Opinión

13 de septiembre de 2019 16:11

El modelo del chacha-warmi para la política boliviana


Hace más de un mes, Félix Patzi Paco, candidato a la presidencia por el Movimiento Tercer Sistema (M.T.S.) y actual gobernador del departamento de La Paz, generó mucha controversia a partir de sus declaraciones que hizo sobre la incursión de las mujeres en la política y sus posibles consecuencias. Algunos estuvieron a favor y otros en contra, pero al margen de las posturas que cada uno pueda tener, Félix Patzi puso el dedo en la llaga para pensar y cuestionar la situación estructural en la que vive la mujer en la esfera pública y en la vida familiar. En este breve artículo abordaré sobre el acoso político que sufren las mujeres en instancias de poder y cómo se podría controlar y ejercer el poder igualitario y equitativo entre el varón y la mujer a través de la concepción del chacha-warmi del mundo aymara y quechua.   

El acoso y la violencia política ocurre cuando la mujer está en instancias de poder, es decir cuando es diputada, asambleísta, senadora, concejala o alcaldesa por el voto popular. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) permite a que las mujeres participen en la vida pública mediante el artículo 11 de la Ley Nº 026, concordante con el parágrafo IV del artículo 28 de la Ley N° 1096, donde establece que los partidos políticos tienen que basarse en la paridad y alternancia al momento de proponer la lista de sus candidatos y candidatas. Sin embargo, esto no garantiza el verdadero ejercicio del poder de la mujer ni tampoco elimina el machismo ni la violencia cuando llega la candidata electa a un espacio de poder.

El TSE dispone que exista una candidata titular mujer y, a continuación, un candidato titular varón; un candidato suplente varón y, a continuación, una candidata suplente mujer y así sucesivamente. No obstante, al TSE solo le interesa la paridad en términos numéricos (50% varones y 50% mujeres) y no así la situación conflictiva o pacifica que habría entre la candidata titular y el candidato suplente. Por ejemplo, no le interesa si la candidata titular es casada, viuda, soltera, divorciada, profesional y otros, es decir no toma importancia al individuo ni a la unidad familiar. 

Este escenario no correspondido entre la titular y el suplente hace que se genere la violencia y el acoso político hacia la mujer y una pelea interna porque ambos provienen de distintas familias y de diferentes contextos socioculturales. Por tanto, el suplente busca la renuncia de la titular para que él asuma posteriormente la titularidad, pues para la mayoría de los candidatos electos la mujer no sabe de la política o no tiene que meterse en este campo. Sería óptimo que ambos coordinen y tengan los mismos horizontes, pero en los hechos no sucede esto porque la candidata electa y el candidato suplente provienen de diferentes situaciones sociales, aunque sean del mismo partido político. 

Frente a esto es menester plantear la verdadera concepción del chacha-warmi para tres razones fundamentales: 1ro, eliminar la violencia y el acoso político hacia la mujer; 2do, empoderar verdaderamente a la mujer y al varón; 3ro, mantener la integridad del individuo y la familia. El discurso de igualdad manejado por el indigenismo no terminó de evolucionar en el llamado de “proceso de cambio”. El mundo aymara está fundado en la dualidad y complementariedad entre el varón y la mujer, macho y hembra y por eso se maneja el concepto del chacha-warmi. Sin embargo, hoy por hoy esta concepción se distorsionó y curiosamente es practicada erróneamente por los propios sujetos aymaras que hablan de equidad de género o chacha-warmi. La mujer en el “proceso de cambio” aparece solamente en los actos protocolares de las comunidades o en las fiestas sin el verdadero ejercicio del poder. Al parecer el discurso del chacha-warmi del indigenismo es para encubrir el machismo y la violencia política.   

El chacha-warmi en el mundo aymara hace referencia a la esposa y al esposo, es decir a una familia modelo, constituida con base en los valores de equidad de género, respeto y amor y no solamente hace referencia a un varón y a una mujer de distinta familia como comprende el TSE. Solo cuando una pareja constituida y reconocida por la sociedad es plena la complementariedad entre sus miembros, pues comparten las mismas metas, objetivos, sueños y proyectos de vida para sí mismos y para la sociedad. 

En este contexto sería novedoso proponer que el suplente de la candidata electa sea su pareja, es decir su esposo. De esta manera ambos coordinarían mejor para el bien de la circunscripción o el pueblo que los eligió y no estarían perdiendo el tiempo en sacarse del cargo porque ambos serían uno, la unidualidad. Obviamente la paridad y la alternancia tendrían que seguir tal cual como establece el TSE, de lo contrario se incitaría a que solo los esposos ejerzan la autoridad. Aquí la mujer ejerce el poder con la ayuda de su esposo y asimismo el varón ejerce el poder con la ayuda de su esposa. Seguramente mucha gente protestará porque se estaría fomentando al nepotismo, pero esta propuesta solo se aplicaría en cargos electivos y no en cargos de libre nombramiento y si habría influencias se tendría que regular mediante normas y leyes. Asimismo, la candidata electa (esposa) y el suplente (esposo) tendrían que recibir un solo sueldo como pareja. 

Entonces, los nuevos legisladores que se posesionen después del 20 de octubre sería importante que planteen una nueva manera de entender y practicar la igualdad y equidad de género en instancias de poder a partir de la concepción del chacha-warmi. Solo una pareja modelo que sabe administrar su familia y el ayllu puede manejar el Estado para el bien común de los ciudadanos y ciudadanas. Asimismo, las parejas electas deberían de ser mayores de 30 años, solo hasta cierta edad una persona (jaqi) adquiere madurez económica, social y política, pues no cualquiera debería llegar al parlamento.

Saúl Flores Calderón es sociólogo aymara

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