Opinión

2 de julio de 2021 16:09

Sobre el prejuicio racial boliviano

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El 2 de agosto cumpliré 20 años de tamborilear mi sonsonete de más de dos millares de notas que quizá nadie lee. No esperaré ganar un Wimbledon porque no tengo las albas tenidas de rigor, mi raqueta está un poco deslucida y han desaparecido los padrinos. Debo completar el comentario sobre la variante del prejuicio boliviano, otro paralelo con el racismo estadounidense. Es un aspecto que hermana a un mastodonte con una hormiga, aunque los bolivianos seamos necios en reconocer nuestra minucia.

Puede ser que la Guerra Civil fue un inicio del despegue de Estados Unidos como potencia mundial, que aporrear a la vieja España fue un tentempié que escamoteó un imperio colonial de Madrid, después de que Washington robara la mitad de su territorio a México. La Guerra Civil estadounidense con el objetivo loable de liberar a esclavos, dejó precisamente esa asignatura pendiente, como brasas que no terminan en cenizas muertas: continuó el racismo racionalizador de su explotación de los antiguos esclavos por el color de su piel.

Poco pesó la miscigenación forzada de los afroamericanos, su contribución a la cultura musical y literaria de un país en pos de su identidad nacional y su aporte en las contiendas mundiales. El racismo fue el ascua que originó el incendio que aqueja a Estados Unidos. El fuego cundió apenas un reaccionario tomó el poder, enardeció a sus retrógrados seguidores con proclamas demagógicas e intentó subvertir la base de su democracia, asi fuera teórica, con la asonada del 6 de Enero de 2021.

Comparar a los dos países es como contrastar un tiranosaurio con una pulga. Sin embargo, la sangría de la Guerra Civil estadounidense, así ocurriera a mediados del siglo 19, tiene parecido con la renuencia de los triunfantes conquistadores españoles a continuar privilegios de nobles indígenas e invitarles al banquete de los explotados, allá por los dos siglos anteriores. Porque el desdén europeo con los nobles del Imperio Inca les amontonó con los infortunados que sufrieron la explotación colonial y formaron una sola categoría racial que justificó los abusos hispanos. En tal vez un aventurado contraste, si la Constitución de las trece colonias anglosajonas se redactó con una verdad a medias –todos los hombres son iguales--, en Hispanoamérica se impuso el “obedezco, pero no cumplo” de los encomenderos sobre las leyes de la realeza madrileña más favorable al trato a los indígenas. El resultado es parecido: una borra racista subyace las relaciones entre negros y blancos que afloró en los momentos tempestuosos actuales en Estados Unidos, y ha perpetuado un divisivo prejuicio racial entre “indioides” y “blancoides” en Bolivia.

Ni intentaré detallar la historia de las relaciones interraciales en Bolivia, salvo tantear algunos hitos. La nación nació con el borrón teórico falso del fin de la esclavitud, algo que negaba la venta en Cochabamba, en septiembre 1825, de una esclava por un Estremadoiro que quizá era mi ancestro. Sea lo que fuere, continuó la explotación de los indígenas como carne de cañón o como enganchados a la mita que extraía plata de Potosí, y de otros socavones, en la era republicana.

La reversión melgarejista de las tierras indígenas maduró hasta que, a guisa de una guerra civil, La Paz asumió una capitalía de facto de la república a costa de Sucre. Dicen que marco el fin de la hegemonía de la plata en favor del estaño, que pasó a dominar la política minera del país. De todas formas, Chuquiago se benefició con el nexo ferrocarrilero del puerto antes peruano de Arica, y magnates sureños con trenes de Antofagasta a sus minas. Los indígenas, la mayoría Aymaras del entorno altiplánico, ganaron al reafirmar el virtual cautiverio de la hoyada paceña, que venían peleando en corcoveos insurreccionales desde la década de 1700.

Lo curioso es que La Paz, cuyos representantes en la Asamblea Constituyente fundacional habían votado por continuar ligados al Perú, desarrolló un centralismo que hasta hoy es una de las taras del prejuicio racial boliviano. Salvo algunas migajas para los hacendados despojadores de los indígenas, Bolivia continuó aislada de la mayor parte de su heredad, aun después de la pérdida de las selvas amazónicas (no ‘mattogrossas’ por supuesto); el territorio del Acre, y la posterior derrota en el Chaco, donde Paraguay lavó el abuso de la Guerra de la Triple Alianza. 

El estúpido afán de imponer un origen ‘aymara’ de la ‘bolivianidad’ para no ser ‘incaicos’, al variopinto conjunto de etnias nacionales, aisló aún más lo que restaba del territorio después de los mordiscos de países vecinos. El occidente se ‘estereotipificó’ como “colla”, mientras el oriente y el norte del pais, asumió una identidad ‘camba’, categorías que tienen más de regionalistas que de racistas. Hoy el aumento de la escasa población, o la opulencia de riquezas naturales descubiertas están revelando nuevas variantes de la identificación regionalista local: chaqueños, yungueños, etc.

La cuestión es si requerirá una segunda guerra civil en Estados Unidos, y si el prejuicio racial boliviano se agudizará a extremos que revienten en algo más que el vaivén retrógrado actual de su politiquería.

Winston Estremadoiro

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