Opinión

9 de octubre de 2020 16:40

El Hermano Damian

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Cuando llamó un condiscípulo para avisar del homenaje en vida al Hermano Damián se me agolparon tres pensamientos. Primero el ululante mosquito de ser útil en este fútil y solitario quehacer de escribidor, que ahuyenté con un manotazo de humildad; luego me acosó la envidia, si tal puedes llamar a que no fuimos nosotros, la Generación 1961, los de tan gran iniciativa. Al final me atacó la nostalgia, defecto que sufrimos los vejetes añorando tiempos buenos y malos de  estudiantes en el colegio. Se ha agravado en estos días de confinamiento y ansiedad por el virus que tiene de rodillas al mundo entero.
           
¿Qué es lo que uno recuerda del Colegio La Salle? Bueno, las gradas interminables hasta el quinto piso donde asistíamos a misa; yo me desmayé en la primera, camba flacucho y amarillento: eran tiempos de ayunar desde la noche anterior para comulgar. Alguno que otro condiscípulo evoca las filas de traviesos alumnos organizados por curso, y un cura menudo que presidia desde el primer piso. Sus clases de física que manejaba con férrea disciplina y algún cocacho por ahí a algún muchacho redomón; yo merecí uno, que todavía evoco por sacudirme el cerebro y achacarle mi propensión a divagar. Le apodamos “dinamita”, pero recuerdo su serena firmeza y la sonrisa amable con la que vadeaba entre ruidosos alumnos en algún recreo.
           
Para los 50 años de la Generación 1961, fue una estrella de nuestro agradecido homenaje. Años después el maestro había plasmado en una obra impresa su experiencia como educador de quizá revoltosos alumnos; me honró regalándome un ejemplar, que ahora no encuentro entre mis libros y no me acuerdo de la hojeada que le di, tanto abrazo por aquí, foto por allá. Los otrora traviesos, hoy nostálgicos, habíamos crecido como árboles, unos chuecos pero hermosos; otros enhiestos aguantando embates en su quehacer. Tal vez dedicamos más tiempo a reconocernos entre tantos envejecidos condiscípulos de ayer.
           
La misa en la Capilla del colegio tuvo nutrida asistencia, inclusive de compañeros que llegaron de lejos: Estados Unidos, México, Brasil, Argentina, Chile, Perú. Pocos pudieron ser arreados a la foto que plasmó la reunión, menos los que aguantaron el desfile (tal vez se acordaban de algún plantón alrededor del mástil, como tantos malcriados fueran castigados); otros ni recordaban estrofas del Himno al Colegio, y casi todos disimulaban ruidos de la huata por el asado que vendría.

En la tarde tuvimos un agasajo soleado en la quinta de un condiscípulo. Nuestro homenajeado se excusó, quizá para no censurar a los rijosos. Al bailar, exhibíamos emperifolladas consortes, pero de soslayo mirábamos otras esposas empeñadas tal vez en atizar el fuego menguante de sus maridos, porque la grama es más verde en el predio del vecino.
           
Arrinconados con esto de ser del “grupo de riesgo” en la plaga actual, los condiscípulos de la Generación 61 ya somos setentones en camino al dígito ocho. Nuestro preceptor debe estar en una edad en que quizá ni nos reconoce. Ha pasado más de una vida desde tantos momentos felices y tristones. Fuimos médicos, profesores, empresarios, banqueros, empleados, etc. Ahora el común denominador común es ser vejetes jubilados, confinados por una plaga de contornos bíblicos a una soledad tristona y nostálgica.
           
En el último tiempo se presentaba como el Hermano David del Campo Calzada, un español que prefirió las mañanas floridas, los mediodías calurosos, las tardes ventosas de octubre y las noches frías de este valle en camino a ser un desierto. Al que no se le agradecerán catedrales ni monumentos, pero que su semilla educadora germinó en los corazones de sus pupilos. Por eso, para nosotros sus alumnos del Colegio La Salle, es el Hermano Damián. Siempre lo será.

Dios lo bendiga.

Winston Estremadoiro

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