Por Manfredo Kempff Suarez

Entre traiciones y zancadillas

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Por Manfredo Kempff Suárez

Hasta hace unas semanas pensábamos que de alguna manera los cruceños sabríamos ponerle las cartas sobre la mesa al Gobierno y frenarlo en sus atropellos; insistíamos en que éramos un bastión inexpugnable, la Santa Cruz imparable. Sin embargo, ahora tenemos que reconocer que somos demasiado vulnerables. No sólo que fuimos incapaces de poner coto a la injustificable demanda de un asiento en la Asamblea Legislativa Departamental del inventado pueblo “yuracaré-mojeño”, que logró su propósito, sino que, para colmo, hubo componendas con olor fétido dentro de la coalición que acompaña al gobernador Rubén Costas. Hubo traición al Gobernador, pero desgraciadamente él no ha controlado la situación.

Aunque no hubiéramos estado muy convencidos de que la fuerza de Santa Cruz era como la de hace unos años, nunca dejamos de confiar en nuestra dirigencia y de afirmar que el MAS no podría capturar jamás  las instituciones cruceñas. Ahora se ve que sólo eran nuestros buenos deseos. O nuestra estúpida equivocación.

La dirigencia opositora Verde está desorientada, sin haber logrado consolidar su enorme respaldo ciudadano, y hasta algunos empresarios, que parecían plantar la cara, están sometidos a los caprichos del Gobierno. Ahora resulta que todos en general, tienen deseos de negociar con el MAS para sobrevivir. Algo hay que decir, sin embargo: los cruceños, casi sin excepción, tenemos nuestra cuota de culpa, ya sea por soberbia, ya por dejadez, ya por miedo.

El hecho más patético está sucediendo en estas horas, repetimos, cuando medio centenar de nativos originarios principalmente de Cochabamba – los ya famosos yuracarés – marcharon a pie a lo largo de kilómetros para llegar a una Santa Cruz que esperó impasible la bofetada. Los pocos yuracarés marchistas se tomaron el escaño que pretendían y chitón. Ahí se sucedieron incalificables hechos de traición entre los asambleístas de Costas, como días antes vimos, apesadumbrados, los vergonzosos rezos y sollozos del presidente de la Asamblea, e intentos desesperados de pactos con el oficialismo, y en el fondo, pánico.

Lejos han quedado los tiempos en que Santa Cruz era, para todo el país, garantía de sostén de la democracia y esperanza de bastión inexpugnable ante la trapacería masista. Nos perdieron el respeto entre los masistas collas que se multiplican como hormigas y copan los gremios más combativos de la ciudad y  los quintacolumnistas acruceñados, colaboracionistas que, desde dentro de casa, han dado estocadas certeras en órganos vitales contribuyendo a abrir camino al persistente intento de dominación aimara en nuestro departamento. Lo que los incas no pudieron en su tiempo frente a los bravos chiriguanos, hoy parece algo inevitable y para mayor vergüenza, fácil.

Cruceño que muestra una pancarta contra S.E. va preso sin más vueltas. Ciudadano que, como protesta, porque el Gobierno hace burla de la Constitución, la despedaza y la quema por inservible, cae en manos de un fiscal. Y las amenazas y las persecuciones en el añejo y desacreditado “caso Rozsa” siguen, de la mano de aquel fiscal que quería irse a su casa porque ya no tenía como sostener una acusación inconsistente. Sin embargo, los cruceños quedamos ante los ojos de mucha gente con nuestra imagen dañada, como unos encubiertos separatistas. Todo esto, es ampliamente sabido, lo debemos a tramposas conjuras palaciegas.

Si Santa Cruz, donde se suponía que estaba la resistencia sólida al avasallamiento, no es capaz de frenar a un Gobierno mediocre, inculto, caótico pero insultante, la situación se torna muy grave. Y más peligrosa todavía cuando, en plena democracia, el respaldo popular que obtiene la oposición no le sirve para nada porque el Gobierno la desconoce a través de ardites de la peor calaña. Todo adversario del MAS puede estar seguro que ya tiene un fiscal que lo está investigando porque manejan la “justicia” a su gusto. Muchos de ellos ya están encarcelados o perdieron su mandato. El oficialismo tomó Pando, Tarija, se robó varios municipios, tiene bajo arresto domiciliario al gobernador beniano y ahora merodea, artero, la alcaldía de Oruro y se relame por la alcaldía de La Paz.

 ¿Y la gobernación cruceña? ¿Qué del gobernador Costas? ¿Acaso lo van a perdonar? Rubén Costas, después de la debilísima actitud de los Verdes y sus aliados ante el medio centenar de yuracarés descalzos que llegaron con arcos y flechas hasta las puertas de la gobernación, está en un inminente peligro de ser destituido. Con una mayoría filomasista en la Asamblea y con tembladera en las piernas de paso, la democracia autonómica cruceña peligra. Esto, para que el Vicepresidente siga felicitando e incitando a quienes violan  las normas constitucionales.

El MAS disfruta derrocando administraciones legítimamente elegidas. Siempre hay algún vericueto legal para justificar el abuso. Pero a ver quién se atreve a poner en duda la legitimidad de un masista fraudulento o pillo. El que lo haga comete un atentado contra la democracia. Ellos son intocables, legalistas; la oposición son los desechables, la carne  para los cuervos. Así se está acabando el estado de derecho.

(*) Escritor y ex diplomático.



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