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13 de noviembre de 2017 19:46

¿Quién mató a Jorge Lonsdale?

Según una declaración otorgada en 2006 por el ex guerrillero peruano Dante Llimaylla Huamán, y disponible hace solo tres años en las redes sociales, el dirigente del Club Bolívar y gerente de la embotelladora Vascal, Jorge Lonsdale, habría perdido la vida debido a los disparos efectuados por la Policía boliviana.

CASO LONSDALE Una de las fotos en las que aparece el empresario que fue secuestrado.

Especial de Rafael Archondo

La Paz, 13 de noviembre (ANF).- Han pasado 27 años desde que el país despertó alarmado por las muertes de la calle Abdón Saavedra. Cuatro guerrilleros y un industrial secuestrado perdieron la vida en medio de una violenta intervención policial. Aquella mañana, la información era escasa, meses después, inexistente. A casi tres décadas del hecho, varias luces intentan esclarecer lo ocurrido.

Según una declaración otorgada en 2006 por el ex guerrillero peruano Dante Llimaylla Huamán, y disponible hace solo tres años en las redes sociales, el dirigente del Club Bolívar y gerente de la embotelladora Vascal, Jorge Lonsdale, habría perdido la vida debido a los disparos efectuados por la Policía boliviana en la madrugada del 5 de diciembre de 1990, en el contexto de un operativo supuestamente destinado a liberarlo de sus secuestradores.

Nueve horas de vigilia
Aquella nublada madrugada del miércoles 5 de diciembre de 1990 resultó especialmente intensa para la policía boliviana. El trajín se disparó desde la noche previa. A 15 minutos de las diez, en la calle 21 del barrio de Calacoto de la ciudad de La Paz, funcionarios del Centro Especial de Investigaciones Policiales (CEIP) capturan a Evaristo Salazar, ciudadano de nacionalidad peruana, quien portaba documentación falsificada. Gracias a esta acción, las horas siguientes serían de información precisa.

Con ese arresto culminaban prolongadas pesquisas, iniciadas en junio de ese año, desde que el empresario Jorge Lonsdale había sido secuestrado por un grupo armado que todos suponían como estrictamente delincuencial.  Seis meses después del irresuelto plagio, los investigadores sentían tener entre sus dedos la punta del hilo que los llevaría a desenredar el ovillo que, ya para ese momento, llevaba un rótulo enigmático: CNPZ, las siglas de la Comisión Néstor Paz Zamora.

Hace un año y cuatro meses, gobernaba el país el otro Paz Zamora, es decir, Jaime, quien había jurado sorpresivamente a la Presidencia tras firmar una cuestionada alianza de gobernabilidad con su viejo rival de los años 70: el ex dictador Hugo Banzer Suárez. Aún sin haber ganado las elecciones, Paz Zamora adquiría la mayoría congresal suficiente para gobernar entre 1989 y 1993. Su ministro del Interior en ese momento era Guillermo Capobianco, dirigente de su partido en Santa Cruz.


La CNPZ, que retenía a Lonsdale desde el lunes 11 de junio, se había atrevido a reivindicar nada menos que al hermano guerrillero del Presidente, en clara insinuación de que ellos preferían a “Francisco”, el hombre muerto en Teoponte, y no al nuevo ocupante del Palacio de Gobierno. La última vez que Jaime conversó con Néstor fue pocas horas antes de que éste  se enrolara en la guerrilla de 1969. Tuvieron una agria discusión a partir de la cual uno abrazaría la muerte y el otro, una carrera electoral que lo colocaría en la cúspide del Estado.

El peruano detenido aquella noche del 4 de diciembre era uno de los dos hombres que el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) de su país había enviado a Bolivia para proporcionar asesoramiento técnico a aquel embrión guerrillero al sur de su frontera. Salazar llegaba puntual a una cita vigilada por la policía, en la que la familia Lonsdale pudo haber entregado el dinero acordado con los captores a fin de devolverle su libertad al industrial secuestrado. En varias declaraciones judiciales se habla de 3 millones de dólares, pero el pago del rescate era reemplazado en esas horas nocturnas por una larga sesión de torturas a fin de que el detenido revelara el lugar donde la CNPZ había encerrado al empresario.

El CEIP no podía admitir demoras. Cada hora transcurrida en la que los secuestradores no recibían ningún mensaje sobre la recompensa, aumentaba el riesgo de que mataran a Lonsdale. Durante cinco meses, los hijos del entonces gerente de la embotelladora Vascal (subsidiara de Coca-Cola), accionista del diario “La Razón” y dirigente del Club Bolívar habían logrado reducir la demanda monetaria de la CNPZ, que según una novela escrita en 1995 por el ex comandante de la Policía, Felipe Carvajal, empezó siendo de 8 millones.

Las horas entre el 4 y el 5 de diciembre serían las últimas de Evaristo Salazar, pero también las del empresario y tres de sus captores. Un secuestro que parecía resuelto en el momento de la localización efectiva del grupo terminaría en un inexplicable baño de sangre.

Cinco días después, el Ministerio del Interior reconocía públicamente que Evaristo Salazar perdió la vida cuando se encontraba “bajo el control de funcionarios policiales en su condición de detenido”.  Sin la menor vacilación el Ministerio asegura que aquella muerte de produjo “en circunstancias aún no determinadas”. “Con la misma severidad con que se llevaron a cabo las investigaciones y las acciones anti terroristas, de igual modo se actuará con los excesos que pudieran producirse en el accionar de los organismos de seguridad del estado”, advierte el documento oficial. Después de un inicio formal de juicio en contra de dos agentes de la policía, todo quedó en promesa.

El militante emerretista Evaristo Salazar murió en la madrugada del 5 de diciembre de 1990, porque fue torturado salvajemente, hecho que el doctor Antonio Torrez Balanza resume en la autopsia con una sola palabra “politraumatismos”. Un proyectil alojado en uno de sus pulmones terminó de inmovilizar aquel cuerpo. El otro peruano involucrado, Dante Llimaylla, también asignado en las labores de asesor operativo, correría mejor suerte y sí viviría para contarlo.

El 7 de enero de 1991, un mes más tarde de los sucesos de la calle Abdón Saavedra, el teniente coronel Carlos Antezana Cuéllar, a cargo del operativo, redacta una historia adicional. En su informe asegura que 15 minutos antes de la una de la madrugada, y “como resultado del interrogatorio”, Salazar habría proporcionado dos direcciones en las que podía localizarse a Lonsdale.

El coronel Germán Linares, otro de los protagonistas de la lucha anti terrorista en Bolivia, conversó a las 4:45 de la mañana de aquel 5 de diciembre con el ministro del Interior, Guillermo Capobianco. “-El peruano ya ha confesado su verdad”, habría exclamado victorioso. “Le ordeno que ingrese a la casa”, fue la orden ministerial.  En su declaración informativa, Linares comenta: “Lo interesante es que a mí me ordena ingresar a la casa, yo soy investigador, no agente, no soy una persona tal vez preparada para estas situaciones”.

La información oficial que queda en archivos sobre la muerte de Salazar es que éste logró golpear a sus custodios mientras recorría con ellos, esposado y dentro de una patrulla, las calles, por las que se encontrarían secuestrado y secuestradores. Tres disparos habrían interrumpido letalmente su fuga. El moribundo habría sido internado en la madrugada en la clínica policial. Lo que nadie entiende es cómo apareció horas después en la morgue del Hospital de Clínicas despojado de su identidad en un intento por hacer desaparecer la evidencia. Es uno de los cuatro crímenes que quedaron en la impunidad en aquellas horas de desvelo.

Horas antes, según testimonios filmados que ahora se conocen, los miembros de la CNPZ celebraban una reunión clandestina en la casa de la calle Abdón Saavedra, en cuyo segundo piso y detrás de grandes ventanales, resguardaban a “Mamani”, como habían bautizado a Lonsdale desde el momento en que interceptaron su vehículo cuando se dirigía a sus oficinas. Su convivencia con aquel gerente de la Coca-Cola ya se acercaba al medio año de duración.

Según relata el emerretista Dante Llimaylla, al documentalista italiano Andreas Pichler, en aquella reunión se planteó la gravedad de la situación en la que se encontraba el colectivo guerrillero. “Enrique”, es decir, el fallecido Evaristo Salazar, no se había comunicado con ellos hace varias horas. Lo más probable es que la policía lo hubiese detenido. Así, el hombre que conocía su ubicación exacta podría estar siendo interrogado en esos momentos. La intervención policial era por tanto inminente.


A mediados de noviembre, los periódicos y noticieros ya habían difundido las fotografías, nombres y datos vitales de los principales integrantes del grupo. Los errores operativos cometidos hasta ese momento por la CNPZ resultaron devastadores. Alentados por el exitoso secuestro, acción dirigida por el peruano Salazar a plena luz del día, los jóvenes no esperaron a cobrar el rescate para proseguir sus actividades político-militares. En agosto sorprendieron a los transeúntes con muros pintados con su sigla de cuatro letras y la consigna: “Bolivia digna y soberana”. En octubre derribaron el monumento al ex presidente Kennedy muy cerca de la Estación Central y realizaron un atentado a la casa donde vivían los marines que resguardaban la Embajada de los Estados Unidos. 

En este último acto, tuvieron que asesinar a un guardia que salió a repeler la incursión y en una pendiente abandonaron un auto, en cuya guantera, por descuido, olvidaron retirar los documentos de identidad de uno de los líderes del grupo, el italiano Michael Northdufter.  En noviembre, las pistas dejadas llevaron a la policía a una casa en la ciudad de El Alto, donde Lonsdale había sido recluido semanas antes. De ese modo, el gobierno supo que los promotores de la campaña por “una Bolivia digna y soberana” eran también los secuestradores del industrial.

La cadena de errores cometidos echó por tierra la moral de la CNPZ. Aquella noche del 4 de diciembre, Northdufter les propuso que quien quisiera abandonar la casa, podía hacerlo. Abría las puertas para la deserción, convencido de que así salvaba vidas y tal vez ayudaba a prolongar la lucha. Inés Paola Acasigüe Parada, 19 años, hermana de Julio, otro de los miembros de la CNPZ allí presente, fue la primera en reaccionar a la invitación. Dijo que ella se quedaba hasta el final. Al ver que la persona más vulnerable, la que acababa de tener una hija, optaba por perseverar, los demás, con la excepción de dos integrantes, habrían imitado su gesto. El grupo quedaba casi entero, listo para abandonarse a la fuerza de los acontecimientos. Horas más tarde, éstos se tornarían siniestros.

Paola lo describe del siguiente modo: “En mi caso a mí me dijeron que me vaya, por lo que yo tenía mi hija, y yo no quise. Entonces si yo había hecho eso, de decir, no, me quedo, cuando les preguntan a los otros, un poco como que quedaron… no había más opción”.  En el caso de Dante Llimaylla también primó el compromiso con lo obrado hasta ese momento. Él dice en 2006: “De mí ya se había cumplido mi plazo, yo debía haberme ido al Perú. Me dijeron, compañero, usted ya se puede ir, mi responsable, el otro compañero peruano, pero yo le dije, mira, no, yo me voy contigo y además los chicos necesitan ayuda, yo me quedo. Pero sabes el riesgo que estás corriendo, me dijo. Si riesgo siempre ha sido la vida, y en ese reunión también se hizo eso con todos los presentes”.  Lo que sigue suena hoy aún más dramático: “En la reunión se les dijo, saben qué muchachos… ya tenemos a la policía encima, entonces son dos cosas, o dejamos en libertad al secuestrado y nos vamos todos, o resistimos hasta el último. Dejarlo al secuestrado es asumir una derrota, quizás de la que nunca nos vamos a levantar. Entonces hay que elegir. Entonces esperamos que llegaran, fue como retar a la muerte”. 


Paola le dijo a Andreas Pichler, que la entrevistó 16 años más tarde para su documental “El Camino del Guerrero”, que Michael Northdufter (foto), 28 años, nacido en la provincia germano parlante de Italia conocida como Tirol del Sur, tenía miedo a morir. “Es lógico, era como impotente ante esa situación porque sabía que era el primero que iba a morir cuando llegara la policía”, añade. Su fotografía había sido difundida por el Ministerio del Interior y se lo acusaba de dirigir el grupo.

Paola dijo en 2006 que “en realidad” la CNPZ no tenía “una cabeza”, “todos éramos iguales, pero de alguna manera siempre hay un líder”. En referencia a Michael, ella afirma: “él era el que representaba, pero no porque se hubiera impuesto o porque nosotros le hubiéramos puesto un cargo, sino porque se dio, siempre en un grupo hay una persona que sobresale y en este caso era él”. El gobierno necesitaba desacreditar al grupo y la mejor forma de hacerlo era reprocharle tener en su conducción a un europeo.


El documental de Pichler es fundamental para entender por qué la familia de Lonsdale demoró tantos meses en sellar un acuerdo económico con la CNPZ. Paola Acasigüe lo dice sin titubear: “(Jorge Lonsdale) tenía problemas con su familia. Entonces como que les hemos hecho un favor, o sea, todo salió mal. A la familia se le hizo un favor porque había problemas con los hijos por la cuestión de la herencia. El mismo Lonsdale dice: mi familia no va a pagar…”.  Llimaylla lo ratifica con las siguientes palabras: “Lonsdale supuestamente representaba a la transnacional Coca-Cola, entonces podía proveernos de fondos, pero él sabía que lo iban a matar, se ponía mal, se ponía a llorar”.

En la madrugada del 5 de diciembre, Jorge Lonsdale y sus seis custodios se mantienen en tensa vigilia. Dante describe la escena: “Las demás horas ya fueron tensas, nos distribuimos las responsabilidades, el primer piso lo llenamos de colchones, de papeles, colocamos cerca gasolina, algunas municiones sin cargadores colocamos en determinados lugares, se distribuyeron las pocas armas y esperamos”.

Amanece. El Ministro del Interior aparece en las pantallas de televisión. Al fin puede dar una buena noticia tras tantos meses de deudas pendientes. Anuncia que la casa en la que se encuentra el ingeniero Jorge Lonsdale ha sido localizada y se encuentra rodeada por la policía. Luego tiene que agregar el saldo del fracaso: los guerrilleros asesinaron a su presa. Minutos después el Presidente Paz Zamora se hace responsable del ingreso a balazos a la casa. La Comisión que lleva su apellido ha sido aniquilada. Tres de los seis integrantes de la célula armada han muerto, los hermanos Acasigüe y el peruano Llimaylla son los sobrevivientes, únicos testigos de lo sucedido en esos estruendosos minutos.

Los cadáveres de Michael Northdufter, Osvaldo Espinoza Gemio y Luis Caballero Inclán aparecen alineados en las fotos que horas más tarde conforman la primera plana del periódico “La Razón” en una edición extraordinaria que se agota en media hora. Las imágenes de un patio inundado de su sangre se repiten una y otra vez en la televisión. La fuerte ligazón entre el programa de crónica roja de Canal 4 (El Telepolicial) y los mandos medios de la policía permitió que las cámaras del reportero Edgar “Pato” Patiño estuvieran ahí junto a los primeros rayos del sol.

Algunos vecinos de la casa tomada hicieron declaraciones a las decenas de reporteros que rodeaban la zona. En el periódico “Hoy”, uno de ellos afirma haber escuchado a Luis Caballero gritar que dejen de disparar porque ya estaban completamente rodeados. Mientras los sobrevivientes salían por la puerta delantera de la casa y eran vistos por periodistas, testigos ocasionales y guardias, los otros tres buscaron una salida por la parte trasera y habrían sido arrestados en la vivienda contigua. En los registros de la comisión de derechos humanos de la cámara de diputados, Dante Llimaylla dice: “si estamos aquí es gracias a las casualidades, que se dan, por ejemplo de la presencia del reportero de canal 4 y del señor diputado Lanza, porque de lo contrario creemos que hubiéramos sido aniquilados igual como nuestros compañeros”.

Gregorio Lanza, parlamentario de la Izquierda Unida, llegó al lugar con la intención de negociar la entrega de los jóvenes y salvar vidas. Lanza junto a Rafael Puente, ex sacerdote jesuita, también diputado por la misma sigla, formaron parte de los primeros ensayos de organización de un frente guerrillero en la Bolivia de los años 80.

Puente reconoció en 2006 que conoció a Northdufter en el marco de la activación de la lucha armada. “Nos preparábamos para lo que en aquel momento creíamos iba a ser algo así como una guerra de liberación de Bolivia”, revela Puente en un documental europeo. El dato es central, debido a que el fallecido dirigente minero y ex senador Filemón Escóbar denunció al diario “La Razón” en 1991 que Puente había entrenado a la CNPZ y que era su Comandante. La declaración ocasionó que Escóbar fuera expulsado en 1992 de la Central Obrera Boliviana (COB) acusado de “delación”.  Tiempo después, Puente y Escóbar se reconciliaron bajo las banderas del Movimiento al Socialismo (MAS).

Pero las invocaciones de Lanza no fueron escuchadas. La hipótesis que se barajó en esas tempranas horas del 5 de diciembre fue que Caballero, Espinoza y Northdufter fueron detenidos con vida, obligados a reingresar a la casa, ascendidos al segundo piso y obligados a saltar mientras se les disparaba a quemarropa. Un simulacro de combate. Su caída se habría producido en el patio que las cámaras de canal 4 lograron captar desde un edificio cercano.

El médico forense corrobora en su informe que a Michael le dispararon con un arma de grueso calibre a un metro de distancia. La total desfiguración de su rostro no da lugar a equivocaciones. Estaba desarmado y en frente de su verdugo. 

Tras haber cumplido su condena, los sobrevivientes de la Abdón Saavedra aceptaron romper el silencio una década y media después. Sus testimonios quedaron grabados en el ya citado documental “El Camino del Guerrero”, realizado por Andreas Pichler, natural del Tirol, Italia, quien investigó el caso motivado por conocer la vida y muerte de su compatriota, el supuesto jefe de la CNPZ. Aunque el filme, bajo el título de “Miguel N.”, fue exhibido durante una semana de septiembre de 2008 en la Cinemateca Boliviana y está disponible en Youtube, ningún periodista activo estaba informado del asunto en ese momento.


El único llamado de alerta en ese momento fue el del periodista Rolando Carvajal, el jefe de redacción del diario “La Razón” en 1990. 
Lleva su firma un artículo aún disponible en el portal Rebelión en el que toma nota de las declaraciones de Paola Acasigüe y Dante Llimaylla extractadas de la película de Pichler.  En ella, con una voz pausada, el peruano reitera no solo que sus tres compañeros fueron asesinados por la policía, sino que Lonsdale también cayó abatido por las balas disparadas por los uniformados. Este es su testimonio: “Lo primero que hacen es poner un francotirador frente a la casa. Entonces en cuanto comienza la refriega, la ventana, de un tiro la bajan, todo y cortina se viene abajo, acto seguido le disparan a Lonsdale, a una parte del cuerpo le llega. Después entra gente de comando y lo aniquilan. Los demás chicos no sabían qué hacer. Yo salgo corriendo a la ventana, me fijo y había policías por todo lado, ya apuntando, yo les digo, no salgan y los chicos se van por ahí. Los han agarrado vivos, los han acribillado y nosotros corrimos mejor suerte porque también nos iban a matar.

En la novela “El Día del Bautizo”, publicada en 1995 por el entonces comandante de la Policía, el general Felipe Carvajal Badani, se hace un relato de lo ocurrido. Con nombres ligeramente cambiados, el jefe policial asegura que Caballero y Espinoza dispararon contra Lonsdale por órdenes de Northdufter, el cual le habría dado después el tiro de gracia. Minutos después, los tres habrían intentado escapar, hecho impedido por las balas de los uniformados que ya tenían cercada la casa. Carvajal informa además que la policía ingresó a la vivienda sin disparar, gracias a que una de las inquilinas, una señorita italiana, que nunca prestó declaraciones, abrió la puerta tras escuchar el timbre pulsado por uno de los guardias. En ese momento, los uniformados tenían todas las ventajas en la mano, puesto que no solo habían rodeado el edificio, sino que ya estaban adentro.  Carvajal afirma además que tras una invocación para que se rindan, los jóvenes empezaron a disparar.  La policía, que tenía instrucciones presidenciales, de cuidar la vida de Lonsdale habría respondido al fuego guerrillero, desatando la intervención violenta hasta el segundo piso.

En relación a la muerte de Evaristo Salazar, Carvajal habla sobre “un desfase trágico del destino” relatado y suscrito por sus custodios. Aunque su novela es presentada como “un reflejo de acontecimientos vividos en los años 1989 y 1990 con la insurgencia de grupos como (…) la CNPZ”, no se atreve a identificar las causas del asesinato del emerretista.

Dante Llimaylla sostuvo en 2006 que la dirección nacional del MRTA hizo una alianza con la CNPZ y que le entregó dinero y asesoramiento.  “Ellos no hubieran podido hacerlo solos, no por incapacidad, sino por falta de experiencia. El arte de la guerrilla no es innato, se aprende en el día a día”, ratifica. Cinco años más tarde, el MRTA vengaría la muerte de Salazar planificando y ejecutando el secuestro de otro industrial, Samuel Doria Medina, quien formaba parte del gabinete ministerial de Paz Zamora. En esa ocasión, los peruanos no compartirían las acciones con “aprendices” de guerrilleros e incluso conseguirían financiar mediante el rescate, la toma de la embajada japonesa en Lima.

Entre tanto, las preguntas de inicio siguen flotando en el aire: ¿quién mató a Lonsdale?, ¿cómo murieron los guerrilleros?  “El Camino del Guerrero” de Andreas Pichler (ver abajo) respondió con precisión, pero solo una investigación a fondo podría dar por cerrado este caso en el que nuestra democracia naciente se manchó las manos de sangre.

/ANF


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