Opinión

19 de junio de 2020 16:00

Protocolos, rodilla al coto y Coronavirus


Era cumpleaños de mi hija. La otrora nutrida fiesta se redujo a consuegros, nosotros y su familia: la pareja y dos nietos con que nos han bendecido. Luego de meses veía a los padres de mi yerno. Di un sonoro beso en la mejilla a mi guapa consuegra, aunque su consorte, quizá celoso de mi efusión, puso el codo a modo de saludo en tiempos del Coronavirus. Me llevó a cavilar cuantas cosas han cambiado desde que el Covid-19 impone nuevos protocolos sociales.

Adiós a estrechar manos. A las “empanaditas” de enamorados. ¿Qué pasará con las comparsas de carnaval, si ni siquiera puedes enlazar brazos con tu pareja? Apenas resbalábamos a ósculos con que hombres y mujeres se saludan en Buenos Aires, y de vuelta a las escandinavas inclinaciones de cabeza de Estocolmo. Ni hablar de tres besos en las mejillas de beduinos. ¿Cómo conciliarán bailar pegados de “apechugues” con la distancia social recomendada?

Quizá son más las preguntas que las respuestas en la nueva realidad que se avecina. Es difícil escrudiñar situaciones sociales con el confinamiento impuesto por el “quédate en casa”. Peor aún si se es del grupo de riesgo por la edad; aparte del bochorno que debe ser escuchar mozuelas comentar sobre efusivos vejetes “rabo verde”, cuando no algún atrevido “viejo e’ mierda”.

Migré a la brutalidad con que policías “blancos” asfixiaron con la rodilla al coto a George Floyd, un negro que tal vez exhaló su último suspiro con el emblemático “no puedo respirar”. ¿Qué intención aviesa pudo motivar a policías “blancos” de matar un joven negro por caminar en una desierta calle sin aceras? Al tsunami mundial de protestas sobrevino una oleada condonando rodillas asfixiantes; gatillos flojos reminiscentes de revólver al cinto del oeste estadounidense; políticos como veletas que un rato rasgan vestiduras y en otro momento tapujan abusos policiales; un Presidente ególatra que pretende solucionar el problema con medidas aguadas.   

Oculta una cuestión de fondo: EE.UU es un país racista.

Ni siquiera es cosa de ideología falaz de superioridad de una “raza” sobre otra. ¿Acaso no han sepultado los prejuicios sobre “wops” italianos, “polaks” tontos, y “kikes” narigones, entre otros? Es cosa de pigmentación de la piel. El aporte africano a la cultura estadounidense no se reconoce en cuenta ni siquiera después de sangrar sus campos en una guerra civil fratricida. Ni afroamericanos blancones con una astillita de negro se libran de ser segregados como tales, especialmente en el Sur estadounidense.

Juega un papel importante el nivel de educación. De por sí la política migratoria de EE.UU esta sesgada a favor de una nutrida cuenta bancaria, mejor si en un banco gringo, en dólares. ¿Conoces algún amigo ricachón negado de ingreso a Miami? Los latinoamericanos son catalogados de “latinos”, a menos que tengan dinero y rasgos “blancoides”. En el pasado quedó el idealismo estadounidense plasmado en su Cuerpo de Paz. Hoy más que mejorar a los “nativos”, es medio educativo de conocer a gentes de otras partes del mundo, además de proveer “expertos” a su Departamento de Estado.

El iluso “sueño americano” ha sido tan exitoso que originó la migración masiva de “ilegales”. Llega al proyecto actual de un prejuicioso presidente de construir un muro en la frontera con el país vecino allende el río Grande. Sin embargo, ¿qué sería de supermercados gringos sin frutas y hortalizas cosechadas por braceros mexicanos?

El “self-made man” que hacía de todo, se ha tornado en obeso y armado guardián en hogares  estadounidenses con baratos jardineros hondureños y sirvientas peruanas. Los ilegales prefieren un gueto en Arlington o el este de Los Ángeles. Sociólogos indagan ponencias que nadie lee, con razones para tal urgencia, a veces soportando vejámenes de “coyotes”: falta de empleo, desigualdad social, ignorancia.

Entonces llegó el Covid-19. Sus contagios menudean en las ciudades, cuya infraestructura es colmatada. Los migrantes no tienen dinero, ni visas, ni nada y las víboras pican a los descalzos. Si antes habían migrado a las capitales, algunos otean a sus lugares de origen donde la solidaridad es genuina. Siempre habrá una papa que cosechar, una zanahoria para mondar, un puñado de chuño o “chivé” que pelear con los ratones. Mejor todavía, sin la “migra” soplándote la nuca.

¿Cómo andamos en Bolivia? La gente pobre no tiene agua ni jabón para lavarse las manos, plata para renovar barbijos; los hospitales no tienen insumos médicos, pero el país tiene satélites y museo en Orinoca. La plaga es una forma de eutanasia para los pobres y los ancianos. El “no hago caso” reemplaza al “quédate en casa”. ¿Y los políticos? Bien gracias, preocupados con las elecciones. ¡Viva la muerte!

Winston Estremadoiro

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