Por Guillermo Arroyo

RIEGO Y POBREZA

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Lentamente en nuestro país vamos tomando alguna conciencia del estrecho vínculo que existe entre la administración o si se quiere gestión, del agua dulce y sus consecuencias en los índices elevados de pobreza.

Los números no afinados nos ubican en el orden de 2 millones de hectáreas de tierra cultivable para la cual el 10%, alrededor de 200 mil, pudiera decirse que tiene sistemas confiables, estables y sustentables de irrigación. Salta a la vista entonces que si a tierra parcelada, minifundizada, que impide la evolución hacia la agricultura moderna o la adopción de sistemas productivos contemporáneos o economías de escala se añade la escasez crónica o latente de agua, el campesino dueño de la parcela desde la Reforma Agraria apenas podrá sobrevivir de una tierra casi estéril, menos competir o adoptar tecnologías que aumenten el valor de su cosecha y su rendimiento. Es probablemente comparable en escala al problema que enfrento Mao Tse Tung al comienzo de la revolución agraria china en 1950.

Las estadísticas resultan frías. No llega a embalsarse ni el 20% de agua potencial y los sistemas de riego que captan el agua subterránea o de vertientes no llega en la estación húmeda a un 10% del agua posible. El autoconsumo casi artesanal para pequeñas parcelas en medio de la economía de subsistencia, resulta ser entonces el círculo que genera mayor pobreza y del que no podemos salir en más de una generación.  Aprovechamientos de recursos de agua mayores o en las áreas fronterizas como en los ríos Mauri o Lauca, tan vitales para Perú y Chile entre Tacna y Arica norteña, sólo pudieron hacerse en países extranjeros mientras nuestros campesinos extrañan cada vez mas el agua para sus parcelas o emigran a las ciudades del país por la devaluación de la tierra agrícola,  abriendo también nuevo cinturón recurrente de pobreza.

La ausencia de políticas sostenidas de apoyo a la productividad agrícola con semillas, el mantenimiento y no erosión del suelo agrícola y desde luego los sistemas de irrigación, todos están alejados de la demagogia y el exhibicionismo políticos. Las verdaderas soluciones brillan por su ausencia mientras extensas áreas del país se encaminan a procesos irreversibles de erosión  y desertificación. Seguimos por otra parte casi, casi, en el arado egipcio (la yunta) y sin utilizar maquinaria agrícola y con evoluciones imperceptibles en el curso de generaciones completas sin asegurar siquiera la  producción básica de forrajes, tubérculos u hortalizas que apenas progresa en décadas.

 



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