GONZALO MENDIETA
Como diría un caribeño, da un tantico de pena llamar inocentes a los que navegan con bandera de maquiavélicos, pero la estrategia “Evo por siempre” es ingenua. El MAS tiene mejores afanes, pero escarbo primero su ladito naíf. Es más entretenido.
Para -¿parte de?- la jerarquía oficialista es factible retener el poder ad aeternum, al margen del voluble humor de la rebelde sociedad boliviana. Y eso que hasta sus amigotes repiten que “lo normal después de gobernar ocho o diez años es perder las elecciones” (Pablo Iglesias), a propósito de la izquierda latinoamericana.
En la crisis suscitada por la legislación penal el MAS estuvo al borde de reprimir. Lo evitaron su ala moderada y el miedo a incendiar las protestas. Un Gobierno que habla de batallas culturales, casi quedó en enero sin más resortes que el látigo (y es probable que se vea de nuevo ahí).
Para apropiarse del Estado forever, el Gobierno tendría que ser leninista en serio -no de Alasitas ni de arenga universitaria- y apostar por la repre dura por buen tiempo, quizá desbarrancándose. En el camino, tendría que trepanar el alma nacional y su certeza neotomista de que en última instancia el rey debe obedecer al pueblo. Al aplicar la repre dura, el MAS perdería aliados (¿las FFAA?; desde 1952 no cobijan gobiernos con rigor mortis).
En la región, el MAS confrontará además las desventajas de un país enclaustrado. Si recuerdan, en el cerco a Santa Cruz en 2008, UNASUR y la “hermana” Bachelet socorrieron a Evo, con la discreta advertencia de que era riesgoso -para él- que hubiera muertos. El cerco se disipó “como las nubes cuando las bate el viento”, para usar un motivo bélico, de los que gusta el Vice, en la teoría. Nada impide que Evo reciba nuevas advertencias, si las papas queman.
Antes, en 2003, Lula y Kirchner restauraron aquí la paz con órdenes a modo de “consejos” virreinales del finado asesor brasilero, Marco Aurelio García. Para Evo son mala noticia los aprietos del compañero Lula y de Cristina K.
Hasta acá la poco realista (de “realismo”, no de “realeza”) codicia de reelección perenne. Paso al campo menos cándido: los palos del Vice a la clase media “tradicional” (aunque el Vice es la encarnación sociológica de una añeja facción de esa clase, que igual puede caricaturizarse. Por ejemplo, vive presumida del prestigio del saber, predestinada a regir y alerta a las ideas de París. Es radical, pero schick; en la adultez, lo suficiente para pujar por el Estado, sin negar las maneras y vecindad de los grandes señores, pero predicando por los marginados).
El embate del Vice a esa clase media revela que la da por perdida. Y es ingrato. Muchos detractores del MAS de esa clase le hicieron la corte, cuando Juan Ramón les indignaba menos. El ataque del Vice es también “pele”; choca con el anhelo general de que los hijos sean reputados profesionales de clase media.
Pero la política precisa coaliciones discursivas de los más contra los menos. Por eso el Vice remodela su narrativa. La oposición esgrime la frecuentada consigna de oponer los (oprimidos) gobernados a los (opresores) gobernantes. Y el Vice prefigura el retorno de su hoy archivado indianismo marxista.
Es como si esbozara explicar qué pasaría si el MAS cayera. El Vice lo contaría como un reflujo en el que la casta criolla retoma efímeramente el poder. No está mal como disertación de repliegue. Le sirve la evocación del exitoso relato nacionalista, que graficó así la fase previa a 1952.
Para afirmar esa tesis, el Vice cuenta por ahora con cierta inercia opositora, para la cual la cuestión indígena fue ya enterrada o es sinónimo de masismo. La de las marchas en barrios regios de las ciudades, sin trabar alianzas en Achacachi (para los liberales pactar con fuerzas no liberales es extraño, pero sin éstas hacer política en Bolivia es condenarse a ser precario o minoritario). La inercia que posterga la urgente reforma de la oposición. Y por eso el Vice no se las ingenia mal. Tal vez piensa que lo que escribe, al final, se non è vero, è ben trovato.
Gonzalo Mendieta Romero es abogado.