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Opinión

6 de julio de 2021 09:31

La mentalidad que llegó en los barcos

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Los barcos que en 1492 se encontraron con esta parte desconocida del planeta y que trajeron la imposición de los intereses de la Europa imperial, también resultaron, al final, los transportadores de toda una concepción del ser humano y su destino: la de la modernidad occidental y su pretendida superioridad civilizatoria.

Esa mirada europeizante fue, más tarde, la que direccionó en último término las luchas independentistas de la región, así como la conformación y consolidación de las nuevas repúblicas. Y desde la segunda mitad del siglo XIX, mientras emergían las primeras reflexiones sobre la identidad latinoamericana, nuevos barcos arribaron a diferentes puntos del subcontinente con cientos de miles de desesperados migrantes del Viejo Mundo que aspiraban hallar mejores oportunidades de vida, quienes acabaron reforzando la orientación extranjerizada de no pocos gobernantes y pobladores en el área.

Esa manera de pensar, con la vista y la cabeza puestas en la historia ajena, ha sido característica de las élites regionales controladoras de la economía y administradoras del poder político, así como de sus políticas educativas y culturales o de su producción de la memoria oficial. Y, hasta donde se advierte, constituye un factor ideológico que comparten tanto conservadores como “progresistas”.

Hace pocos días, el presidente argentino, Alberto Fernández, quizá para tener algo en común con su homólogo español, Pedro Sánchez, que lo visitaba, en una cita errónea de la irónica expresión del escritor mexicano Octavio Paz que dice “Los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos... de los barcos”, afirmó que “los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos, y eran barcos que venían de ahí, de Europa, y es así como construimos nuestra sociedad”.

Ese sentirse “europeos” (herederos, al menos) representa una marca decimonónica del proceso de edificación nacional que, en el caso de Argentina, supuso la conquista territorial interna por el ejército republicano, la eliminación física de millares de nativos, la incorporación de los supervivientes a una ciudadanía expurgada de contenido étnico y, por supuesto, la integración poblacional de varios millones de migrantes españoles, italianos, alemanes, polacos, rusos, sirios, libaneses y eslavos, entre 1880 y 1914, principalmente en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. En buena medida, ese “blanqueamiento” se asentó en la institucionalidad formal y en el inconsciente colectivo por obra del diseño constitucional de Juan Bautista Alberdi, el proyecto “civilización contra barbarie” de Domingo Faustino Sarmiento y la narrativa histórica de Bartolomé Mitre.

Pero, en similar línea a lo actuado o dicho por esos políticos en el siglo XIX, otros más recientes, como los presidentes Carlos Saúl Menem y Mauricio Macri, reprodujeron y alentaron ese imaginario: el primero definió en 1991 a Argentina como una “nación ciertamente latinoamericana e inequívocamente europea”, la consideró una de las potencias mundiales y le atribuyó un “destino de grandeza”; el segundo sostuvo en 2016 que “Somos todos hijos de europeos en América Latina” y en 2018 declaró que “Yo creo que la asociación entre el Mercado Común del Sur y la Unión Europea es natural porque en Sudamérica todos somos descendientes de europeos”. A esa lista se sumó ahora Alberto Fernández.

Aunque en la década de 1950 Juan Domingo Perón buscó beneficiar desde el gobierno a los “cabecitas negras” y al presente el Estado argentino reconoce la existencia de 28 pueblos de origen nativo –entre ellos aymaras, quechuas, guaraníes y mapuches– que sumarían alrededor de un millón de habitantes sobre un total general de casi 45 millones, la reiterada remisión de los orígenes nacionales de Argentina a Europa hecha por sus sectores dirigentes da continuidad a políticas de negación e invisibilización, a la vez que ratifica jerarquías internas y pretensiones de diferenciación con otras naciones de la región.

Cuando en noviembre de 2020 Fernández señaló que el fugado ex gobernante de Bolivia que estuvo un tiempo refugiado en Buenos Aires era “el único presidente boliviano con cara de boliviano” brindó un anticipo de lo que pueden ofrecer sus prejuicios, algo semejante a las cachetadas con que el canciller mexicano, Marcelo Ebrard, recibió un año antes en el aeropuerto “Benito Juárez” a ese mismo solicitante de asilo.

La antigua mentalidad que vino en los barcos no da muestras de haberse alterado. Los nuevos migrantes, que esta vez llegan por tierra o a veces en avión, lo comprueban en su día a día.

Erick R. Torrico Villanueva es especialista en Comunicación y análisis político

Twitter: @etorricov