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11 de junio de 2021 10:48

Día Internacional del Medio Ambiente

728 x 90 Aniversario

Sin pena ni gloria pasó el Día Internacional del Medio Ambiente, y apuesto que lo mismo pasara con el mes festivo. Es recordatorio lacerante que evoca mares de mareas plásticas; peces y especies marinas difuntas por ingerir partículas de redes descartadas; ballenas y delfines encallados en playas ignotas y vacías. ¿Pero si ni mar tenemos?, pensé. Cavilé que no es óbice para que Bolivia sea invitada en el banquete depredador del bello planeta que Dios nos dio. So pena de ser otro escribidor deprimido por la pandemia de Covid-19, a lo menos enrostraré alguna depredación o desperdicio que hacen a nuestra patria un destacado miembro de esa cofradía mundial de asesinos.

No empezaré por la rinitis alérgica que chorrea “velas” silenciosas de moco acuoso de mi nariz, sin haber sorbido una cucharada de café mañanero, que soplo en importado pañuelito de papel, en vez del lienzo de algodón de antaño. ¿Para qué beber destilado de Coffea Arábiga, si hoy la infusión instantánea viene en envoltorios de plástico pintajarreado? Seré indulgente con la bolsa plástica que envolvió la marraqueta del desayuno. En el almuerzo, la sopa valluna que era lo que extrañaba del influjo de mi patria añorada, hoy es traída en bolsa de polietileno por un ‘delivery’ montado en motocicleta china. El sándwich de la cena vendrá en envase plástico: cruzará el desfiladero de la garganta con tragos de refresco endulzado de sabores artificiales, quizá cancerígenos, en botellas plásticas.

“Y yo que me creía el rey de todo el mundo”, canta José Alfredo Jiménez, y reemplazaría “rey” por “instruido” en patria de diplomados impostores e ignorantes “padres de la patria”. Ni siquiera tenemos autócrata obseso por el afeamiento de calles y campos con restos aéreos de plástico, que algún dictador paquistaní combatiera con castigos inmisericordes. ¡Qué derechos humanos ni que ocho cuartos!; ¡Qué pobrecillos que llegan al Congreso sin saber garabatear su nombre!

Bolivia es una tierra de contrastes. No hablo de volar de una localidad tropical a 300 m.s.n.m, a los 4.000 metros sobre el nivel del mar del aeropuerto El Alto y beber mate de coca para que no falte el aire frígido. Es una potencia mundial de biodiversidad y también puntea en los rankings de deforestación: ni promueven el espectáculo de estrellas nocturnas e incendios en tierras taladas para sembrar coca. Quieren preservar caimanes y al mismo tiempo destacan la cola de lagarto con arroz y yuca: podrían adornarla con ensalada verde, pero da flojera. En las ciudades, prefieren mamotretos de cemento de apartamentos encajonados sin jardín pero con churrasquera; a los árboles que alivianan el aire de aceras, en vez de matuteras de ñañacas chinas. ¿Qué dicen de los sábalos chaqueños aderezados con mineral de minas andinas?; ¿del agua de ríos amazónicos envenenada con mercurio para extraer oro? Los cambas comen las ‘eses”, pero es mejor que degustar las heces de gente que defeca en la calle y otras emanaciones contaminantes, del transporte público en vehículos vetustos de petacudos choferes que oponen trenes, tranvías y ‘subtes’. ¿Es tan endeble el Estado boliviano que una docena de mercachifles triunfan oponiendo multas a recipientes y productos nocivos al medio ambiente?

En nuestro país, “grandes fortunas contrastan con pobres indicadores sociales”, escribe un notable periodista, que comenta, lamentoso quizá, del derroche de altos ingresos económicos. Menciona variados “elefantes blancos”. Poco importa achacarlos a civiles o a militares; a ‘originarios’ o a ‘blancoides’. Ambos están contagiados de un virus endémico en la política, o politiquería de las naciones. Como el Coronavirus que estos días es la pandemia mundial del Covid-19, se origina en un bichito que recuerda a la que adorna la testa de los monarcas. Ataca a reinos y a repúblicas; infecta a pobres y a ricos. Mata a ministros y a pordioseros, aunque las vacunas derivaron en una pugna en la que los poderosos apalancaron su influencia: poderoso caballero es don dinero.

Bolivia es un país rico en recursos naturales y biodiversidad. También es dilapidador. Podríamos agrupar sus sandeces dilapidadoras en varias categorías. Cuando vendió su Litoral a Chile, los denarios recibidos sirvieron para un tren que dio acceso al mar a La Paz, y otros que reafirmaron la condición de protectorado de puertos ajenos para exportar piedras minerales. ¿Existe el tren Potosí-Tarija, la ferrovía Cochabamba-Santa Cruz? La venta del Acre a Brasil se dilapidó en ferrocarriles inconclusos y remedos de monumentos europeos. Ni éramos dueños de las selvas que regaló Melgarejo; ni habían títulos reales del Chaco Central que figura en los mapas enlutados de la Bolivia inicial: ¿alguien recordaba el argentino “gobernar es poblar”? Escasas bonanzas parieron elefantes blancos: fábricas “nacionales” de vidrio, papel; de pilas Rayo, que de rayos solo tenían el trueno. El sueño de Sergio Almaraz sigue ensoñación: fundir todo nuestro estaño; ¿alguien sabe de la Fundición de Plomo y Plata además de los “coroneles Karachi pampa”? Industrializar el litio, o el gas natural es tan ilusorio como malgastos son el azúcar de San Buenaventura, la sede de UNASUR, para no hablar de computadoras y del Museo “Egocéntrico” y excéntrico de Orinoca. Mientras tanto, el 88 por ciento de los trabajadores son informales. Bonanzas del precio de materias primas ni siquiera previeron la Guerra del Chaco, anunciada por refucilos desde fines del siglo 19.

Sueño con un autócrata probo que gobierne por el bien público. La raíz del mal está en la corrupción. No es exclusiva de civiles que ni entienden textos, o militares que parecen mariscales rusos sin haber ganado guerras. ¿Será que Bolivia es un país de patriotas ladrones?

Winston Estremadoiro
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