Opinión

10 de octubre de 2018 12:45

BAJO LAS APARIENCIAS DE DEMOCRACIA


En el país todos hablan de democracia, cada quien entiende, asimila y usa su propia experiencia o concepto de democracia como mejor le parece. ¿Acaso es la democracia un concepto unívoco, ajeno al contexto histórico y la realidad social? ¿será la democracia un mero convencionalismo político, manipulable en sus formas para desconocer su contenido, sólo exigible por algunos y acorde a conveniencias?

Luego de 36 años de vida democrática ininterrumpida, y con paulatinos avances y desarrollo, es posible afirmar que la sociedad boliviana, en general, aprecia la democracia no sólo como un sistema de gobierno o forma política sino también como modo de convivencia social, lo que no quita que dentro del marco democrático puedan coexistir otras comprensiones de lo político con sistemas políticos particulares. La valoración positiva que va alcanzando la democracia en nuestro contexto es digna de resaltar.

Sin embargo, y a contrapelo de ese sentido positivo van emergiendo actitudes y acciones, atribuibles a individuos o colectivos concretos, que se expresan a través de apariencias democráticas pero que en el fondo parecen esconder valores, visiones y actitudes contrarias a la democracia.

Es evidente que con el desarrollo del concepto y de la realización práctica de la democracia esta va construyéndose, redefiniéndose o recreándose, por ello, es posible que las compresiones de lo que la democracia “es” pueden resultar diversas. No obstante, el problema no radica tanto en eso, cuanto en que hay acciones desde el poder que contradicen abiertamente cualquier visión democrática, aun cuando se instalen o cobijen bajo apariencias democráticas.

No respetar la voluntad y el voto del pueblo (siendo que fue a través de este mecanismo democrático que se accedió al poder), expresados en un acto formal como el Referendum del 21F es, llanamente, despreciar la democracia.

No respetar las leyes, establecidas para el bien general, es burlarse de la democracia y el Estado de Derecho, no en razón de dogmatismos conceptuales sino porque éstas no pueden ser manejadas a gusto y conveniencia de cada quien, peor si quien lo hace tiene poder y autoridad.

Vulnerar los derechos (fundamentales, humanos, políticos) de quienes no coinciden con particulares opiniones, visiones, agendas o proyectos es un claro atentado a los principios democráticos de nuestra sociedad, porque así sólo tienen derechos los amigos, los incondicionales, los serviles al poder de turno.

De otra parte, utilizar mecanismos poco democráticos como la descalificación o el insulto por la rabia contenida, la cerrazón al diálogo, al debate o la ceguera en la defensa a ultranza de lo que cada quien piensa y quiere, tampoco ayuda a mejorar como sociedad democrática.

El actual gobierno ingresó al poder mediante formas democráticas, pero, a medida que pasa el tiempo parece olvidar la obligación de respetarlas; desconoce el 21F, bajo el argumento de “coordinación” entre órganos del Estado se realizan intromisiones directas, ha cooptado y dividido organizaciones sociales e indígenas para hacerlas funcionales a su interés, atenta contra la libertad de expresión y acceso a la información, viola sistemáticamente los derechos colectivos de los pueblos indígenas y disfraza convenientemente la persecución política con la “búsqueda de justicia”. Eso no puede llamarse democracia, aunque se pretenda hacerla ver como tal.