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Opinión

23 de junio de 2022 16:56

Watergate y el Asalto al Capitolio


Un artículo de opinión de Donald Graham en el Washington Post llamó mi atención. Destaca un rol prominente a su madre (no podía ser de otra manera, porque “la mama es la mama”, diríase, si yo dominase la lengua de Dante), en el escándalo de un robo chambón a la sede del partido Demócrata en Washington. Como bola de nieve convirtiéndose en alud, culminó en la renuncia presidencial de Nixon.

Aparte de afición por los símiles, hoy contrasto el escándalo de Watergate con la insurrección del 6 de enero de 2021 y el Asalto al Capitolio, ínclito recinto del sacrosanto, infalible y sin tacha Congreso de los EE.UU y ‘*tucuimas*’. La penosa versión televisiva y de miles de grabaciones de celulares da cuenta de algo digno de montoneras del algún país ‘bananero’ o cocalero.

Vaya y pase que existan mandamases mentirosos de nariz de Pinocho, o rijosos para los que la felación de una hermosa joven no es acto sexual. Todo vale desde que se inventaron la absolución de pecados y los abusos sexuales a cambio de tres padrenuestros y cinco avemarías. Hasta un ex agente del servicio secreto ruso se cree Pedro el Grande, sin haber aprendido de barcos en Europa como el fundador de St. Petersburgo.

Sostengo que Watergate y el 6 de Enero de 2021 son eventos recurrentes en el devenir histórico de Estados Unidos. Los protagonistas son Nixon y Trump. Las vertientes primigenias son materia de sesudos letrados que no pretendo emular. Sin embargo, sostengo que el orgullo de uno y la egolatría del otro, tienen mucho que ver.

Según Graham, a Nixon le salvó un sucesor presidencial pusilánime que permitió su renuncia en vez de su condena. Una revisión más detallada deja entrever un rápido descenso, como en el resbalín de un parque infantil. Según el hijo de la propietaria del Washington Post, es evidente que Trump jaqueó los temas delicados que amenazaran a su autocracia, como un guardia de seguridad que acudió a una policía efectiva; un juez que impulsó para que prevaleciera la verdad; un comité senatorial despojado de
camisetas azules o rojas; la grabación de lo tratado en salas de la Casa Blanca. Además, crédito debe darse a la labor investigativa de Woodward y Bernstein, sumada a la cobertura periodística de Bradlee, y la honestidad de una dama de hierro de la prensa libre. A su vez, Nixon se arropó en logros de su administración, que no fueron pocos, y se abandonó al orgullo.

La impunidad de Trump tal vez se debe a que es millonario y ex Presidente, condiciones sine qua non para que las aguas de la justicia le favorezcan, allí, aquí y en Plutón. Una exitosa incursión en programa televisivo de una audiencia ávida de escándalos, una familia que congeniaba con el favor de las cámaras y aires de John Wayne ególatra, favorecieron a uno que se atrevió a erosionar la sacrosanta Constitución estadounidense y llegó al extremo de asemejarse a un régimen del sur del rio Grande. Quizá el trasfondo son el libertinaje en la tenencia de armas (todos quieren ser ‘cowboys’ del Lejano Oeste), y el racismo anti-africano, anti-asiático y anti-latino perdurable en la sociedad.

Porque si  los ‘latinos’ tienen su corrupción en base a ‘tanto poder tienes, tanto vales’, los yanquis optaron por una impunidad que endiosa a los abogados y enmaraña a la justicia como las redes de pescadores no separan tiburones de atunes. Gracias a Dios, los estadounidenses tienen las audiencias públicas que revelan entretelones de sus excesos, como las que hoy están amontonando evidencias contra los insurrectos del 6 de Enero de 2021, y su cabecilla de peinado de salón de belleza y lengua demagógica. Falta saber si sus delitos serán penados, o si prevalecerá el ‘toma y daca’ –léase concertación o componendas-- de sus políticos.

Hay coincidencias lamentables entre el mamut y la pulga que muerde su pata. En Bolivia motiva un falso motivo de orgullo para gobernantes y sus adulones, que se desoigan clamores de justicia para una ex Presidenta democrática. Poco importan los reclamos nacionales e internacionales. ¿Será que en uno cuenta más el poder del dinero y en otro, el poder a secas, que los morlacos llegan? “Confianza, ni en tu camisa”, diría Melgarejo, esbozando el prototipo de mandamases de unos y otros. Nixon-Trump y Evo son como dos caras de una moneda.

Winston Estremadoiro

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