y contradicciones de los acusadores, que por esta vía acabarían admitiendo la plena constitucionalidad del gobierno transitorio 2019-2020. Por lo demás, ese juicio, aun cuando el renunciante y fugado ex gobernante fuese incluido en él, como están las cosas en el terreno judicial, sólo ofrece desembocar en la absolución de éste (recuérdese que ya lo anunció rampante) y augura el encausamiento de quienes sean considerados cómplices de la enjuiciada principal (Art. 6 sobre “Participación delictiva” de la Ley 044 para el juzgamiento de altas autoridades).

Sin embargo, al margen de estos acomodamientos y de estas implicancias, lo que está en el meollo de la circunstancia presente es la pervivencia y el porvenir de la democracia, cuya fase de transición, abierta con la victoria del NO en el referendo constitucional de 2016, está amenazada por corrientes regresivas.

Vista la coyuntura desde esta otra perspectiva, cabe preguntar ¿qué representa la expresidenta Jeanine Áñez Chávez para la historia y la ciudadanía democráticas en el país?

La memoria viva de la movilización nacional de octubre-noviembre de 2019 debe ser una de las fuentes de respuesta a esta interrogante.

Entretanto, apelando a una expresión propia del oriente boliviano que no guarda relación con el seudo lenguaje de género que gusta en ciertos ambientes, se puede decir que la señora Áñez ha demostrado ser una mujer “valienta”, decidida, capaz de afrontar carencias, contrariedades, crisis, obstáculos y, sin duda, injusticias también.

Erick R. Torrico Villanueva es especialista en Comunicación y análisis político

Twitter: @etorricov