Opinión

2 de junio de 2022 11:32

Viejas costumbres: El totalitarismo del MAS

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Un aluvión de manotazos sin sentido, dados por el gobierno, se ha observado durante las últimas semanas en Bolivia. Esos manotazos se producen en un contexto de tensiones internas del Movimiento al Socialismo (MAS), entre la fracción gobernante y la fracción de Evo Morales y el Chapare. Por ahora, esos manotazos han sido funcionales a Morales y el Chapare, dejando en claro la pretensión del gobierno por salvarles de las abrumadoras denuncias internas y externas, referidas al narcotráfico.

Entre las viejas costumbres retomadas por el gobierno destacan las prácticas totalitarias y la consiguiente antidemocracia provocada. Esta vuelta al pasado expresa el fallido acto, de las tibias intensiones por reconvertir a este partido, de una organización totalitaria corrupta en una democrática. Dicho de otra manera, muestra la incapacidad para formular un proyecto nacional democrático, desde el MAS.

La vuelta a las viejas prácticas también muestra los fuertes compromisos de la fracción gobernante, con el proyecto original, totalitario delincuencial, impulsado por medio de y junto a Evo Morales, en las pasadas gestiones. La continuidad de las viejas costumbres puede observarse en el plano interno y en el externo. En este sentido, en conjunto, el MAS ha optado por seguir en el despeñadero de la antidemocracia y de la destrucción de la institucionalidad democrática del Estado.

En lo interno, ello se concretiza principalmente en la persecución política a ciudadanos demócratas. La muestra más clara es la mantención en prisión y el burlote de juicio, a la expresidenta Jeanine Añez. Nadie, que con un mínimo de seriedad analice el proceso ilegal en contra de Añez, puede negar que se trata de un juicio político digitado desde las oficinas del MAS y ejecutado por intermedio de simples correas de transmisión, actuando a nombre de “poder judicial”. Este linchamiento político no tiene validez legal, desde el punto de vista del Derecho, por lo que Jeanine Añez no es sino una prisionera política, junto al resto de demócratas encausados con ella; policías, civiles y militares.

No contento con ello, el MAS incrementa la persecución política, con el enjuiciamiento a jóvenes demócratas de Cochabamba, bajo el pretexto que las manifestaciones democráticas del 2019, en contra del monumental fraude electoral de Morales así como del desconocimiento del MAS al referéndum del 21 de febrero del 2016, habían sido “actos delincuenciales” (¡?). Al gobierno no le parecen actos delincuenciales el que grupos vandálicos, correligionarios suyos, incendiaran domicilios particulares en La Paz o quemaran movilidades del transporte municipal de esa ciudad, en octubre del 2019.

En lo externo la continuidad nos remite a la orientación diplomática que mantiene a Bolivia compartiendo la mesa con las más aberrantes dictaduras de la región, como son las que representan los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Al gobierno de Luis Arce no se le ha ocurrido nada mejor que el de participar en una reunión con estas malas compañías (que son algo así como parias en el mundo), en La Habana. ¿A título de qué? ¿Cómo gesto revolucionario? ¿Cómo acto de soberanía? Por favor … . Automarginarse de manera tan absurda, junto a países que son serios candidatos a Estados fallidos en la región, es una verdadera tontería.

Por otra parte, reiteremos que el esquema totalitario, que el gobierno se empeña en sostener, requiere continuar con la desinstitucionalización del Estado. Se entiende que la desinstitucionalización de la estructura estatal es un claro indicador de la anulación de la democracia, o sea del avance de las intenciones del totalitarismo. Totalitarismo y desinstitucionalización son las prácticas de cualquier gobierno desinteresado en la democracia. No otra cosa significa el empeño masista por continuar controlando la Defensoría del Pueblo, a través de algún insignificante allegado suyo. Las esperanzas del MAS de imponer la elección de su “Defensor del Pueblo” en el parlamento, con el concurso de opositores parlamentarios “patriotas” (i. e. corrompidos) ratifica la línea de la desinstitucionalización que demanda el proyecto totalitario delincuencial. Al MAS le tiene sin cuidado que semejante mamarracho de “Defensor” del Pueblo que pudiera salir en esas condiciones, no tenga ninguna legitimidad en la sociedad civil; como partido totalitario les bastaría que los papeles digan que la elección fue “democrática”.

Incluso la manera en la que las pugnas internas dentro de este “partido” se desarrollan, nos habla de la desinstitucionalización, en la vida de esta organización política. En rigor, esta organización no tiene ninguna vida institucional de partido político. Son grupos de presión, con intereses corporativos, regionales y/o personales los que actúan bajo la cobertura y el pretexto de partido político nacional. No se trata de una particularidad del MAS que la ortodoxia no llegaría a entender. Se trata, simplemente, de grupos de presión coligados por intereses particulares y contrapuestos al interés nacional, general, que no es sino el de la democracia y la institucionalización democrática del Estado.  

Entre las conclusiones generales que puede extraerse del retorno a las viejas costumbres, mencionemos una referida al MAS y otra al país. En el primer caso queda claro el fallido vacilante intento por enmarcar al MAS dentro de una perspectiva democrática y alejarla de una perspectiva totalitaria delincuencial. Esta derrota, hasta hoy, revela la inconsistencia de las demagógicas opiniones de David Choquehuanca, en sentido que soplaran aires renovadores en su partido. Pero mientras esos grupos de la fracción gobernante del MAS se muestran temerosos ante sus propios intentos, la fracción de Morales y el Chapare no muestran ninguna vacilación. De todas maneras y más allá de los pequeños juegos que tienen lugar en esta organización política, tanto el gobierno como su partido se mueven en un contexto mayor, cual es la sociedad boliviana. La retoma de las viejas prácticas contribuye a mantener la polarización política y social. Por lo tanto no tiende puentes democráticos, de acuerdos y consensos nacionales sino, al contrario, insiste en violentar la democracia.

Omar Qamasa Guzmán Boutier es escritor y sociólogo 

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