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Opinión

20 de abril de 2022 09:09

La explosión que se avecina para el MAS

ESCRITORIO 1

Luego de su tan abrupta como inesperada caída en 2019, el llamado Movimiento al Socialismo (MAS) no ha parado de sacudirse entre estertores.

Su fracaso en la conducción de aquella crisis autoprovocada fue estruendoso y evidenció la ineptitud política y la incapacidad democrática de sus “estrategas”. Hechos y declaraciones recientes protagonizados por sus ahora variados representantes confirman que tal descomposición sigue su curso.

Por más de catorce años ese “movimiento” se nutrió de una privilegiada posición en el control del poder, lo que le permitió satisfacer las demandas de los variados sectores de interés que lo conformaban, cooptar a las dirigencias de diversas organizaciones sociales, tener a su servicio el aparato judicial y digitar a los órganos de la seguridad. Además, gracias al copamiento de todos los espacios posibles, le fue sencillo neutralizar a sus adversarios tanto como silenciar a disidentes y críticos.

Con ello, y gracias a una millonaria acción propagandística, forjó una imagen de rígida unidad en torno a la figura fabricada de un personaje que terminó creyéndose insustituible y propietario de todo, incluido el país.

Sin embargo, aquella ficción se vino abajo por la ambición del pequeño círculo que echó por la borda cualquier vestigio de un proyecto societal y se dedicó a vivir una cultura del fraude y la impostura apoyada en prácticas cada vez más autoritarias. El vaso se colmó con el desconocimiento de la voluntad popular que le dijo NO al continuismo en el referendo de 2016 y con la consiguiente suspensión, en los hechos, de la vigencia constitucional. Tres años y medio después, las elecciones generales fueron la ocasión para que la ciudadanía pasara factura a esa arbitrariedad acumulada.

La dimisión voluntaria de los que gobernaban, su posterior huida y la frustración del plan que urdieron para provocar el caos y desatar el pánico representaron momentos fundamentales de su descalabro.

El margen de victoria que alcanzó este grupo decadente en los nuevos comicios de 2020, explicable en buena medida por el miedo colectivo a la violencia anunciada si un opositor se alzaba con el triunfo, le creó una ilusión de renacimiento que, como se advierte actualmente, se disipa día a día.

No cabe duda, hay que reiterarlo, de que la movilización ciudadana nacional de octubre-noviembre de 2019 reinauguró el espacio público para la sociedad civil y los medios informativos, abrió márgenes para la reconducción democrática y generó la posibilidad de que los sometidos a un poder estrecho empezaran a recuperar la voz que les había sido expropiada. Esto último, que no es una transición fácil, está manifestándose de a poco, aunque lo que se percibe es suficiente para anticipar que la fragmentación de lo que se pretendía un bloque monolítico acabará por imponerse. Las energías contenidas siempre buscan canales de salida.

Y no se ve a nadie que pueda evitar la escisión. Los conservadores, pese a su lenguaje extremo y resentido, no tienen forma de salir gananciosos de la encrucijada que ellos mismos propiciaron. Están cada vez más distantes del núcleo del poder, pues no sólo que se viene produciendo una paulatina “destiterización” del gobernante que tenían como delegado, sino que a esa revuelta intestina se ha sumado, con su propio camino, el que fue condenado al segundo puesto. Mas esa no es toda la historia, pues comenzaron a salir a la palestra frecuentes llamados a la renovación e incluso han sido planteados desafíos que eran inconcebibles (e intolerables) para el caudillismo hace poco menos de tres años. Asimismo, el rescate del “instrumento político” de las fauces de los grupos palaciegos –el de antes y el de hoy– ha sido puesto en la agenda.

Al fugado exgobernante le quedan apenas parte de sus asesores, unos cinco más están convertidos en diplomáticos (y ahí les va mejor), maneja todavía a algunos parlamentarios, a cocaleros del Chapare y al parecer a los “interculturales”. Ah, y dispone de una radio que le considera “líder”, dizque “de los humildes”, y de alguien que le escribe mensajes para las redes digitales. Está perdiendo a los “movimientos sociales”, Oruro casi no cuenta, El Alto trabaja por otro horizonte y, lo más importante, el sujeto en cuestión quedó fuera del poder. Las cifras electorales y de otras encuestas muestran que es insufrible para la mitad de Bolivia. Por si algo le faltara, su discípulo en Perú resultó un chasco –así que también falló como mentor–, y sus principales “aliados” son cuatro gobernantes internacionalmente conocidos como violadores de derechos humanos.

Tal vez la buena noticia para el MAS sea que por fin tendrá algo a lo que llamarle “proceso de cambio” en serio; la mala es que la explosión que se avecina le enfrentará con sus verdaderos límites. 

Erick R. Torrico Villanueva es especialista en Comunicación y análisis político