Opinión

22 de diciembre de 2018 12:30

Sopa de pobre para Navidad

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La Navidad es una festividad que cada año ronda la impostura.

Es dudosa cuanto tiene que ver con la fecha del natalicio de un bebé en un pesebre. El pino adornado no es costumbre nuestra en esta patria digna de mejor suerte; la nieve es rara en latitudes tropicales. Se ha convertido en un festín de matuteros vendiendo trinquetes la mayoría de China, que ni es cristiana. Es fuente de ansias para progenitores, ante críos que parecen polluelos insaciables con la boca abierta en procura de gusanillos que les traerán. Jesús era de piel olivácea y no de blancura europea y sin los ojos celestes con que le caracterizan en el celuloide o en los afiches: de turbante quizá parecería un activista del radicalismo islámico.

Vayamos por partes. ¿Nació Jesús el 25 de diciembre? La fecha actual se fijó coincidiendo con estaciones en el año agrícola boreal, es decir, otra vez el maldito etnocentrismo europeo. Los teólogos coinciden en una fecha entre el 6 y 4 antes de la Era Común, cuando se empiezan a contar los 2018 años actuales. Eso haría a Jesús decembrino temprano, es cierto, haciéndome el honor de acercarse a mi fecha de nacimiento. Por favor, no me “chipen” pidiéndome equivalencias a los 5000 y pico del año aimara, que no son de mi parroquia.

¿Qué cuernos tenemos que ver con coníferas cargadas de nieve fresca? Menos mal que no se toma en cuenta la nieve sucia, el “slush” blanquinegro de tanto transeúnte en ciudades contaminadas. ¡Si hay que adornar un arbolito en contribución al espíritu festivo, que sea de una especie nativa! Antes se hacían los adornos en casa: no habían incendios por algún corte eléctrico. Hoy son manufacturas de afuera, para lucro de comerciantes que parecen haber parcelado su capital en función de fiestas. Los gobiernos aplacan a los mercaderes dándoles zonas citadinas enteras, un progreso de tiempos en que se sentaban donde les daba la gana. ¿Qué hacer con la ansiedad de comprar regalos, en época en que ni el doble aguinaldo alcanza?

El imaginario que comercio y medios promueven es un Jesús gringo de ojos claros. Pamplinas. Es tan sesgado por el racismo, como reverenciar virgen a su madre aun sabiendo que Jesús quizá no era su primogénito y tenía muchos hermanos. ¿No desmerece eso al más sublime de los sacrificios: la maternidad? En tiempos de “pecadillos” de predicadores y curas pederastas, bajo la alfombra se barre la posibilidad de que Jesús tuviese pareja: ¿acaso no es de origen divino la unión de personas que se aman?

La Navidad es un momento anual para recordar. Recuerdo a una de mis hijas que no quería ser guardia herodiano en una recreación del nacimiento de Jesús en nuestra parroquia; la madre tuvo que gestionar para que fuera ángel como la hermana. Pero la más feliz recolección es ver a los niños desgarrar el papel de regalo y abrazar a familiares de visita navideña: eso es amor.

Juan el Bautista instaba al arrepentimiento; el bautizo con agua era un símbolo de renovarse. Y hay mucho que deplorar y arrepentirse en cada año que pasa. Los pobres con críos pidiendo ropita; largas filas de niños añorando algún regalo en alguna iglesia; miserables cuyo banquete navideño será un revoltijo de fideo o arroz y pedacitos de carne por ahí; comunarios potosinos o ayoreos de selva talada que fluyen a la ciudad. En el trópico, miles de quemas competirán con las estrellas. Seguirán derritiéndose los glaciares y subirá el nivel del mar; probarán alguna ‘madre de todas las bombas’ matando o mutilando inocentes, mientras los proveedores de armas repletan sus billeteras con la mortal zafra y el bello planeta azul, nuestra casa, se deteriora cada vez más.

¿Es realmente la Navidad una “noche de paz, noche de amor”, como dice la canción? Ojala cundiera el espíritu navideño que realza el principio básico del cristianismo: haz a tu prójimo como desearas que te hagan a ti. Pero me late que pasado el 25 de diciembre muchos estarán atentos con el ojo (y el oído) a bromas de inocentadas; otros cavilarán sobre el vestido nuevo con que su pareja brillará en la noche larga de trago, comida gurmé en la madrugada y fricasé al amanecer, de la víspera de Año Nuevo.

Deberíamos cavilar sobre la desigualdad social, esa que utilizan los politiqueros para denostar algún paro de galenos y personal mal pagados, en hospitales ruinosos y suministros deficientes para la salud pública, mientras alguna cínica lamenta el daño a la población, tal vez al alistarse para el baile de gala en palacio de veintitantos pisos y millones de dólares dispendiados.

¡Felices Fiestas para todos!

Winston Estremadoiro

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