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Opinión

21 de julio de 2019 16:54

La tendencia plebiscitaria del 20-10


La dinámica electoral, más allá de los enormes esfuerzos del oficialismo de mostrar competencia -característica esencial, en la elección de los gobernantes en democracia- entre su partido y las otras ocho fuerzas políticas, nos estuviera conduciendo más bien, por contradictorio que parezca, a un proceso electoral, con características de plebiscito.

La tendencia que se vislumbra, salvando las distancias, se asemeja a los referendos aprobatorios de los Estatutos Autonómicos de los departamentos de La Paz, Chuquisaca, Potosí, Oruro y Cochabamba, de septiembre del 2015. En el fondo, esa crucial consulta, había perdido su característica esencial, relacionada con las autonomías propiamente dichas, pues, se matizó con las características de una consulta sobre el nivel de legitimidad y aceptación del régimen. La derrota fue abrumadora. Los cinco departamentos respondieron con un rotundo NO. Empero, no a las autonomías, sino al régimen, pues la consulta autonómica había pasado a segundo plano.

Este proceso tuvo estrecha similitud con las elecciones de magistrados, desarrolladas en diciembre del 2017. Esas elecciones, también, carecieron de aquella característica esencial de elegir a los magistrados que se encargarán de la administración de la justicia. Dadas las circunstancias, la forma en que habían sido preseleccionados los candidatos y el notable desgaste del régimen, que se acentuó después del 21F; esa elección, totalmente desvirtuada, se convirtió, en otra consulta sobre el nivel de legitimidad del régimen y el presidente Morales. Con el voto nulo y el voto en blanco, la derrota fue también abrumadora.

Ahora bien, extrapolar esa tendencia para las próximas elecciones presidenciales de octubre, a priori, podría ser interpretada como una verdadera aberración, pues se trataría, de un “ejercicio no valido”, por las sustanciales diferencias. Sin embargo, relativizando ese cuestionamiento, es posible, por algunas características, cavilar esa tendencia. 

En las próximas elecciones de octubre, básicamente, se juega, la continuidad del MAS y Evo Morales, en el poder. En sus planes, en ningún caso, ni siquiera por asomo, está presente la idea de ceder y abandonar el poder.  Para ellos, estas elecciones, han sido concebidas como una pantomima; algo que formal y obligatoriamente deben cumplir.

Con las facultades que el “poder estructural” les confiere, han impuesto sus propias reglas de juego, estableciendo, arbitrariamente, un conjunto de mecanismos y dispositivos. Veamos.

No obstante, los resultados del 21F, en los hechos, han modificado la Constitución. Han colocado, a su antojo, a vocales obsecuentes y funcionales en el Tribunal Supremo Electoral. Se han inventado las insólitas elecciones primarias para “habilitar” la ilegal e inconstitucional postulación del binomio. Han manejado, también, a su libre albedrio, la habilitación masiva de nuevos electores en el padrón electoral.

Prácticamente, tienen todo controlado. En esas condiciones es imposible desarrollar esa característica, esencial de cualquier elección: la competencia equitativa entre candidatos y fuerzas políticas.

Además, para no correr ningún riesgo, han propiciado –y continúan en esa tarea- la fragmentación de las fuerzas de oposición. Precisamente, la tercera, en la preferencia electoral, tendría el propósito de dispersar el voto opositor; para consolidar un triunfo, sin sobre saltos, en la primera vuelta.

Ahora bien, supuestamente, competirían con ocho fuerzas políticas. Sin embargo, siete de ellas, son marginales: sin ningún atributo competitivo. Miserablemente, sus posibilidades no van más allá de fragmentar el voto, pues, en ningún caso, podrían competir con el binomio oficialista. La fuerza política que eventualmente puede rivalizar, más por circunstancias fortuitas que por la capacidad de su líder -pues, tiene más bien un perfil pusilánime-, su discurso y programa; es Comunidad Ciudadana.

Entonces, en esa tendencia “plebiscitaria”, el electorado masivo, sobre todo el citadino, volcaría su “bronca” y rechazo a la continuidad del régimen masista y su voraz elite cletopcrática, votando por Carlos Mesa, El, aglutinaría el “voto rechazo”, tal como Evo Morales, capto la bronca y el descontento social, en las elecciones del 2005. 

Rolando Tellería es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón

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