Opinión

4 de octubre de 2019 18:04

Gobernar es poblar, estilo masista


La colonia “Juan Evo” y otros asentamientos ilegales en áreas protegidas de Bolivia me dieron contra el suelo de la dura realidad: entre los políticos abundan los “chupa-tetillas” hasta en Santa Cruz y en la Chiquitania en llamas. Ni modo de explicar que ni el apellido del “Jefazo” es “originario”, del algún cacicazgo aimara, imperio quechua o tribu guaraní, o alguna otra montonera de “nacionalidades” en que balcanizaron el país. Hasta hay hinchadas: la “barra brava” del que conozco desde que se llamaba San José de la Banda se vendió a un prorroguista presidencial. Menos mal que el nuevo aeropuerto de Riberalta no lleva el nombre del “Jefazo”.

Mi alusión a la intención geopolítica masista de poblar Bolivia espolvoreando aimaras por aquí y por allá, trajo a la mente el dicho del argentino Juan Bautista Alberdi, que Domingo Faustino Sarmiento hiciera lema de su Presidencia: gobernar es poblar (y educar, decía). Ambos fueron Unitarios en una Argentina que era ignorante, pero peleaba con Federales por la primacía de una ciudad sobre su territorio. Nuestro país se debatía en la noche negra de un siglo 19 de caudillos militares que regían sobre la grupa de un caballo, y de civiles que eran honestos o visionarios en país invertebrado que era también ignaro.

Resisto el proyecto geopolítico del Gobierno del supuesto “proceso de cambio”: hacer de Bolivia un país aimara. Empezó con una política divisionista, entre “blancoides” y “originarios”. Como hay pollera o tipoy ocultas en el closet de ancestros de familias que presumen de “blancos”, ninguno de los extremos de la dicotomía era veraz. Los resultados del estudio del genoma humano se encargaron de ridiculizar esas presunciones. Picaba lo de “originario”. De un plumazo hacia oriundos de alguna indiscreción del Espíritu Santo a todo un sector de la población boliviana. La intención politiquera del Gobierno se adivinaba al acarrear “originarios” para que voten en Pando. Se ratificó en recientes asentamientos ilegales, empezando por el infame Polígono 7 en el Territorio Indígena y Parque Nacional “Isiboro-Sécure” (no me canso de decirlo: Tipnis) que inicio la seguidilla de atropellos en otras reservas protegidas del cínico “cuidador” de la Pachamama. El “gobierno del cambio” es bueno para dividir, y restar, pero no sabe sumar y multiplicar: Bolivia es un país mayoritariamente mestizo, variedad boliviana.

Un reciente estudio de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN), documenta que casi 60% de las viviendas deshabitadas en el país están en el altiplano. Me adhiero a sus conclusiones, aunque trastabillo con el uso de medidores de consumo eléctrico como indicador estadístico. Es una “migración incompleta”, dicen, porque migran a una región distinta a la que son oriundos, pero “regresan a esta con una frecuencia de hasta 10 ocasiones a lo largo del año”. O sea, están, pero no son.
           
Coincide con la intención política, ¿o electoralista?, de que 90% de las dotaciones agrarias en nuevos tierras entre 2006 y 2016, fueron para la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csuctb), y la Confederación de Interculturales de Bolivia. Tanta generosidad subraya la falsa y demagoga gestión presidencial del “protector de la Pachamama”, aparte del gustillo por largos apelativos sindicales, quizá copia de nombres de comparsas carnavalescas: “Alegres Morenos Originarios Danzantes de Poto-Poto”, o algo así.

Sea como fuera, los indígenas “del Oriente” recibieron solo un 4% de las tierras, pregonaba el titular, mientras que la Csuctb (75%), 12% los “interculturales” (novedosa categoría inventada quizá por algún sociólogo impostor),  y el resto, la comunidad Patujú (que tal vez es “patuevo”). Con el flanco expuesto de normas y políticas estatales que favorecen la “dotación” a la nueva plaga nacional de langostas y piromaniaticos leales al régimen. Quedan los parques y reservas nacionales. No les auguro mucho futuro: fíjense lo que ha pasado en el Tipnis y en la Chiquitania.

Peor aún, mienten: “el altiplano no es apropiado para procesos industriales”. Es una venia a la soya, y a oligarcas aliados del prorroguista Evo. Los tubérculos, raíces, granos y frutales andinos pueden tener escala industrial. ¿No tiene el haba mercado en Japón y el Asia? La quinua no conserva ni el nombre boliviano: la producirá medio mundo. ¿Y las clases de papa, el amaranto o kiwicha, la oca, el “ulluco”, la maca; así fueran oriundas de otros lares, como la chía? En el auge de alimentos “orgánicos”, si les diera la gana o el seso, con tecnología cada vez más barata de invernaderos el altiplano podría producir de todo. ¿Qué tal carne de auquénidos sin colesterol? Son opciones a dar vía libre a las langostas altiplánicas en el oriente.         
             
¿Será que en las espaldas bolivianas se pueden sembrar nabos?

Winston Estremadoiro

Opinión

Noticias