Opinión

16 de agosto de 2019 18:01

El cambio climático en Bolivia


No pasa día en que noticias no mencionen algún aspecto del cambio climático en el mundo, que la ONU define como “un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad que altera la composición de la atmósfera…” Incendios inmensos en California, Siberia, España o Grecia; desprendimientos enormes de hielos en Groenlandia y la Antártica; premoniciones de que al derretirse, subirá el nivel del mar e importantes ciudades costeras serán inundadas. Pero el cambio climático actual es causado por el hombre. 
           
Se agolpan imágenes del Sahara. Ya no tiene “ojos verdes como mares”, como compuso el colombiano Villamil en la canción “Llamarada”, sino dunas oceánicas a veces azotadas de tormentas, no de agua sino de arena. La mayoría de la gente ni sabe que según los entendidos antaño el Desierto del Sahara era boscoso, como hoy amenazan a la Amazonia con la tala de sus selvas. Ni a Trump le importa el efecto invernadero de sus energéticos y carburantes fósiles; a Bolsonaro no le quita el sueño que talen montes para sembrar soya; ¿Tendrá Evo idea del efecto del calentamiento planetario de 14°C a 33°C?

Tres entrelazamientos son necesarios para entender mejor el intríngulis del cambio climático. El “efecto invernadero” resulta de la capacidad atmosférica para absorber el calor. El apelativo se debe a la analogía de la radiación del sol a través de un vidrio o del plástico que calienta los invernaderos agrícolas. El planeta Tierra tiene un invernadero natural que posibilita la vida como la conocemos. Sin embargo, la acción humana ha agravado lo natural por las emisiones industriales, la quema de combustibles fósiles y la deforestación.

El “calentamiento global” sube el nivel de los mares. Casi la mitad de la población mundial vive cerca de la costa. Un tercio de esa población sería damnificada si los hielos polares desaparecen o se derrite Groenlandia. Hasta en Miami, sueño de tanto ricachón “latino”, se cierne el peligro de la “subida de la marea”. Casi 200 ciudades portuarias sudamericanas serian afectadas si el mar sube dos metros por el deshielo. Tanto golpearse el pecho por victorias chilenas en la Guerra del Pacifico, cuando Arica e Iquique estén inundadas.

¿Qué nos puede importar? Mar no tenemos y andinocéntrico que es Bolivia, su altiplano es menos de 14 por ciento del territorio está muy alto, dirá algún tonto. Pero los necios son los gobernantes y sus opositores, que apuestan por el peruano Ilo, que aparte de no ser nuestro, sería inundado por el aumento de nivel marino producto del calentamiento global del planeta. 
           
Comentaba con un amigo llegado de Bélgica, sobre los dramáticos flujos de temperatura que afligen al valle otrora conocido por “la clima y el Wilstermann”. No puede ser, le decía, amanecer con 1°C; almorzar con 32°C, y cenar con otro bajón. “Cochabamba es un valle en proceso de desertificación”, me dijo, “sus índices son similares a los desiertos.” Pobrecita una amada hija, madrina de arboledas estupradas por motosierras o muertas a machetazos en caseríos cada vez más invadidos de cementosos edificios. 

La “contaminación ambiental” de miles de carros contrabandeados con “perdonazo” tributario, hace almorzar con ojos rojos y añade al menú una gota de moco acuoso de rinitis alérgica. De cuando en cuando vientos huracanados tumbarán algunos árboles, para solaz de chicheros caníbales de su carne vegetal. Dicen que la contaminación ambiental de Bolivia tiene el mismo índice que el de EE.UU: la tala y quema de montes para cultivos son platos extra, junto a las emisiones de los destartalados buses, trufis y autos que colmatan las calles. Y yo que pensaba que Santiago de Chile tenía un olor peculiar en su aire: era el dióxido de carbono (CO2); extraño los glaciares de cumbres níveas; el esquí en Chacaltaya (que no conocí). Otros gases culpables del efecto invernadero son el metano (cuidado con la emisión, a veces ruidosa, de válvulas posteriores; el óxido de nitrógeno, culpable del 5 por ciento y de ataques a la capa de ozono (chau globos infantiles que causan risas); los Hidrofluorocarbonos (good bye refrigeradores); y otros gases mencionados en el Protocolo de Kioto, del que EE.UU se desafilió gracias a Donald Trump. 

Bolivia es subcampeón en vulnerabilidad de Sudamérica (puntea Guyana) y el quinto menos preparado para mitigar los daños del cambio climático, después de Venezuela, Surinam, Guayana Francesa y Guyana. Universidades estadounidenses y la ONU coinciden en que apremia el cambio climático que avanza con los gases de efecto invernadero, las deforestaciones masivas y del calentamiento global. La fragilidad boliviana se debe a sus ecosistemas diversos, la deforestación urbana y rural, y la falta de información científica. 
           
¿Será que en las espaldas bolivianas se pueden sembrar nabos?

Winston Estremadoiro

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