Opinión

14 de marzo de 2019 09:02

El disfraz de la democracia


Mucho escuchamos hablar de necesidad de regeneración política en nuestro contexto; principalmente porque muchos de nuestros principales políticos exceden los 30 años de trayectoria. Con el hundimiento del 21F y la arrogante preponderancia de la democracia representativa por encima de la democracia participativa, los partidos políticos, pero sobre todo los candidatos presidenciales, comenzaron a reclutar a jóvenes líderes de diversas plataformas ciudadanas, pretendiendo de esta forma hacerse cargo de la mentada regeneración que el MAS ya empezó débilmente por el legislativo. Sin embargo, en todos estos casos el común denominador es el sesgo de los partidos al elegir a sus representantes juveniles; desvinculándose de cuestiones de género, territoriales e ideológicas. 

Los principales candidatos de la oposición, vale decir Carlos Mesa y Óscar Ortiz, consolidan la mayoría de su base política juvenil en las ciudades de La Paz y Santa Cruz respectivamente; el primero realizando invitaciones a miembros de plataformas ciudadanas  - que no olvidemos en un principio decían no querer ni pretender estar con algún candidato -, el segundo recluta a jóvenes de su propia fundación “Nueva Democracia” y de la “Casa de la Juventud” en Santa Cruz, donde probablemente, por el control que mantiene sobre ambas, elimina cualquier sesgo ideológico que podría existir.

En ambos casos los candidatos se enfocan en las dos más grandes ciudades del país, acción que si se analizara desde una perspectiva meramente electoral sería correcta, puesto que éstas mantienen la mayor cantidad numérica de electorado juvenil, pero si se analiza bajo el filtro verdaderamente democrático y plural, con la finalidad de acoplar intereses diversos y poder condensarlos en un proyecto nación que pueda resolver las inquietudes de un país tan diverso no sólo culturalmente sino también en tecnología y desarrollo es completamente errónea; es absurdo creer que las demandas que mantienen departamentos intermedios como Cochabamba, Chuquisaca y Tarija sean ni siquiera parecidas al de las dos metrópolis anteriormente mencionadas, menos aún departamentos periféricos como Beni y Pando, que, con todo respeto, apenas tienen alcantarillado y están manejados políticamente hace décadas por personajes que, dándonos la licencia de hacer, una analogía histórica podríamos relacionar a caciques.

A nivel de género, además de la señorita Anelin Suarez que apoya a Bolsonaro y muestra públicamente su racismo y homofobia, camuflados bajo el eufemismo de “conservadurismo”, quien es la única mujer joven que destaca en las juventudes de la oposición, el resto son varones, desde los que se crucifican en la calle hasta los muy apegados a la gesticulación de sus representantes mayores, pero que al parecer en la mayoría de los casos (no todos) han heredado también su año de nacimiento, porque mantienen una mirada, si bien no tan radical, indudablemente conservadora; algunos llegando incluso a decir que ningún tipo de feminismo funciona; en cámara los partidos dan la imagen de lo políticamente correcto, se muestran progresistas en todo aspecto, inclusivos y tolerantes, pero en actos no tienen diversidad de genero ni sexual ni en sus binomios ni en juventudes. 

En conclusión, los partidos que tanto hablan de renovación y regeneración del cuerpo político sólo buscan que los mismos pensamientos de décadas penetren en cuerpos más jóvenes. No tenemos regeneración, tenemos trasmutación: los políticos que están tan encerrados en el modelo de partidos de masas que evaden el verdadero sentido de la democracia, la pluralidad, la diferencia y la capacidad de consenso de diferentes sectores que terminan formando un todo; lo preocupante de esta situación es que fuera de lo políticamente correcto de ningún lado, ni de la oposición, ni del oficialismo, se defiende plenamente desde la filosofía política misma los intereses de estos grupos (mujeres, LGBTI, ecologistas), únicamente son usados bajo el filtro de la política de la identidad con miras electorales pero carecen de verdadera representación de pensamiento para poder ejercer proyectos y reformas a la realidad nacional que tristemente por mucho que queremos camuflar sigue gobernada por un pensamiento muy tradicional y retrograda. 
Sergio Gerardo Manjon Cervantes es estudiante de Ciencias Políticas en la UCB-La Paz

Este espacio de Opinión ha sido creado para promover y dar cabida a jóvenes que comienzan a expresar su pensamiento en Medios de Comunicación ///ANF