Opinión

2 de septiembre de 2019 10:43

La maldad del hombre


Hay ideas muy arraigadas en torno la esencia maligna del hombre. Incluso, tenemos escuelas del pensamiento, cuya base teórica, estriba, precisamente, sobre esa naturaleza egoísta y ruin del ser humano. Una de ellas, la Escuela Realista de la Política (Real Politic), parte del principio de que la sociedad en general está gobernada por leyes objetivas enraizadas en la naturaleza humana. Sociedad en la que todos los hombres perseguirán siempre su interés, por encima de cualquier otro. Esa condición del hombre, dañino, egoísta, codicioso y ambicioso, es la base de sus principios. Los precursores de esta escuela son Nicolás Maquiavelo y Thomas Hobbes. En su célebre obra, El Príncipe (1.512), Maquiavelo, formula recomendaciones, al Príncipe, para tomar, mantener y aumentar el poder, justamente a partir de ese profundo conocimiento de la naturaleza humana.

Hobbes, por su parte, en su magnífica obra El Leviatán (1651), para ilustrar esas características negativas de naturaleza humana, populariza la frase en Latín, “homo homini lupus”, que significa “el hombre, lobo del hombre”. A este autor, se le debe la idea primigenia del Estado moderno que, en los hechos, sería ese súper poder (Leviatán) encargado de regular, controlar y, básicamente, castigar las conductas “malas” de los hombres. Sin este súper poder, sin el Estado, obviamente, el hombre sería lobo del hombre.

Ahora, la maldad del hombre varía de acuerdo a las circunstancias. Donde más descolla es, sin duda, en el espacio de la política y la lucha por el poder. Es ahí donde prospera esa naturaleza conflictiva. Las peores maldades se dan en ese espacio, en el terreno de la lucha por tomar, mantener y aumentar el poder. El hombre, según la Escuela Realista, hará todo lo que está a su alcance para lograr esos objetivos. En esos fines, la ética y la moral, serían conceptos abstractos. 

Ahora, claro, esta maldad del hombre, está dividida en dos grupos: de los gobernados y los gobernantes. Nos interesa, aquí, hablar de la maldad de los gobernantes, de aquellos hombres que toman y controlan el poder del Estado. En el desarrollo del Estado moderno, en el “siglo de las luces”, para evitar precisamente la maldad y el abuso de los gobernantes, se plantean las nociones básicas de independencia y equilibrio de poderes, principios que, hoy, están consagrados en casi todas las Constituciones del mundo, para garantizar lo que se conoce como Estado de Derecho. 

Que sucede, entonces, cuando no existe Estado de Derecho? Esbozando una respuesta breve, podríamos decir que la sociedad queda vulnerable frente a los abusos y la maldad de los gobernantes.

El atroz y voraz incendio de la Chiquitanía es, ciertamente, esa perversa exposición de la maldad de los gobernantes, cuando no hay Estado de Derecho. Lo sucedido en la Chiquitanía, por su magnitud y efectos devastadores, puede ser considerado como el mayor ecocidio que conoce nuestra historia. Y, lo que es peor, provocado por los propios gobernantes. En este caso, por Evo Morales y su voraz elite cleptocratica. Hay pruebas, testimoniales y testificales, de que el gobierno de Morales había decidido la quema de un millón de hectáreas por año, para “ampliar la frontera agrícola” y favorecer, bajo su lógica corporativa, a sus allegados con la repartición de tierras. Ahí radica el origen de este desastre que conmovió al mundo entero. De por medio, ciertamente, hay mucha estupidez.

Es tan grande ese estado de estupidez, que los autores regresan al lugar del crimen a “apagar” el incendio, con una cínica parafernalia y fotos de por medio. Y, como matizaba Fiódor Dostoievski, en su novela “Crimen y castigo”, volver al lugar del crimen es un error fatal, puede provocar la perdición hasta de los más hábiles criminales.

En este caso, esa infinita maldad de nuestros gobernantes alcanzo criminalmente la flora y la fauna. Como responsables directos, Evo Morales y su cúpula, se habrían consagrado, como los más grandes depredadores de la madre tierra. 

La maldad y la estupidez de nuestros gobernantes, realmente, son infinitas.

Rolando Tellería es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón

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