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Opinión

Bolivia en su descalabro

19 de Febrero, 2024
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OMAR QAMASA GUZMAN BOUTIER

Puede decirse que el descalabro que Bolivia vive, gracias al proyecto totalitario-delincuencial impulsado por el Movimiento al Socialismo (MAS), no es sino una forma en la que se condensa, en estos tiempos, toda la historia del país. Incluso y desde otro punto de vista, es válido señalar que el desastre boliviano condensa también experiencias de desastres similares, causados por igualmente “izquierdas” delincuenciales en muchísimos países del continente, en estas dos últimas décadas. Así, pues, la historia larga local y la historia contemporánea de la región, quedan sintéticamente expresadas en la actual crisis boliviana. 

Una manera de englobar estas dos dimensiones es destacando, en el descalabro de Bolivia, el fracaso del Estado plurinacional, ensayado como proyecto nacional, por el MAS desde el 2006. En esta perspectiva que engloba las dos dimensiones, sin embargo, lo central es la experiencia boliviana; mientras que respecto a lo regional sólo se ejemplifica una versión del fracaso de aquella “izquierda” latinoamericana. Así, el fracaso del MAS es representativo de los demás fracasos, aunque, se entiende, las proyecciones de cada derrumbe, es particular. 

En principio conviene apuntar que en Bolivia sobresalen las características de su formación social abigarrada, como una constante histórica. Son estas características las que en gran medida explican las dificultades que esta sociedad tiene desde siempre y las cuales no puede superar. Esas dificultades se refieren a su no unificación nacional en todos los órdenes. Desde las más de cien republiquetas durante la guerra de la independencia (1809 – 1825), pasando por los “territorios libres” con los que se autoidentificaban las minas a partir de la década de 1940 o las universidades públicas durante las décadas de 1960/70, hasta las formas de autogobierno local en virtualmente todas las regiones (Santa Cruz, los territorios indígenas del altiplano y la Amazonía, y hoy el Chapare), todos los hechos nos hablan de una no centralización nacional en términos político-estatal.

El actual descalabro tiene, por supuesto, sus causas de origen; con ello no nos referimos a las que podrían encontrarse en el ámbito económico productivos (pese a que, hoy por hoy, resalte éste como el más evidente). Más al contrario, nos referimos a ámbitos tales como el socio-cultural o el ideológico-discursivo. Respecto al primero, es conocido que la falta de unificación de esta sociedad tal cual la vemos hoy, arranca en su historia desde la colonia. Más allá de lo anotado líneas arriba en relación a lo abigarrado, añadamos que se trata de las consecuencias del choque de dos civilizaciones, cuya disputa aun la seguimos viviendo. No se trata, por supuesto, de la reproducción de todos los elementos que acompañan a cada una de estas dos matrices culturales ya que, efectivamente, a través de los siglos se han modificado muchísimos de esos elementos. Sin embargo, el núcleo de la diferencia entre ambas continúa reproduciéndose. Este núcleo contiene, en lo principal, el derecho a mandar, es decir a gobernar, sintiéndose diferentes. 

Tampoco se trata, claro está, del mero deseo de mandar sino de, por intermedio de ello, plasmar una visión respecto a la forma de gobernar. Con este punto ingresamos, por tanto, a la controversia, hoy en día, entre una cultura política colectivista, antiliberal y una cultura política democrática liberal, de cuño individual. Es del todo válido anotar que esta controversia, protagonizada por sus respectivos portadores sociales, subyace en el descalabro nacional-estatal en ciernes. Sin embargo, lo llamativo en Bolivia resulta el hecho que, desde su fundación hasta el presente, se han intentado, desde todos los horizontes sociales y desde todos los ámbitos discursivos, plasmar proyectos que sean nacionalmente válidos y ninguno de aquellos intentos ha tenido éxito. Consiguientemente, tampoco se ha podido facilitar la creación de un sentimiento colectivo de pertenencia, es decir un sentimiento nacional. Esta sociedad lo ha intentado desde el asiento indígena, en 1781, con Tupac Katari, luego por medio del asiento oligárquico bajo el caudillismo militar del siglo XVIII, por medio del asiento artesanal plebeyo con Belzu e incluso a través de una incipiente alianza entre indígenas y oligarcas paceños en la revolución federal de 1899; se lo ha intentado desde la clase media en la revolución de 1952 (probablemente el intento más serio) y a partir del 2006, en base al asiento campesino y plebeyo (gremialistas, cooperativos, principalmente). 

La imposibilidad de establecer sólidos modelos de desarrollo económico -punto nuevamente en el centro del debate en estos días- es en gran medida consecuencia de la ausencia de un sentimiento nacional. Todo ello queda resumido en la idea de la irresuelta pugna entre diferentes racionalidades respecto a la política, la economía, la democracia, la producción. Para algunos investigadores, desde la caída de la minería de la plata, durante la colonia tardía, en estas tierras no se ha vuelto a establecer un eje económico capaz de crear y articular sólidamente el mercado interno; entendido este como la condición objetiva para el florecimiento de la intersubjetividad. Se entiende que para esa imposibilidad han interactuado, grosso modo, diversos condicionantes, tanto materiales, como subjetivos. No olvidemos que en Bolivia incluso asomaba la posibilidad del florecimiento de una intersubjetividad general aun en ausencia de aquella condición objetiva, es decir aun en ausencia de un mercado interno desarrollado, como tan lúcidamente lo señalara René Zavaleta Mercado. 

El actual descalabro en todos los órdenes que vive Bolivia no es en nada ajeno a la tradición que hemos resumido en estas líneas. En esta verdaderamente curiosa tradición, el desgobierno del MAS -tanto en su versión Morales como en la de Luis Arce- no ha hecho sino añadir el despropósito de instaurar un proyecto delictivo, desde el Estado. En lo que, con mentalidades infantiles, en el gobierno piensan hoy es “hacer política”, el golpe judicial de Arce y compañía, debería asegurarles controlar el sistema político y el sistema judicial para contar con la cobertura “legal” a fin de eliminar a todo posible candidato electoral y asegurarse el “respaldo” ciudadano en las elecciones del año próximo. El burlote parece representar el último empujón a un sistema estatal desinstitucionalizado, a fin de constitucionalizar todo acto inconstitucional. 

Para ello el grupo de choque de Arce (i. e., diputados, senadores, alcaldes encubiertamente oficialistas, “dirigentes sociales” corruptos y toda una pintoresca fauna política sindical a disposición de la mejor billetera) mañosamente intenta consolidar el golpe judicial, por todos los medios. 

Visto en perspectiva, el actual descalabro boliviano es mayor a los varios que el país vivió. Descalabros acaecidos luego de la crisis de la minería de la plata y la pérdida de salida soberana al mar, en el siglo XIX, al descalabro que sobrevino luego de la guerra del Chaco con Paraguay (1932 – 1934) o al retratado por el estado caótico que dejara a su paso el neoliberalismo, a fines del siglo pasado. En la actual ocasión, la Bolivia del siglo XXI gobernada por campesinos y sectores populares, escudados tras un discurso adornado por uno que otro concepto marxista, así como algunas muestras folklóricas de un “indigenismo” de ocasión, ha dejado en claro que no hubo fuerza como para sostener la falacia aquella de “reserva moral” y menos la de “reforma moral”, que podría ofrecer alguna esperanza a los bolivianos. 

Fracasaron, pese a tener todos los vientos a su favor: altísimos índices de legitimidad nacional e internacional, ingentes ingresos económicos por la súbita alza del precio de los hidrocarburos, en el mercado internacional. Con este derrumbe se remarca que a lo largo de la historia en efecto aquí todos fracasan, validando la idea de que se trata de un país viable, apenas para sus menudas peleas aldeanas, pero sin ninguna importancia y gravitación en el plano internacional. 

Claro que a lo largo del tiempo hubo también -es cierto- proposiciones orientadas a dirigir los esfuerzos en dirección de alcanzar la convivencia complementaria, en todos los órdenes, de ambas matrices culturales. Sin embargo, el hecho que los mismos (incluido el último, en el marco de la Asamblea Constituyente, el 2007) no prosperaran habla de la no existencia de espacios sociales, discursivos y políticos necesarios para ello. 

Con todo, lo que sí debo reconocer a mis compatriotas es un desconcertante y casi misterioso sentimiento con el que la mayoría se aproxima a la cita del descalabro: bailando al ritmo de la morenada, la cueca y el taquirari; felices, sin perder el compás, por los caminos de un extraño destino. Queremos significar con ello que pese al descalabro en puertas, la práctica del tira y afloja parece que continuará reiterando páginas de una historia que parece, con un fino humor negro, moverse en círculo. 

El autor es sociólogo y escritor

 

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