Opinión

24 de enero de 2022 11:19

Perversión y desmoronamiento del “proceso de cambio”


Con un breve interregno, el Movimiento al Socialismo, partido cultor del mentado “proceso de cambio”, cumplirá este 22 de enero 15 años en el ejercicio del poder. En esté tiempo, nítidamente, se pueden advertir cuatro fases: auge, decadencia, perversión y desmoronamiento. Sobre las dos últimas fases, estriba la presente columna.

Se hace necesario, sin embargo, describir, lo que, en principio, se constituían los ejes centrales del “proceso de cambio”. Básicamente, en el discurso, propugnaban justicia, inclusión social con incorporación y participación indígena en la representación política y el ejercicio del poder: un cambio de color en la composición del poder político.  La narrativa discursiva del “proceso de cambio” enarbolaba también la erradicación de la soberbia, la prepotencia, el autoritarismo, la inmoralidad y la corrupción, sin olvidarnos del “amor” a la madre tierra”. Es decir, toda una revolución en la forma de hacer política, teniendo como principios rectores a la ética y la moral: erradicando la soberbia, la prepotencia y la corrupción. Adjudicándose, además, pintorescamente, “la última reserva moral del mundo”.

Esta “revolución democrática y cultural”, tenia como principal sostén a la poderosa imagen labrada de Evo Morales. El extraordinario líder indígena exento de los vicios y pasiones bajas, comunes en los demás mortales, motivado exclusivamente por su amor a la justicia: incapaz de mentir y robar.

Sin embargo, con el transcurso de los años, inexorablemente el “proceso” se pervirtió. La concentración de poder y el exponencial excedente económico que tuvieron la fortuna de administrar desde el 2008 al 2014, literalmente, los embriago e intoxico. Los efectos perniciosos, en primera instancia, afectaron profundamente a su líder, quien alimento cotidianamente un narcisismo sin límites. Su convicción indebida de grandeza y aguda megalomanía, nutrió su apetito de liderazgo perpetuo, desarrollando en su personalidad la enfermedad del poder: el “síndrome de hubris”. Los resultados del referéndum de febrero del 2016, desnudaron su verdadera esencia y condición de hombre común. Aprovechador, ávido y ambicioso, donde su interés esta siempre por encima de cualquier otro, incluso del bien común. Apegado, además, a los placeres de la carne, el engaño y la mentira. Debe ser uno de los presidentes más mitómanos que conoce la historia de Bolivia.

El poder no solo pervirtió al líder y a su voraz elite cleptocrática azul, inexorablemente también degenero a los dirigentes de los mal llamados “movimientos sociales”, quienes, por espacios de poder, intercambios de recursos materiales y simbólicos, en esa relación prebendal–corporativa, acabaron no solo cooptados, sino también dopados y embriagados. Sus bases jamás se beneficiaron como ellos. Como borregos, fueron y siguen siendo utilizados vilmente. En esa línea, esos “movimientos sociales”, al vincularse con el poder, abandonando su esencia, se desnaturalizaron, prostituyéndose al extremo. A ellos también les gusto el dinero y el poder. Peligrosamente, esas adicciones, independientemente de su ideología, puede estimularlos para venderse al mejor postor.

Está claro entonces que la perversión del líder, la elite azul y dirigentes “sociales”, agudizaron la decadencia del “proceso de cambio”. Para todos ellos, la ética y la moral son conceptos absolutamente abstractos. Sus conductas y practicas políticas privilegian la astucia, las artimañas y maniobras bajas. Subyace, en todos sus actos, intensa perversidad y vulgaridad.

Si bien recuperaron el poder, luego de la crisis de octubre y noviembre del 2019, lo que se observa, en esta última fase de desmoronamiento, es una intensa lucha interna por mas espacios y recursos de poder. Hay, nomas, un nocivo proceso de erosión interna. Todos quieren más espacios y cuotas de poder. La política para ellos ya no es el medio para transformar las cosas. Básicamente es un fin, para el acceso a los recursos fiscales y el rápido enriquecimiento. Perdieron la noción del bien común.

Rolando Tellería A.es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón

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