Opinión

13 de agosto de 2021 16:30

Los incendios forestales y el cambio climático

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La otra noche miraba un documental sobre la catástrofe climática en Australia. No eran tanto los miles de kilómetros de florestas de árboles pintados de negro y sin hojas, ni los pajaritos multicolores que otrora fueron dinosaurios sin cobijo arbóreo para armar sus nidos. Me atraían unos heroicos jóvenes, hombres y mujeres, que caminaban entre los despojos buscando sobrevivientes. Recogían ornitorrincos solitarios y Demonios de Tasmania malheridos, que curaban, recuperaban y devolvían a lo que quedaba de los montes incinerados, para iniciar su repoblación.

Para mí, sus poco reconocidos esfuerzos son loables. Quizá equivalen a médicos, enfermeras y personal de apoyo, en hospitales colmados de sufrientes del Covid-19: héroes poco reconocidos de la pandemia mundial del Coronavirus. Y de la causa, insisto, que la origina: el maltrato humano al Planeta Tierra que lo tiene al borde de la extinción, salvo para tres o cuatro millonarios que podrán pagar el pasaje a la Luna, o a Marte, tal vez para morir allí de nostalgia.

Antes de que me tilden de agorero, tomen en cuenta que el cambio climático es un fenómeno cíclico que ocurre cada cierto número de años. El calentamiento global que esta vez le acompaña, cual siniestra pareja, es creación humana a la que podríamos achacar desde la inopia del campesino empeñado en deforestar selvas tumbando y quemando (quizá para sembrar coca), a la ambición del vil dinero del inversionista interesado en plantar palma aceitera para otra crema contra las arrugas.

Ambos atropellos humanos generan gases nocivos que calientan el planeta. Les debemos lluvias torrenciales, ríos desbordados y urbes inundadas. Las temperaturas infernales, sequias inclementes y glaciares desaparecidos se aparean con las emisiones de humo de montes talados, el escape de autos usados, las chimeneas de fábricas obsoletas. Las multinacionales de combustibles fósiles se empeñan en perforar campos petroleros exhaustos; los grandes de los vehículos contaminadores ordeñan hasta el último chorrito de la teta del lucro, y los matuteros de autos usados presionan para la ‘últimita’ liberación de impuestos.

Tal vez la tragedia ambiental en Australia no es conocida por bomberos en Canadá; en Grecia, la Unión Europea quizá espera que el fuego llegue al Partenón. La historia tiene dosis de ironía, porque el heroísmo de ‘aussies’ en Gallipoli se repetirá en turcos valientes armados de baldes enfriando la catedral de Santa Sofía, hoy repleta de alfombritas islamistas en vez de reclinatorios cristianos. ¿Cuánto de la inmensa floresta de Siberia? ¿Acelerarán trocar huesos en tierra negra en Verdún? 

Las noticias trastabillarán en relatos de fuegos en Uzbekistán; censurarán a los pirómanos en Kansas. No había sido la canción conocida como himno del esclavista sur estadounidense el gigantesco incendio en California. ¡Arde y llueve a la vez en Turquía (en lugares distintos, por favor) en Turquía! ¿Quién repondrá los olivares en la pobretona Albania? Los fuegos en Argelia habían tenido su equivalente mayor en los sedientos y hambrientos habitantes del Sahel africano. 

Ignoran que hay incendios en la Chiquitania boliviana, en San Matías y Roboré. Hasta las aguas de Chochís no alcanzarán, aunque predigo que la solución tecnológica de sembrar arboles mediante drones llegará primero a mutilaciones taladas en la Amazonia, sin obstaculizar el flujo de madera aserrada para tablas de surfeo en Santos. ¿A quién le importa si arde monte y se achicharran monos en la Reserva Natural de Otuquis?

No toda la fogata mundial es atribuible al cambio climático. Que el planeta haya superado el grado y medio de fiebre tiene mucho que ver con el dióxido de carbono (CO2), gas venenoso por incendios de selva, escape de autos viejos rogando por un cambio de aceite, altas chimeneas exhalando humos a la atmosfera, las exhalaciones y pedorreras de 7,000 millones de gentes. Al calentamiento global se deben cubiertas desaparecidas de hielos milenarios en los polos y Groenlandia, que a su vez aumentan el nivel de los océanos que inundan playas veraniegas y ciudades portuarias. ¿Para qué recuperar el mar si el ‘puerto seco’ de Oruro estará cerca de playas en que ‘damas de pollera’ remojaran sus callos?: ¡más bien aprendan a nadar sin tanta pollera que mojada es más pesada! 

Ocurrencias aparte, quizá el calentamiento global es ensayo de una catástrofe mundial, junto con las cochinadas plásticas desechadas en mares y ríos. Menos mal que la ambulancia aérea que traslado al ‘enfermito’ Evo era para un catarrito de mocos, porque no podrán enfrentar a los veloces aviones vecinos. No son de mis pasturas llaneras, pero me preocupan los elefantes. Beben casi 100 litros de agua al día y secos los ríos y aguadas, ¡quizá se les dé por tomar cerveza!     

Winston Estremadoiro

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