Opinión

18 de diciembre de 2020 16:31

Escenarios posibles en Trumplandia


Hace meses una notable periodista gringa entrevistada por la bella Amanpour, concluyó con enigmático “no entiendo a los Estados Unidos”. Resultó ser un virus contagioso, que si no mata, te sume en cavilación depresiva a los que, como yo, conocimos la hospitalidad, generosidad y bondad que caracterizaba a su gente. ¿Es el mismo país?, me preguntaba la otra noche, aburrido de cronistas que entrevistan a otros lamentosos sobre el mismo tema: rasgarse las vestiduras ante la última barrabasada de Trump, presidente perdidoso en las elecciones pasadas que se aferra tercamente a sus últimos días. Todos sus pataleos legales han sido rebatidos. Faltaba nomas que el volcán Vesubio de su Corte Electoral, que allí se llama Colegio Electoral, vomitara lava ardiente certificando lo obvio e inevitable: que Joseph Biden le dio paliza en las elecciones de 2020.

No sería cosa nueva. Ya en la mitad de 2018, nada menos que en una carta abierta en el Washington Post, William McRaven, el almirante que presidió la operación militar que asesinó a Osama bin Laden, acusaba que Trump “había avergonzado al país a los ojos de sus hijos, los había humillado en el escenario mundial, y lo peor de todo, había dividido a la nación”. Puntualizaba Bob Woodward en “Rage”, su lapidario retrato del narcisista, McRaven no era cualquier papanatas: era un militar de nota, un guerrero letrado autor de un bestseller, entonces todo un personaje director de la Universidad de Texas. Trump retrucó tildándolo con un ridículo “es un hincha de Hillary Clinton”.

El Presidente oleado y sacramentado, Joe Biden, había optado por una estrategia de apaciguar, que poco le sirvió a Chamberlain para evitar tarascones de un perro rabioso nazi nacido en Austria. Trump persiste en pose de niño malcriado. Hasta cavilé que el narcisista presentaría la comparsa “Los Empacaos” para el Carnaval de Santa Cruz, Melania de reina con “meneo” de carnavalito esloveno, y su corte de embadurnados convictos, familiares con tufillo delictivo: sus “perdonados” por el mismo con pose de emperador romano. Se habían encerrado en la Casa Blanca como si fuera el bunker de Hitler, en vez de abandonar sus aposentos y fuesen a jugar golf.
No habrá biblioteca de sus logros. Un listado de sus “tuits” megalómanos no compensara decenas de tomos lamentando sus picardías. El Presidente electo Joe Biden abandono sus palabras conciliadoras y pareció adoptar un tono más agresivo. Hasta el “agripado” Jair Bolsonaro reconoció su victoria. Sus resentidos oponentes se refugiaron en una supuesta causal de revertir el resultado del voto un próximo 6 de enero de 2021; me recordaron al rubio Custer y la única victoria que lograron los Pieles Rojas en Little Big Horn. 

Pesimista, fantaseo que, por un lado, Trump está “comprando” tiempo hasta que le hurguen sus delitos impositivos, a la vez que solidifica el dominio de su partido; por otro, en país plagado por armas hogareñas, sus partidarios del Klu Klux Klan e ignorantes de los “proud boys” (“white only”, siendo de verdad rosados), están limpiándolas y acumulándolas. Optimista, sueño que vencerá la democracia estadounidense, aunque muchos ni se den cuenta de su racismo y del “Black Lives Matter”.     

 ¿Y qué pasó con el Covid-19? Bueno, los infectados son casi 20 millones; los hospitalizados baten records, más de 12.000 a la fecha. Los decesos en Estados Unidos sobrepasan a la fecha los 305.000. Más muertos que en cualquiera de las guerras que ese país ha librado desde la II Segunda Guerra Mundial: Corea, Vietnam, Granada, Iraq, Kuwait, Afganistán (amén de algunos cohetillos). ¡Tres veces más que los bolivianos y los paraguayos caídos en la Guerra del Chaco!

Hoy la ilusión de la gente se aferra a las vacunas que por fin, pese a las curaciones y vaticinios del chamán “boquita de cereza”, han empezado a pincharse. Unas sociedades cuyo imaginario se basa en telenovelas y películas de fábricas de sueños, no toma en cuenta que una viejita londinense o un negrito californiano no dan idea de la larguísima logística que requiere vacunar los millones de estadounidenses y europeos. Ni los pases mágicos de Trump prediciendo una segura victoria en 2020 si las vacunas estaban listas, vaticinaba, ni lanzar una carrera capitalista de empresas farmacéuticas para fabricarlas le “achuntaron”.

¿Qué pasará en Bolivia? Acá tampoco prestan atención a la salud y menos aún a los científicos. Los politiqueros y politicastros adulones mandan, como en Estados Unidos, y quizá tan obtusos ambos. Total, suman 6.000 sus muertos a la fecha en su inmenso y vacío territorio, y el Estado Plurinacional apelará, como antes, a los donativos internacionales una vez los países ricos vacunen a sus ciudadanos. ¿Cuándo será? Mientras tanto, correrían rumores gobiernistas de que mascar coca es poderosa cura.

Winston Estremadoiro

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