Opinión

11 de enero de 2020 08:29

Desafíos para Bolivia I

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Una de las recurrentes cantaletas en mi sesera es proyectar al futuro, telesis le llamaba el colombiano Orlando Fals Borda en la parte teórica de su “Subversión y cambio social”. Es apropiado al leer un extenso artículo sobre los desafíos que debe encarar Bolivia a partir del año 2020.

Lo positivo de Beatriz “Beby” (entre comillas, porque presumo que tal es su apodo de cariño) Ávalos Ribera es abordar el tema en sí. Lo negativo es centrar esos desafíos en Santa Cruz de la Sierra.

La autora realiza un análisis proyectivo al futuro boliviano que parte de Santa Cruz de la Sierra. Algún cruceño llega al extremo de clamar por un presidente de ese campanario, como si tal fuese una panacea que solucionaría todo. La mayoría de los problemas de la babilónica ciudad del Piraí quizá pueden extrapolarse al país entero. Pero no todos. Ni al país entero y ni siquiera a su departamento.

Importa discernir entre un gobierno transitorio con opositores rondando por ahí, y los gobiernos democráticos que pudieran provenir de elecciones limpias. Será acosado por la ingobernabilidad de paros, bloqueos y manifestaciones: alguna vez sugerí que era la forma de “golpe de Estado” que se aplicó a regímenes de antaño, inspirándome en Curzio Malaparte y su visión de esta en 1931. No es juicioso cargar al gobierno de la presidente Añez con un menú demasiado largo. Si el poder corrompe, menos todavía nombrarla como candidata para una presidencia más prolongada. Basta con que tenga la responsabilidad de devolver a Bolivia la estabilidad política, peor si es acosada por hienas que conspiran para retornar a sus pillerías.

La suspicacia y desconfianza de los bolivianos hacia su poder eleccionario es mayor en las ciudades principales; es menor en poblaciones emergentes, y casi nula en áreas rurales. En un país más poblado, tal vez no sería tan difícil escoger ciudadanos probos, cultos y justos para un tribunal electoral sin tacha. ¿La solución? Inmigración a largo plazo; aplicar leyes con dientes a corto plazo.

¿Es posible pacificar el país donde algún barrio citadino parece armado esperando a “originarios” cocaleros jurando sitiar y hambrear a ciudades? En Bolivia subsisten republiquetas: la cocalera ligada al narcotráfico en el Chapare, el Tipnis y otros parques nacionales. Para no hablar del enclaves contrabandistas en el altiplano y otros lugares. ¿La solución? Aplicar las leyes con dientes ya nomás.

La seguridad ciudadana mejoraría sino fuese risible para el delincuente. ¿La solución? ¡Castren a violadores y apliquen la “ley de fuga” a feminicidas y en corto tiempo reducirán los dramáticos índices! A pegadores de mujeres sometan a un revivido cepo colonial, donde las damnificadas se cobren agravios con ortigas. A los presos háganlos construir caminos u otras obras comunales, en lugar de encerrarles en hacinadas cárceles y llenar bolsillos de los que venden o alquilan celdas.

Cambiar el modelo puede ser receta a largo plazo para lograr la ansiada estabilidad económica, más aun sabiendo de los altibajos de exportar gas natural, y el poco rédito en vender piedras minerales que llaman “industria minera”. Para empezar, con el auge de la agricultura moderna, ¿por qué no promover carne de llama y cultivos orgánicos en invernaderos altiplánicos? Algún desierto salino en Sudáfrica se promueve y pronto quitará protagonismo al Salar de Uyuni. ¿Qué selvas y animalitos silvestres se verán en la Chiquitania? ¡Dejen de pensar en soluciones facilonas como imponer tributos a hoteleros, extorsionar a viajeros o incendiar florestas para vender tierras!: fomenten con liberación de trabas burocráticas y otras limitaciones al turismo; para el turista que busca paz, fomenten estancias de comodidades modernas en el Beni.

Soslayan que Bolivia sigue escindida entre occidente y oriente. Sus gentes se identifican como collas y cambas. Subsisten sus prejuicios, algunos étnicos. ¿Es posible pacificar así? Porque el régimen de Evo hurgó con divisionismo andinocentrista los resentimientos de indígenas ricos y pobres; entre mestizos que niegan su astilla de pollera o tipoy y ahora fungen de “blancoides”, como se burló algún falso matemático metido a sociólogo. Ahora los unos odian a los “blancos” y los otros a los “indios”. Sin embargo, los indígenas ricos y los indios pobres son minoría en Bolivia; una mayoría de mestizos son la versión nacional de la población de América Latina, la boliviana más como guatemalteca o salvadoreña y menos como argentina o uruguaya.

¿Cómo combatir la discriminación derivada del prejuicio? Educación y más educación, dice un analista. Una prioridad es depurar discípulos de Trotsky y optar por un magisterio orientado a las ciencias y a la digitalización. Otra es cerrar universidades que idiotizan con ideologías obsoletas.

Winston Estremadoiro

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