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Opinión

15 de julio de 2019 14:53

Ya se fue mi pregonero


El día anterior se había ido João Gilberto, otro amigo, pero musical, que me había iniciado en el Bossa Nova, cuando con Antonio Carlos “Tom” Jobim y Stan Getz lanzaron en 1964 un LP que desde entonces honró mi colección de discos de vinilo. Ganó el Grammy como el mejor álbum del año, que su mujer cantaba en inglés con voz suavecita, como la de su esposo en portugués, tal vez mareada en las volutas del saxofón del sueco Getz, para no hablar de su amorío en otra forma.
           
A mi esposa se le ocurrió amenizar la fría mañana con el mexicano Miguel Aceves Mejía, a quien le deformábamos el apellido diciendo “A veces gemía”. Se lamentaba en una canción (aunque quizá aludiendo a Agustín Lara con su “malagueña salerosa, ya se fue tu pregonero”. Le calzaba el apelativo a mi amigo Alfonso Prudencio Claure, “Paulovich”, porque también era “chaskañawi”, o así creía él. Esa última acotación quizá fue mi sardónica retruca a quien me dedicó su Manual del Prefecto Negrero con un exacto, aunque urticante, retrato, al escribir “Para mi amigo…, quien según las viejas crónicas fue un regular negrero”. Yo que me creía todo un Casanova.
           
Ya era famoso cuando apenas yo borroneaba pensamientos. Admiraba su habilidad para mezclar el humor con la ironía, aunque después de un par de whiskies alguna vez diserto con que “el boliviano va en busca de su ‘minacha’ porque somos un país minero”. “Qué minero ni qué ocho cuartos”, le decía, “Bolivia es andinocentrista, esa es nuestra desgracia”. Una vez cruzamos espadas cuando postulé que la mentada discriminación racial no tenía sexo ni etnia. “Barlamentaba” de los “strip tease” de cholitas, que los turistas mochileros prefieren tal vez por sus varias enaguas. “Las cholas tiene un código moral impecable”, me retrucó, algo que la evidencia de los tiempos actuales se encargó de corroborar a mi favor, tanto en el plano sexual, como en avivadas monetarias de “originarias” rateras de “indígenas”.

Sin embargo, afecto a desnudar apariencias, Paulovich las disfrazaba con personajes mestizos de nuestra variopinta gente. Eso sí, evitábamos la mezcla de discusión verbal con bebida espirituosa, algo que habría que restregar a tanto abusador borracho y desempleado, que tal vez se vuelve feminicida cuando llega a su casa y encuentra a una esposa quejumbrosa de sus circunstancias. 
           
De cualquier manera, nos unió un parentesco quizá trágico, cuando murió su hijo recién casado con la niña de los ojos de un pariente querido, a quien debo la gracia (¿o desgracia?) de forzarme la mano poniéndome un revólver al pecho, exigiéndome que revelase mis intenciones que no eran nada santas.

En otra ocasión, le encontré en Cochabamba saliendo en la tardecita del Hotel Colón de unos amigos de ascendencia croata, seguramente después de almorzar con su amiga Nelly de Jordán. Después de unos tragos, le acarreé a una tenida social en que Paulovich causó revuelo y pasó la velada, pobrecito, autografiando con una mano y un whisky en la otra, como si fuera un artista de cine.

Cuenta nuestro amigo “Feny” Canelas, que en la barra del Suiza, o del Giorgíssimo, Paulovich era afecto a cambiar las letras de canciones; una de ellas era esa de José Luis Perales, que los padres de familia achacábamos al triste momento en que nuestras hijas se casan; “y cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti”. Con un simple cambio, Paulovich trastocaba con un picaresco “y cómo es él, de qué lugar se enamoró de ti”. 

En la vida de mi amigo tal vez coincidieron la saudade por una esposa ausente y su amor por el whisky. Conjeturo que su gustito por las tintineantes copas quizá ayudó en su longevidad y en la musa de columnas salpicadas de punzante comicidad. Ya le extraño. Su partida dejará a muchos sin el maná de su optimismo mordaz. También le envidio, avisado de que su larga vida no melló su inspiración y continuó alerta hasta sus noventa. Seguiré su ejemplo, si Dios quiere, hasta el postrer momento cuando le acompañaré.

Me ciega la tristeza y esta noche repetiré varias veces la “Canzoni Stonate” en la voz de Andrea Bocelli y la harmónica de Stevie Wonder, ciegos ambos, recordando a la patota de amigos que me acogía en la barra del Giorgíssimo de La Paz a disfrutar del querido Paulo. En Italiano, dice: “Canto solamente insieme a pochi amici/ Quando ci troviamo a casa e abbiam bevuto/ Non pensare che ti abbian dimenticato/ Proprio ieri sera, parlavamo di te” Y seremos muchos los amigos que hablaremos con nostalgia de Paulovich, aunque sea desafinando.

Winston Estremadoiro

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