Opinión

18 de septiembre de 2020 17:29

De la sartén a la brasa con la pandemia

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“Rage” (Rabia) es el segundo libro sobre Donald Trump de Bob Woodward. El primero, “Fear” (Miedo) trataba del contexto de esfuerzos de su entorno cercano para evitar daños de sus impulsos. El segundo encara su irresponsable gestión como Presidente durante la pandemia del Coronavirus. Basado en entrevistas y telefonemas con Trump que el avezado periodista grabó con la aprobación del ególatra confiado en que su “boquita de cereza” lograría hechizarle, es un compendio del palabrerío, pensamientos y decisiones donde el mentiroso no puede argüir el consabido “yo no fui” demagógico.

Abordó cuestiones raciales, iniciadas por el asesinato por policías de un afroamericano aprehendido, tal vez injustamente. Las protestas de estadounidenses tanto blancos como afroamericanos, mujeres y hombres, se extendieron por todo el planeta. Trump alcanzó un punto alto de su cinismo al declararse racista, pero que “había hecho por los negros más que cualquier presidente, salvo, quizá, Abraham Lincoln”, el liberador de esclavos durante su cruenta Guerra Civil.

Chamboneó su diplomacia con Corea del Norte exhibiendo afinidades con un dictador de la talla del heredero de la dinastía que allí rige, o gobernantes autoritarios como el de Turquía. Persistió en su historia de amor con el autócrata pese a que sus expertos alertaron que el país asiático no cesaría sus ambiciones nucleares. Tanto amor, tanta locura evidenciaron lo que llaman “envidia dictatorial” con líderes autoritarios.

Su tormentosa relación con asesores “afuereados” como si fueran peones. El cisma entre Trump y sus asesores apunta a deplorables rasgos personales: además de mentiroso es racista y narcisista. Que otra cosa deducir de que casi una veintena hayan sido destituidos o renunciaron: desde sus ministros de Defensa, de Salud, de Prensa, hasta mandamases del FBI, pasando por consejeros de Seguridad Nacional, fiscales y capos de la Casa Blanca.

Tampoco se llevó bien con sus expertos científicos, que sopesaban “negro” el panorama sobre el Coronavirus, mientras Trump lo veía “blanco”, o callaba para “no causar pánico”. Se lo habían advertido a fines de enero 2020: el Coronavirus “será la amenaza a la seguridad nacional que usted afrontara en su presidencia”. Era una emergencia sanitaria como la de la gripe española de 1918 que mato casi 50 millones en el mundo. El 29 de febrero fallecía la primera víctima de la pandemia; en seis meses son casi 200.000 muertos y serán más hasta fin de año. Trump ejerció de chaman en presencia de sus asesores científicos, recetando inyectarse o beber desinfectante y asolearse; luego la panacea fue la cloroquinina.

No fue que Trump ignorara la gravedad del asunto. Lo que dijo e hizo después fue para engañar a los estadounidenses y a los gobernantes de países dependientes. Porque si bien antes del 7 de febrero declaraba que “el virus no era peor que una gripe estacional” que desaparecería y todo estaba bajo control, (quizá copiado por su cipayo brasileño). Días después en llamada a Woodward puntualizó que la pandemia era más seria de lo alertado a la gente de su país y al mundo: “uno apenas respira el aire y se contagia, es un virus muy mañoso y delicado. Es más serio que cualquiera de la más grave de las gripes. Es mortal,” enfatizaba.
La telenovela estadounidense no ha terminado. Prosigue como si la pandemia no hubiese matado a miles de italianos, españoles, franceses, británicos y otros europeos. África, América Latina y Estados Unidos siguen en el macabro baile. Los asiáticos, incluyendo a la China donde empezó el mal, han sabido ponerle el pecho a la pandemia con medidas preventivas donde sus autoridades impusieron su cumplimiento obligatorio.

La madre del cordero es que Trump ha ligado todo, incluyendo la pandemia del Coronavirus, a su reelección. El pueblo estadounidense está dividido. Mientras la mayoría de los estadounidenses desaprueba el manejo ineficiente, casi criminal, de la pandemia, una minoría recalcitrante insiste en seguir al Flautista de Hamelin y se ahogará como los ratones de la fábula.

Los medios de prensa siguen a Trump o lo censuran. Unos abogan por panaceas de vacunas que la megalomanía apuesta que saldrá antes de las elecciones; pero el tiempo mínimo de ensayos para lograr una que sea eficiente, eficaz y de inmunización total de la población es de 15 a 18 meses. Otros lamentan los 200.000 fallecidos y aguantan los millones de infectados; tal vez desconocen o los confunde el discurso demagógico de Trump, porque el estamento médico arguye que la mayoría de los 200.000 muertos podrían ser evitados con medidas preventivas tan sencillas como usar barbijos, lavarse las manos y guardar distancia social entre personas, evitando las multitudes.

Winston Estremadoiro

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