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Opinión

14 de febrero de 2020 15:44

Se fueron


La noche anterior unos salvadores de la patria con humeante café por delante, comentaban la salida de Evo Morales de su asilo argentino en vuelo comercial a Cuba, dizque a una revisión médica. El Departamento de Estado yanqui puso la disyuntiva al gobernante populista de Argentina: o lo expulsas o no damos curso al salvavidas económico del Fondo Monetario Internacional (FMI), decía uno; retrucaba un segundo que Evo Morales y su pelele presidencial tenían cáncer y requerían periódicos chequeos: la treta politiquera era que enfermase el eventual nuevo mandamás, le sucediese su Vice “originario”, y gobernaría el jefazo detrás de bastidores. La mayoría mostraba sorpresa, hasta que alguien aventuró que parecían tener miedo del asilado renunciante.
           
Remató otro sugiriendo que daba pena la diáspora de una oposición cada vez más desunida. La valiente beniana mostró la hilacha al lanzarse al ruedo y, para colmo de males, nominó de Vice a uno tan carismático como una bolsa de cemento. Intervino otro que apuntó que todos los opositores tenían cola de paja: a uno le sacarían talegazos para salvar sus inversiones; a otro le enrostrarían la grabación de su compinche y su posterior “abuenada” después de ensuciar sus pañales; ¿por qué no se quedó de representante internacional uno, porque acaso en el país la erudición es apreciada?, sugirió otro. Sobre los siguientes candidatos ni valía la pena conjeturar, porque quizá buscaban redondear sus hojas de vida, sugirió el último.

A mi parecer, revivían la historieta de Pipo de dos ociosos al trio de padre, hijo y asno: censuraron cuando el viejo y el escuincle caminaban al lado del burro; despotricaron cuando el viejo monto el pollino; reprocharon porque el anciano cedió el borrico al niño; que inhumanos eran cuando padre e hijo montaron al rucio; finalmente les tildaron de imbéciles cuando padre e hijo optaron por cargar el asno.
           
Yo estaba sombrío.

Mi tío Ambrosio García Rivera también se había ido, ojala que a un Varadero de ninfas celestiales.

Deseaba marcharme y deambular por alguna plaza con ojos ensombrecidos de niebla. Aunque lejano su beniano Reyes de la llajta valluna que me cobija; su recuerdo me acosaba.

Imaginaba que me miraba socarronamente desde una foto en la que apadrinó mi salto al vacío y fue testigo de mi desgracia.

Tal vez ahora le acompañaba mi amigo Salvador Romero Pittari, también presente cuando desposé a mi compañera de más de cuarenta años.

O quizá era sus “Saudades Tuyas”, libro de poemas que atesoraba hasta que algún vivillo prestó y no devolvió a mi biblioteca.

O tal vez era “No Volveré a Querer”, la historia de Los Taitas del Beni, que una amiga querida me hiciera llegar, con el título de una hermosa canción en la que puso la letra a la música de su amigo Rogers Becerra Casanovas: achaco a un travieso duende la misteriosa desaparición del cedé de sus melodías.

O cuando compartía mejunjes energéticos en la Embajada boliviana en México y apareció una deslumbrante alojada, que mi malicia imaginó como para mí. No fue ni pa’ él, ni pa’ mí, conocí a su novia esa noche.     

Le visitó mi hermano militar, cuando en su lecho postrer, postrado por una caída con fractura de huesos en su pierna de caminante, los galenos no aconsejaron intervenirla porque era demasiado viejo.

Le acompañaban otro tío y una multitud de sobrinos. ¿Gozó de la fiesta reyesana?, pregunté. No, ya estaba muy anciano, me contestaron. No sé, mi hermano navegante no me avisó.

Se me ocurrió hurgar su Obra Poética y olvidar su poema “Tengo 21 años  y me siento viejo”, optando por el más apropiado “Empiezo a Marcharme”:

“Me voy diciéndoles adiós a mis amigos
Y pidiendo perdón por el bien que no hice
Y por el que hice también”
           
Míralo por el lado amable, dice la sabiduría popular, Ambrosio García Rivera no bregaba con ninguna carabina; no era ningún necio tratando de escoger entre las alternativas que se vislumbran en el horizonte político, y politiquero, boliviano. Pero le extrañaré. Y cautivo de las dos caras de la sardonia, lamentaré que no haya algún payaso candidateando, como el brasileño Tiririca. Yo optaría por el bufón. ¿O será que todos los aspirantes le quedan chicos a los “pagliacci” de Ruggero Leoncavallo?

Winston Estremadoiro

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