Opinión

14 de agosto de 2020 13:53

Los extremos se juntan


Si preguntaran, ¿quién ganará las elecciones?, marearía la perdiz retrucando, ¿cuál, la de noviembre o de sabe Dios cuándo? En EE.UU, aun con diferencias que favorecen a candidatos rivales ante sus desvaríos megalómanos, quizá bastaría con la “pepa” publicitaria de una vacuna contra el Coronavirus para revertir votos. Si indagaran, ¿quién llegará primero a la meta de producir la vacuna contra el Covid-19?, no sabría qué yegua o potrillo ganaría “por una cabeza” (que es un tango “burrero” de Gardel y Le Pera, no el europeizado aire “made in Hollywood”, que hoy no podrían bailar por la “distancia social”, o por la eventual sindicación de acoso sexual de alguna fea).

En la circular mándala de la vida, cavilé que los extremos se juntan. Sin entrar en sesudas peroraciones, los populistas son un ejemplo. El egocéntrico presidente de la nación más poderosa del planeta, y los seguidores del mandamás de una de las más pobres son ejemplo de ello. La pandemia del Covid-19 se encargó del asunto. Ambos megalómanos tenían, y tienen, un rasgo común: el prorroguismo en el poder.

Se exhibió en la miopía del primer demagogo al minimizar un virus mortal que algún cipayo describiera como “una gripita”, hasta que los infectados coparon hospitales y equipos; los decesos colmataron morgues y crematorios. Desoyendo medidas preventivas basadas en amarga experiencia de otros países, y consejos de sus científicos, el narcisista abusó de su poder para ejercer de brujo de recetas curiosas y dañinas.

Claro, con teatral mohín podía fruncir la “boquita de cereza” culpando a conflictos de poder entre esferas de gobierno; o posar con una Biblia al frente de una iglesia mostrando una fe religiosa inexistente, mientras uniformados aporreaban multitudes cansadas de racista violencia policial. Mientras tanto, casi cinco millones de contagios, más de 160.000 cadáveres atribuibles a la plaga. Se pronostican 300.000 muertes de regalo navideño. Hasta sus maestros rehúsan volver a las aulas.

Pareciera que en su democracia imperfecta pesa más en la balanza psicológica de la gente, que la guerra mundial desatada por el Covid-19. Esperanzadoras señales de atenuar enconos racistas y solucionar trabas socioeconómicas, siguen anuladas en una sociedad doblegada por el poder de los medios de comunicación. ¿Bastará la propaganda sobre una vacuna contra el Coronavirus? 

El empoderamiento del segundo demagogo coincidió con un inédito aumento de ingresos nacionales debido a altos precios de materias primas minerales y energéticas. En casi 14 años de régimen arbitrario, alegando un mentiroso y corrupto “proceso de cambio” malgastó en canchitas de futbol en vez de equipos sanitarios y hospitales. Alardeó de rasgos culturales machistas y étnicamente híbridos, con concubinas indígenas, mestizas y “blancoides”, tal vez pagadas en exceso con dineros del pueblo. Siguiendo espejismos de impostores que pretendían alcanzar a Suiza en 4 lustros. Invirtió, quizá con coimas de por medio, en proyectos faraónicos, sobrevaluados, inconclusos o defectuosos.

A la fecha, las huestes del escapista de octubre, hoy exiliado en lujosa mansión de Buenos Aires, juegan ojala que a una postrer carta en el póquer boliviano. Apelan a un sedicioso bloqueo con miras tal vez a la asfixia de las urbes. ¡Que se jodan transportistas varados y dolientes asfixiados por falta de oxígeno! Inexistentes son los militares, quizá aún anestesiados por talegazos o diezmados por el Coronavirus. ¿Quién hace caso de los policías?

¡Qué va! Las carnes se producen en el oriente; pollos y huevos en granjas avícolas vallunas; las hortalizas y verduras en valles mesodérmicos cruceños; la papa, los tubérculos y granos andinos requieren campesinos pobres para sembrar, aporcar y cosechar. Solo queda bloquear sembrando de piedras las carreteras. La solución se dió en el bloqueo de Berlín de 1948-49, pero hace falta voluntad política, que es un bien escaso en el actual gobierno. Quizá por la ambivalencia del poder de los militares, o por la incapacidad para sentar autoridad gubernamental en republiquetas cocaleras y contrabandistas, ni han desmantelado el aparato político del anterior régimen.

Mientras tanto, en una democracia demagógica vale más la manipulación de las masas en Bolivia. No ponen el cascabel al gato bloqueador, que negocia fechas prorrogadas como si los días definieran sus ¡ahora nos toca otra vez!, quizá para volver a sus fechorías. Basta la mano pedigüeña y a esperar las vacunas, aunque sea la Sputnik V rusa (¡qué sopapo!), o una inglesa de 3 a 4 Euros por dosis. A los protagonistas políticos del país parece mover la ambición en vez del interés patrio. ¿O será que en las espaldas bolivianas se pueden sembrar nabos?

Winston Estremadoiro

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