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Opinión

3 de abril de 2020 16:04

"Natureza" y el Coronavirus


Disculpen mi sabihondez, pero en portugués “Natureza” quiere decir naturaleza. Es también el nombre de una asociación fundada por una señora orureña que de vivienda en barrio residencial apacible, vendía agua de la vertiente en la napa freática prodigiosa que engalana la zona norte de Cochabamba. Sus hijos lucran del acuoso negocio hace años.
           
Crecieron exponencialmente, como el Coronavirus, hasta que, ¡por fin!, Misicuni empezó a suplir agua a SEMAPA (una cuadra al norte). No obstante, Natureza hace su agosto vendiendo agua en bidones y hielo en cubitos. Tienen un camión repartidor y una decena, o más, de vagonetas repartidoras, unas con pegatinas alardeando de su “agua pura de montaña”; otras, quizá clandestinas, ni siquiera eso.

La empresa no tiene letrero. El timbre, con megáfono y todo, es de la otrora residencia de la dueña, hoy difunta. El ruidoso domicilio es avisado de algún obrero o cliente mediante golpes a la plancha metálica de su portón; el vecino, su servidor, alejado a veces de su prosa quejona por algún comprador de agua, da la ubicación de la empresa como si fuera portero. Alguna vez pregunté, ¿acaso no podrían dejar la puerta abierta para que ingresen?; tanto sigilo: sardónico, alguna otra vez pensé si están fabricando bomba atómica o, peor, pichicata.

Tampoco tienen frente y con tal ilógica, siendo que tienen tantos carros repartidores, hasta resistieron poner su cuota cuando los vecinos pavimentamos el cul de sac (suena más chic que “culo de saco”), que remata la plazuelita ciega del barrio. Ahora los tacaños estacionan sus cacharros en todo el entorno. Adivinen de quién es el principal: a veces les invito a parquear en nuestra sala, tan invasivos sinvergüenzas se volvieron.

Su establecimiento parece una ruidosa chichería desde las 7 de la mañana, para un anciano aquejado de insomnio que escribe su columna y sus libros de noche y apenas puede conciliar el sueño, por la cháchara a voz en cuello de obreros al empezar su jornada, las risotadas de alguna hiena humana, los desentonos de algún gritón que parece ensayar para un concurso, y su radio pregonando reggaetón. Hasta hace poco, ni la paz nocturnal teníamos con su caldero que resoplaba como tren antiguo: “el ruido en la noche llega directo a mi cama”, se quejaba una vecina. 

Nos arrebataron derechos a la vertiente, tal vez porque la posesión es la mitad del derecho. Los vende-agua corcovearon a las conexiones que los vecinos teníamos en la vertiente. El ojo de agua tenía un árbol gigantesco, talado por quienes tal adorno natural recordaba a una Calacala de quintas, arboledas y sembradíos, como el río Rocha cristalino en cuyas pozas tuvimos el privilegio de chapotear. Solo quedan recuerdos del árbol talado y vecinos despojados del derecho al agua.

Lo dice un amazónico-cochala medroso de la dependencia a unos vecinos vende-agua, que no dejan inquirir sobre la mezcla en una sola cámara del sobrante de aguas de la vertiente y el desagüe de un retrete de su personal. Oriundo de tierras donde abundan las norias, cavé hasta encontrar una antigua cañería de calicanto; construí un pozo rodeado de anillas de cemento sobrantes de una fábrica fallida: hasta encontré una herrumbrada bala de espingarda española. Hoy surte una gárgola de piedra con cara de sapo, animal milagroso, que hice esculpir y cuya agua riega el jardín.       

Es más, el escurrimiento de aguas limpias que bajan de la cordillera hasta la hoyada citadina alimentando las vertientes, viene ahora contaminada con heces fecales y tanta cochinada de aguas servidas y pozos sépticos poco impermeables, de miles de casas erigidas en el “temporal”. Por suerte nosotros hervimos el agua.

Mi esposa, enferma de “contreritis” abogadil (dolencia de consortes, epidemia de juzgados), hace años, compra el agua en bidón de Natureza; siguió su ejemplo la hija con los dos nietitos que son nuestro solaz de vejetes. Ninguna recibe facturas, de adquisiciones que a la fecha suman miles defraudados al fisco. Encima renuevan cada cierto tiempo a su personal, quizá con la argucia de eludir leyes laborales de protección al obrero.

¿Por qué SEMAPA, la Alcaldía o la Gobernación no potabilizan el agua y la venden en bidones a mitad de precio? Si el agua es un derecho humano, ¿no podrían sus cisternas y choferes precautelados proveer agua en turriles a precio barato a zonas alejadas? Si los empleados de Natureza traen el agua en bidón hasta la cocina, y no usan ni guantes ni barbijos, a nosotros, a la familia de mi hija, a la gente de sabe Dios cuántos apartamentos y oficinas, ¿quién asegura que esos obreros, que quizá moran donde el diablo perdió el poncho y conviven con parientes, vecinos y amigos, no son posibles portadores de infección de Coronavirus?

Winston Estremadoiro
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