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Opinión

25 de marzo de 2020 11:22

Conciencia social y solidaridad contra el Covid-19


Las tragedias de la primera guerra mundial (1914 al 1918) y la segunda (entre 1939 y 1945), que por sus características militares alcanzaron más de cincuenta millones de personas fallecidas entre militares y población civil, fueron episodios calamitosos para la humanidad, en que ya se utilizaron agentes químicos, que ningún líder del orbe con un mínimo de razón desearía que nuevamente el planeta de seres vivos se convierta en cementerios. 

Y, siguiendo la historia podemos acudir a un ejemplo que ha ido censurado por toda la comunidad internacional, cuando las fuerzas militares sirias lanzaron bombas llenas de agentes químicos tóxicos en la ciudad de Durna  región central de Guta, donde operaban los rebeldes al régimen del dictador Al Asad, dejando como saldo más de 40 fallecidos (7-04-2018). Al reportarse que Putin militarmente sostenía la dictadura, las fuerzas aliadas de Estados Unidos, Inglaterra y Francia reaccionaron atacando blancos militares sirios, como forma de persuadir al régimen de Siria.

De forma muy sumaria, en la primera década  del siglo XXI la comunidad mundial ha tenido que confrontar nuevos desafíos como el desarrollo de las tecnologías de la información y cibernética, la globalización, la renta financiera, el calentamiento del planeta,  narcotráfico, terrorismo, derechos humanos y la libertad de prensa, sin que el orden internacional como la ONU, UE, OEA, UPA y sus organismos normativos regionales hayan bajado la curva de la crisis medianamente, sea anticipándose a los problemas o adoptando medidas convergentes perdurables en el tiempo que contribuyan a la preservación de la vida y la sanidad pública.

Antes de ingresar al tema del COVID-19, espero no sea un vano empeño situarme en el  tiempo, donde la tierra cultivable, bosques y praderas con abonos naturales, cobija entre animales y diversas especies a los quirópteros más conocidos como murciélagos, una variedad de ellos tiene el hocico de cerdo y se alimenta de sangre (hematófagas). Este murciélago volador nocturno solía por la noche morder  a los caballos y asnos en el cuello y al ganado vacuno por la columna, dejando la herida con sangre, la que era curada con agua salina, sin llegar a la muerte (1950 -1968).

Sin embargo, la transformación en el material genético o genoma del coronavirus, probablemente provocada,  no sabemos con  qué intereses, esto lo hace extremadamente virulento,  al punto de provocar serios daños en la salud de las personas especialmente a los de tercera edad y con enfermedades de base que para los estados significan una carga. Por tanto, diezmar a la población, sin contar las repercusiones en la economía, seguridad laboral, derecho a la vida y libertad de movilidad,  es generar incertidumbre global en los derechos constitucionales y humanos en la sociedad universal.

Ahora bien, la pandemia del  CORONAVIRUS cuyo brote surgió en la ciudad de Wuhan China el 22 de enero de 2020, por su enorme diseminación es un virus contaminante como un demonio, tanto es así que a pesar de los diversos planes excepcionales y medidas sanitarias adoptadas por los países de Europa, Asía, África, Oceanía y América latina como: Estado de emergencia internacional (OMS), cuarentenas parciales y totales, aislamientos preventivos sociales, declaratorias de catástrofes, cierres de aeropuertos nacionales e internacionales, restricciones de movilidad de personas en diversas zonas geográficas; así como el apoyo de logística, material sanitario, medios y presupuestos, lamentablemente, se han derrumbado los sistemas sanitarios de salud más sofisticados, al extremo que hasta hoy lunes 23 de marzo se reporta que el COVID-19 se ha extendido a 171 países, dejando hasta el 23 de marzo 307.341 contagios, 92.383 recuperados y 13.049 fallecidos, cifras que bordean la catástrofe que produjo el virus del  Ebola (1976 y 2014-2016).

Así, Italia alcanza los 6.077 fallecidos, 64.000 contagiados; en Estados Unidos hay 40.855 contagiados, 484 fallecidos y 178 recuperados; en España 33.000 contagios y 2.182 fallecidos; China tenía 81.093 infectados, 3.270 fallecidos y 72.720 curados. En américa Latina Brasil tiene 1.546 infectados y 25 fallecidos y Argentina con 266 infectados  y 4 fallecidos. En Bolivia se confirman 27 infectados por importación y contagios internos, pese a haberse aplicado por la Presidente la “Cuarentena total” por 14 días mediante DS. 4199.

Tan importante es la responsabilidad que,  la globalización no va tener clemencia, con quienes habiendo abierto un inaudito camino de integración económica y política, decidan reducir sus posibilidades de crecimiento material e influencia, su sentido de solidaridad y conciencia social, regresando a un paraíso perdido que no tenía mucho de horizonte en la –sanidad pública-, y en cualquier caso resulta irrecuperable por no haber invertido en ella. Ahora, ¿En qué queda la moral-ética y solidaridad del Consejo de Seguridad de la ONU de la que forma parte China y Rusia?  Y ¿Por qué maniataron al equipo de médicos que dio a conocer al régimen de Xi  Jinping del riesgo? Y según reportan medios japoneses Li Wenliang por hacer comentarios en chat a sus colegas murió infectado por el COVID-19 el 6 de febrero de 2020.

Comparto con Rawls (1996: 13-14)que se adelantó al fijar un norte a los países con la pregunta: “Cómo es posible la existencia duradera de una sociedad justa y estable de ciudadanos libres e iguales que no dejan de estar profundamente divididos por doctrinas religiosas, filosóficas y morales razonables?  Así las cosas, el poder económico concentrado está destruyendo la humanidad –no con misiles sino con material genético contaminante a escala global-, que sacude la ambición del constitucionalismo para alcanzar un nuevo hito con rango universal  como lo propone Ferrajoli  (2020), ilusión que me atrae desde ayer, y hoy, con mayor urgencia por la vida del planeta tierra.

Pedro Gareca Perales es abogado constitucionalista y defensor de DDHH.

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