Por Manfredo Kempff Suarez

EL RESENTIMIENTO EN LA POLÍTICA

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Le robo el título de esta nota a mi padre, que, en 1969, escribió en La Paz sobre los resentidos políticos, demostrando, con arte e inteligencia, cuán laberíntico es el político resentido y cuánto mal hace el resentimiento social cuando una persona enturbia su mente y su visión con odios insalvables que lo convierten en algo ponzoñoso cuya intención es causar daño a quienes considera superiores a él o adversarios de riesgo.

S.E. debería haber superado resentimientos desde el momento en que ganó limpiamente las elecciones presidenciales y ocupó el mando de la nación con un formidable respaldo. Desde ese instante su norte debió ser la administración eficiente del Estado, ejecutar los cambios que consideraba necesarios sin atropellar aprovechando su notable mayoría parlamentaria, pero no utilizar el poder que le dieron los votos para actuar de manera atrabiliaria  para provocar a sus adversarios y peor para vengarse de ellos. Debió ser pacificador y grande en el triunfo, pero no lo fue.

¿Por qué hablamos de resentimiento en el caso de S.E.? Simplemente porque él lo hace notar a cada momento. En sus recurrentes y penosas referencias a su niñez, su pobreza, al mal trato que presuntamente recibió de los poderosos, agrega constantes reminiscencias históricas, que, generalmente, no aportan en nada a la unidad que él mismo reclama a todos los bolivianos. Los 500 años de sometimiento no se apartan del discurso presidencial, primero a través de la espada de los conquistadores, luego por la explotación durante la Colonia, y finalmente por las desdichas que habrían traído a Bolivia los gobiernos de la era republicana. S.E. no ha alcanzado a comprender algo que pensábamos que él sabía bien: que en Bolivia  tienen que convivir indígenas, mestizos y criollos. Y que no se puede tomar partido por un grupo étnico en particular como sucede hoy.

Lo cierto es que salta a la vista un rencor racial en S.E. que a estas alturas parece imposible corregir. Las diferencias que hace entre las distintas regiones y las diversas etnias son extremadamente notorias. Resalta su encono contra el oriente boliviano. Así es imposible que gobierne bien y sobre todo que gobierne en paz. El MAS, aguijoneado desde el poder, siempre está en pelea con alguien y para S.E. el conflicto es algo que está en su espíritu y parece disfrutarlo.

Entre los múltiples fracasos en su política exterior, tras sonadas derrotas diplomáticas que se han ido sumando como antes nunca por falta de conocimiento y oficio de la Cancillería, S.E. ha cometido un acto impropio de un gobernante serio, de un verdadero estadista, a raíz de la última Cumbre Iberoamericana. Al haber regresado de Asunción con las manos vacías como siempre, pero ahora sin aplausos además, expresó que esas reuniones Cumbre muchas veces no tienen sentido y habría que desestimarlas, lo que es cierto en algunos casos y eso no se le critica a S.E.

Lo desdichado fue una referencia injusta y descomedida contra el Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón.  Afirmar que estas reuniones Cumbre sólo sirven para que los presidentes rindan cuentas e informen (no sabemos sobre qué) al Rey de España, es de una ligereza inaudita, es también una ofensa gratuita a sus colegas mandatarios, producto seguramente de aquel torbellino de ideas confusas que acuden permanentemente a S.E. y que provocan estupor a veces o incontenible hilaridad en la mayoría de los casos.

Y ese despropósito es consecuencia del resentimiento terrible que guarda S.E. contra todo lo español porque lo han convencido que España es causante de nuestra desgracia como nación. Bolivia se ha convertido en el único país iberoamericano que se muestra abiertamente hostil a España y que el 12 de octubre, antiguo Día de la Raza, se lo designa como el Día de la Descolonización. No entiende S.E. que hay bolivianos de origen hispano y que estamos muy orgullosos de serlo. Ya ha criticado y hasta ha sugerido cambiar esa bella estrofa del himno cruceño que se refiere a la “España grandiosa”. Y hemos oído que hasta desea cambiar la estatua de Murillo por la de Tupac Katari en la plaza de armas de La Paz. Esto es porque no comprende, lo que él mismo ha impuesto: somos ahora, por desgracia, un Estado Plurinacional mal concebido.

S. E. no ha afirmado aquella insensatez motivo de esta nota delante del Rey. No se hizo decir: “¡que te calles!”, como sucedió con Hugo Chávez. Largó el flechazo desde su trinchera andina donde se siente protegido. Pero se olvidó que los Reyes de España lo recibieron hospitalariamente cuando era un simple desconocido, pese a que se presentó ante ellos con una  chompita  a rayas en pleno invierno europeo. Los Reyes lo recibieron así por no ofender a Bolivia, naturalmente. Pero sin duda que se dieron cuenta de la intención de S.E. quería provocar, ofender, como, lamentablemente, lo ha hecho ahora, indignado por lo mal que le fue en la Cumbre.



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