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Opinión

21 de enero de 2020 16:02

Política boliviana e irrealidades


La voluntad democrática nacional ha sido una constante en nuestra sociedad al menos durante los últimos cuatro años, desbaratando acciones políticas alejadas de esa realidad y reafirmando la voluntad del país, por recuperar la vida institucional democrática. Ha sido esa voluntad la que abrió la actual nueva coyuntura política y la que evitó regresiones antidemocráticas en ella. Se trata de una voluntad que diseña un ancho campo, en el que caben todos los matices democráticos. Únicamente quedan autoexcluidos tanto los impulsos antidemocráticos de la derrotada dictadura de Evo Morales, como las intenciones de limitar la variedad democrática a un solo frente político, para las elecciones que se aproximan. 

En esta coyuntura política, pues, sobresale el dato de la adscripción social a la democracia. Esta adhesión no solamente se refiere al pasado inmediato, que obligara a Evo Morales a renunciar a la presidencia, sino a un estado permanente de alerta ciudadana, frente a agresiones antidemocráticas, tanto externas como internas. Las presiones externas provienen de algunos países (México y España), de uno que otro organismo internacional (como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos e incluso la Unión Europea –UE) y de Evo Morales, con el beneplácito de los países que le acogieron en calidad de refugiado político (México y Argentina). 

En lo interna, las presiones antidemocráticas son ejercidas principalmente por el partido de Evo Morales, el Movimiento al Socialismo (MAS), tanto desde el parlamento como fuera del mismo; es decir desde los productores de coca del Chapare. Desde ya, la focalización interna de la desestabilización es significativa, porque nos dice, en principio, de la soledad objetiva en la que se encuentran las principales fuentes de apoyo de este partido. La larga lista de organizaciones sociales que en el pasado se suponía respaldaban al MAS, ahora ha desparecido. En su momento dijimos que en gran parte eran únicamente dirigentes, adictos a la prebenda, quienes hablaban a nombre de sus “bases”; también consentidos, por su parte, con algunas obras de ninguna utilidad productiva o social que el gobierno de Morales ejecutaba. Pero una cosa es contar con militantes y otra muy distinta, con activistas a sueldo. Esta soledad, digamos por otra parte, también se siente en el Poder Legislativo, de mayoría masista. Nadie puede dudar que la composición de este poder no refleja, hoy en día, en absoluto a la sociedad boliviana. El desfase comenzó en realidad el 21 de febrero del 2016, en ocasión del referéndum nacional y se agudizó hasta el extremo de convertir al parlamente en nuestros días, no sólo en un parásito de la institucionalidad democrática, sino en un verdadero nudo obstaculizador del proceso de pacificación y democratización. El parlamento, por tanto, no es ni remotamente una instancia de mediación democrática con la sociedad, sino un residuo superestructural de una realidad política y social modificada desde hace años atrás. 

Es en este contexto que se presentan las acciones políticas de los diferentes actores, de los cuales queremos referirnos a tres. El primero se encuentra representado por el MAS, basado en dos manifestaciones: la externa expresada por Morales y la interna, representada por su bancada congresal. El segundo queda representado por la UE (como parte de la comunidad internacional) y el tercero, en el plano nacional, por quienes insisten en la conformación de un frente electoral único, para las próximas elecciones, en oposición al MAS. 

Si algo destaca en el MAS, desde noviembre pasado hasta la fecha, es su clara voluntad por obstaculizar el proceso de pacificación y de retorno a la vida democrática. Desde las primeras instrucciones de Morales, durante su estadía en México, para cercar las ciudades e impedir el ingreso de alimentos a ellas, hasta el anuncio de movilizaciones luego del 22 de enero, pasando por la propuesta de la conformación de milicias armadas, todo señala que a este partido lo único que le interesa es obstaculizar el proceso, para evitar que los ex-gobernantes sean procesados por múltiples delitos de diverso orden. Ante la temprana y rápida evidencia de la inutilidad de todas esas iniciativas, la  bancada del MAS impulsó y aprobó un instrumento legal que garantice la impunidad al gobierno de Morales; instrumento denominado Ley de garantías. 

En este marco, llama la atención la actuación de la UE en Bolivia, manifestada por intermedio de su embajador. Como se recuerda, luego de visitar, la pasada semana, al ex-ministro de Morales, Carlos Romero, en una clínica de la zona sur de La Paz, al embajador de la UE no se le ocurrió nada mejor que, en declaraciones a la prensa, asegurar la aprobación, en el parlamento boliviano, de la Ley de garantías (¿!). No contento con esta clase magistral de injerencia, incluso tuvo la osadía de explicar en detalle la manera en que sería aprobado ese instrumento legal y para cerrar con broche de oro esa muestra de verdadera insolencia, rechazó, con aires irónicos de autosuficiencia, las acusaciones de numerosísimos grupos ciudadanos bolivianos de todo el país, que califican a la Ley de garantías como un mecanismo que asegure la impunidad a las ex-autoridades del gobierno del MAS. Al margen de este nuevo atropello al país, lo cierto es que los infundados deseos de la UE, expresados por medio de su representante diplomático, por proteger a Morales y compañía de la lluvia de juicios por terrorismo, sedición, corrupción, atropello a los derechos humanos, no tienen perspectivas de cumplirse. El actual proceso de pacificación y democratización se encuentra resguardado por el apoyo del gobierno de Jeanine Añez y la inmensa mayoría de la ciudadanía; quienes a su vez se respaldan en la certeza de saberse soberanos para la adopción de la decisión política que, democráticamente, resuelvan adoptar. 

A diferencia de estos dos actores y sus acciones, la tercera iniciativa que se aleja de la realidad política boliviana, se refiere a la conformación de un frente único electoral. Puede decirse que este equívoco, formulado incluso por Añez y secundado por uno que otro activista, políticamente marginal, responde, sin embargo, a la buena (e ingenua) voluntad. El sistema boliviano de partidos ha tenido tradicionalmente rasgos de un multipartidismo moderado. El MAS ha tratado de modificar esa realidad y ni todos los atropellos autoritarios, en los que se ha apoyado, le han servido para ello. No solamente debido a la fuerza de la tradición, sino principalmente porque la pluralidad de visiones, proyectos de país e intereses, que contiene esta sociedad, expresa precisamente su gran diversidad. El que la recuperación de la democracia hubiera articulado una voluntad nacional, no supone que esa voluntad, a la vez, conlleva una misma visión acerca del proyecto político que el país requiere. No basta, para unificar la diversidad cultural, social y política, la sola coincidencia en la recuperación de la democracia. Por otra parte, la diversidad política es una saludable manifestación en la vida de una sociedad democrática, porque permite que la pluralidad múltiple se exprese de la manera más amplia y que esa expresión sea acogida y procesada por el Estado. Por último, hay que decir que la conformación de un frente único, asentado sólo en torno al anhelo democrático general, es insuficiente para garantizar la coherencia de un proyecto político y, eventualmente, la de un futuro gobierno. Una conformación semejante conlleva una debilidad de nacimiento, en el posible gobierno surgido de tal unidad endeble, por lo que representa, pues, un error estratégico de las fuerzas democráticas, cuyo beneficiario directo, a la larga, no será sino la hoy derrotada dictadura masista. 

Para concluir destaquemos la prevalencia general de la voluntad democrática en nuestra sociedad. Esta voluntad atraviesa el periodo del desplazamiento de la dictadura de Morales y podemos asegurar que se extenderá incluso más allá de las próximas elecciones nacionales, porque se trata de una adquisición histórica. Esto quiere decir que la voluntad democrática nacional alienta la manifestación de la pluralidad política, cultural y social. De esta pluralidad forman todos parte, incluso quienes no creen mucho en ella, incentivando la construcción de un pensamiento e instrumento político único, tal como en el pasado inmediato lo intentara inútilmente el MAS. 

Omar Qamasa Guzman Boutier es escritor y sociólogo

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