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Opinión

2 de marzo de 2022 09:53

La posibilidad de otra izquierda en Chile

ESCRITORIO 1

La histórica victoria electoral de Gabriel Boric conseguida el pasado 21 de noviembre –en segunda vuelta– y su instalación este 11 de marzo como cabeza del nuevo gobierno de Chile dan pie a la expectativa de que pueda llegar a emerger otra izquierda política latinoamericana en y desde ese país.

Sin embargo, como es lógico, para que tal cosa pueda afirmarse será necesario que ese gobernante y su coalición partidaria aporten claras evidencias de ser diferentes de anteriores experiencias vividas en su propio territorio nacional, así como de las deformaciones que hubo o que subsisten en algunos puntos de la región.

Hace casi 50 años, víctima de un sanguinario golpe militar, el 11 de septiembre de 1973 caía en Santiago la Unidad Popular liderada por Salvador Allende, que había intentado establecer una “vía pacífica al socialismo”. Mucho tiempo después, luego de que en 1990 recuperaran parcialmente sus libertades democráticas, los chilenos tuvieron tres gobiernos ligados a la corriente socialista: el de Ricardo Lagos entre 2000 y 2006 y los dos de Michelle Bachelet, de 2006 a 2010 y de 2014 a 2018. En estas ocasiones, la moderación caracterizó tales gestiones presidenciales y su izquierdismo casi pasó inadvertido.

En otros lugares de América Latina, el denominado “giro a la izquierda” empezó con la llegada del siglo veintiuno. Varios esquemas calificados como “progresistas” accedieron a las funciones de gobierno, comenzando por el del ex militar golpista Hugo Chávez, en Venezuela, y la ola tuvo una fase de ascenso al menos hasta mediados de la década de 2010. Aparte de la ya esclerótica Cuba, con matices propios tanto como con similitudes, regímenes presuntamente de izquierda fueron establecidos –algunos aún vigentes– en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay, Perú y Uruguay. No obstante, la desvinculación social, la polarización, la falta de legitimidad, la corrupción, el abuso de poder, la ilegalidad, el doble discurso y la gestión pública en los marcos de un patrón de modernización dependiente fueron y son factores de su erosión y declive.

Así, la izquierda chilena, revitalizada en este momento, por un lado, deberá ir más allá que sus predecesores recientes y menos que su ineludible referencia de 1973; en tanto que, por otro, tendrá que tomar inteligente distancia de la ambivalencia argentina, el naufragio brasileño, la retórica elitista ecuatoriana y uruguaya, el fraude boliviano, el fiasco mexicano, la irrelevancia paraguaya, el aventurerismo peruano o la criminalidad venezolana y nicaragüense en materia de ejercicio del poder.

Boric, actor de las protestas estudiantiles de 2011 y expresión de las generaciones jóvenes en la democracia última en Chile, logró ser el presidente más votado (55.84%) de esta etapa, pese a su corta carrera política. Dijo pertenecer a una “tradición socialista libertaria americanista chilena” y anunció que gobernará “para todos los chilenos”: los que votaron por él, los que votaron en contra y los que no votaron. Esto último, que refleja una voluntad democrática importante, se manifestó claramente en la ampliación de su alianza gubernamental tras las elecciones, al igual que en la composición de su primer equipo ministerial: intergeneracional, con mayoría femenina e inclusión LGBT, aunque sin representación visible de la naciente plurinacionalidad constitucional chilena.

Consciente de la reducida presencia parlamentaria de su frente electoral inicial, Boric acudió a acuerdos poselectorales, aun con el Partido Liberal, y también integró su gabinete con un número mayor de profesionales independientes que de militantes.

Esa opción por la “democracia pactada” –denostada por la “izquierda” en Bolivia–, junto a los otros indicios que ya ofreció (un programa de reforma social y fiscal gradual consensuado, una tecnocracia en los ministerios, críticas a los anteriores gobiernos dirigidos por socialistas en su país, una posición cuestionadora de Venezuela y Nicaragua y otra de abierta condena a la invasión rusa de Ucrania), muestra el perfil del nuevo gobernante, así como el de la izquierda renovada y democrática que pretende encarnar.

En ese marco, su declaración sobre que espera “trabajar codo a codo” con el actual encargado del gobierno boliviano –por supuesto sin que haya lugar para la más mínima reconsideración de la cuestión marítima– no pasa de ser una deliberada, conveniente y gentil “ingenuidad” diplomática.

De todos modos, la posibilidad de que sea Chile el lugar en que surja otra izquierda tendrá que pasar por algunas pruebas. En ese sentido, la cohesión y el funcionamiento de la heterogénea coalición oficialista, las relaciones con el parlamento y el resto del sistema político, la aprobación y puesta en vigencia de una nueva carta constitucional polémica, la factibilidad de poner en marcha las reformas ofrecidas a los electores y la vinculación crítica con el contexto regional e internacional representan espacios cargados de desafíos e incertidumbre.

La izquierda en América Latina merece intentar recuperar su dignidad y proyecto tras su sistemática destrucción por autócratas, impostores y oportunistas. ¿Podrá ser Boric un protagonista de ese todavía esperable renacimiento?

Erick R. Torrico Villanueva es especialista en Comunicación y análisis político

Twitter: @etorricov