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Opinión

21 de abril de 2022 16:55

Día ¿o Semana? de la Tierra


Hoy, viernes 22 de abril de 2022 se celebra el Día de la Tierra. Aun no entiendo por qué la celebración se amplió a una semana. Debería ser todo el año, todos los años, como se conoce a la rotación que da el planeta alrededor del sol. No me refiero a las ventoleras de arena que nublan Bagdad o El Cairo; tampoco a la niebla londinense. Tal vez al paisaje nevado al que quizá se deben los ojos rasgados de asiáticos por antiguas glaciaciones. Quizá a las polvaredas que amontona pelotitas de moco seco en narices que no conocen pañuelos (en mis pagos se llaman “*chimas*”: hurgárselas debería ser deporte olímpico de empleados políticos supernumerarios).

Sea lo que fuere, el Día de la Tierra revela distorsión de prioridades en el mundo. Poco importan pandemias con insuficientes vacunas, o ´empresarios´ que ganan millones en contratos al Gobierno  vendiendo botellitas sucias como probetas asépticas. ¿Alguien irá a la cárcel, o será “indultado” por Trump? Las lágrimas de abuelitas por hogares destruidos o por hijos mutilados por bombas y misiles rusos en Ucrania apenas dan lástima; rinden más audiencia las que leen noticias televisivas con atuendos atrevidos. ¿Alguno se acuerda de africanos famélicos, o caravanas de ‘latinos’ en pos del ‘sueño americano’? Ya empezó la procesión de multimillonarios al espacio exterior; vendrán viajes a la Luna o a Marte si tienes millardos, mientras que a millones apenas alcanzan los quintos para una leche.

Sin embargo, el mayor desacierto no es el desnivel social y económico de gentes y naciones. Es la muerte anunciada de una hecatombe planetaria por el desperdicio y manejo suicida de recursos hechos por los humanos, a lo que hoy se suman el calentamiento global y sus acompañantes efectos mundiales. “La Tierra siente”, predican los verdes; los rojos bombardean, los amarillos aplauden, y los azules adoran el dólar, añadiría mi otro yo.

El cambio climático es el mayor desafío que encuentra la humanidad, alertan los expertos mientras delegados mundiales prueban whisky escocés en Glasgow, mientras el reciclaje de residuos humanos se ha convertido en próspera industria de países ricos. Al Plan Marshall que recuperó Europa después de la II Guerra Mundial, seguirá otro para reconstruir Ucrania. Seguirá la venta de armas a muertos de hambre para urdir nuevas insurrecciones en países paupérrimos, en vez de fondos para escuelas y hospitales.

¿Qué importa si el deshielo de mares y glaciares aumenta el nivel del mar e inunda ciudades costeras si a Bolivia le robaron la vecindad del mundo? Poco preocupa si Venecia o Ámsterdam se derriban por la humedad de mares indómitos. ¿Alguien en Valdivia, Chile, es insomne por terremotos y tsunamis en Indonesia? La erupción de volcanes en Yellowstone llenará comentarios televisivos y botellas de agua potable en Atlanta. Sequías y desertificación ya no son novedad en el Sahel africano y la falsa pampa de lagunas en Cochabamba. Pobrecillos los brasileños que construyeron casas con cimientos débiles que se derrumbaron con lluvias excesivas.

Se preveía aumento de temperatura marítima, pero no hasta cerca de cuatro grados Celsius que agobiarán especies deslumbrantes en océanos. No todo tiene que ver con el calentamiento de la Tierra. Mucha de la culpa es de nosotros, la especie humana. Desde el colono que tumba árboles para sembrar coca, hasta el ama de casa que reemplazó bolsas de tela por ñañacas plásticas. ¿Sabían cuántos siglos tardan las palmeras en crecer, y en degradarse las bolsas de plástico del supermercado? La carrera de loteadores de K’ara-k’ara y la basura humana reciclable está siendo ganada por los unos.

Hay también aspectos negativos. Reciclar sin tomar cuenta de químicos dañinos en aguas y suelos; la contaminación de mares, lagos, arroyos, selvas y praderas afecta también a los humanos. No obstante, poniendo lo positivo y lo negativo en una balanza, ésta se inclina a favor de lo positivo.

En resumen, hay un aspecto dañino en el decurso del planeta y de la especie humana: la distorsión de prioridades. ¿A qué mundo podemos aspirar si las opciones son bombas nucleares o salvar el planeta? Suena un poco a escoger entre morir de hambre o llenar la barriga de ´gorditas pellizcadas´ mexicanas, noKenia las del colombiano Botero.

El otro día miré un programa sobre Jane Goodhall, a quien conocía de libros y un film sobre su vida entre gorilas en extinción en Kenia: cazadores furtivos lucran vendiendo sus manos cercenadas para ceniceros en Europa. La científica cambió de protectora de gorilas a conservacionista de la naturaleza y hoy es exitosa conferencista. Ojala que como ella y la niña sueca Greta Thunberg fueran millones (incluyendo a una hija amada empeñada en salvar árboles, a veces con posturas equivocadas o contraproducentes).

Winston Estremadoiro