Opinión

7 de enero de 2021 09:06

Pandemia, política y sociedad


A inicios del estallido de la pandemia del coronavirus (covid-19), los primeros meses del pasado año, las predicciones más sensatas, respecto a la disposición de la requerida vacuna para enfrentar la enfermedad, apuntaban a que esa vacuna podría estar a disposición de la población el último trimestre del 2021. Retomando esas previsiones diríamos que, en términos generales, hoy estamos a mitad del camino. Parece, pues, ser el tiempo prudente para, sin desatender las urgencias de la pandemia del día a día, evaluar nuestro tránsito, durante esa primera mitad del camino. Preguntar qué aprendimos del 2020, en qué medida sirvió la cuarentena rígida o cuánto hemos avanzado en la formulación de sistemas alternativos, de emergencia, para que la pequeña empresa y los trabajadores por cuenta propia enfrenten de mejor manera eventuales nuevas cuarentenas, resulta necesario.

Además de la mitad del recorrido, el proceso de desarrollo de la pandemia se encuentra en su fase crítica, debido, entre otras, a la falta de gobernanza global y a la encrucijada sanitaria provocada por la expansión del covid-19 y la presión de los consorcios farmacéuticos competidores por ganar la carrera de la creación de la esperada vacuna. De este panorama mencionemos tres elementos: la expansión del covid-19, los sistemas de gobierno y las sociedades. Aunque para superar esta fase crítica lo óptimo podría ser una racional combinación del tratamiento de estos tres elementos, es evidente que la interferencia de intereses particulares (políticos, ideológicos y económicos, en lo principal) perturba la “precisión quirúrgica” requerida.

La expansión de la pandemia se manifiesta con un ritmo en el hemisferio norte y con otro en el hemisferio sur, aunque en ambos casos casi con la misma agresividad. La diferencia radica en las temporadas; mientras en el norte se vive el invierno (clima apto para el rebrote del virus), en el sur estamos en verano, vale decir todavía no hemos entrado a la etapa del rebrote propiamente. Pero esa diferencia queda, en cierta media, equiparada por el comportamiento relajado de las sociedades, lo cual facilita la expansión. En consecuencia, nuevamente los sistemas sanitarios se encuentran al límite de su capacidad y otra vez asoma la amenaza de un colapso del sistema a corto plazo. Que en algunos países se hubieran tomado las previsiones de almacenar medicamentos o se hubiera ampliado la capacidad de respuesta del sistema de salud, ayudará de poco si el relajamiento social continúa porque, en efecto, la plaga avanza a mayor velocidad que la atención a los infectados. Incluso, en el mejor de los casos, el avance de la elaboración de la vacuna (la del consorcio Pfizer-Biontech, homologada de emergencia por la Organización Mundial de la Salud -OMS- para su aplicación en EEUU, Canadá y Europa todavía se encuentra en la fase 3) no remedia esta situación. Por tanto, que continúe siendo tiempo que, como sociedad, sigamos protegiéndonos, es algo que simplemente ignora la mayoría de las poblaciones.

Es verdad que el panorama político tiene mucha importancia para esta situación y en este sentido, recordemos, destaca la debilidad de los sistemas de gobierno, tanto a nivel global como a nivel local. En el primero, debido a la falta de gobernanza global (no olvidemos que en esta materia retrocedió el mundo al menos siete décadas) y en el segundo, dada la falta de credibilidad que la gran mayoría de los gobiernos despierta entre sus ciudadanos.

La falta de gobernanza global facilita que la carrera de los consorcios y países se convierta en una carrera de obstáculos, no precisamente científicos sino políticos y de credibilidad. Tal es así que los países totalitarios, como Rusia y China, en los que también se avanza en la fabricación de vacunas, no levanten credibilidad en la población mundial. ¿Por qué? Debido a que en este tipo de regímenes, el ocultamiento de la información, la falsificación de los datos y la ausencia de transparencia en el manejo de la crisis sanitaria, generan grandes motivos de desconfianza en relación a la eficacia de sus vacunas y de los efectos secundarios que podrían provocar. Debido a ello la discusión en torno a la vacuna tiende a dejar de ser un asunto científico para asumirse como un debate político. El efecto de esta situación es el de la confusión y desinformación generada, tanto en las sociedades como, en particular, en los equipos de salud.

Los gobiernos son las instancias en los que los “detalles técnicos”, en esta etapa del proceso de la pandemia deberían abordarse. Ello resulta difícil, a la luz del manejo que muestran varios gobiernos, como por ejemplo el de EEUU, donde el tema simplemente se encuentran desatendido, o el de Argentina, donde el gobierno se contradice al promover masivos actos de concentración por un lado y por otro al llamar a esa misma población a adoptar nuevas medidas de confinamiento o el de Bolivia, donde el absurdo lleva al hoy partido de gobierno (caracterizado por sus inclinaciones delincuenciales) junto a una mayoritaria población, a dejar el tema en manos de quienes aseguraban que el covid-19 era simple propaganda imperialista o que comiendo chuño (papa deshidratada) podría superarse la infección. Así las cosas, desde el lado de los gobiernos, este tiempo de los “detalles técnicos” (y en los detalles se encuentra la definición) muestra todas las señales de un tiempo malgastado.

En el lado de la sociedad las cosas tampoco se muestran mejor. La gran desinformación sobre el estado de la pandemia, de los sistemas de salud, del avance científico de las vacunas, incentiva el relajamiento social en el cumplimiento de las medidas de seguridad sanitaria. A la desinformación se suman las presiones económicas que soportan en particular la mediana y la pequeña empresa, así como los trabajadores por cuenta propia. En no pocos casos debe añadirse también el accionar de los gobernantes, como factor motivante para el relajamiento social. Las consecuencias de esta negativa combinación no únicamente se circunscriben al ámbito de la salud, sino alcanzan también al orden político y la estabilidad social.

En lo que hemos llamado “fase crítica” del proceso de desarrollo de la pandemia tenemos, por tanto, el cultivo de factores cuyos efectos perversos van más allá del problema sanitario. En este orden, es una posibilidad la conversión de gobiernos democráticos a posturas autoritarias o en definitiva, el viraje de grandes sectores de las sociedades hacia la simpatía con regímenes totalitarios, para no hablar ya de situaciones de ingobernabilidad. Aunque diferentes, cada una de estas posibilidades hablaría del fracaso en el manejo de la pandemia, en esta fase crítica.

El carácter crítico de esta fase viene, pues, dado por la urgencia de controlar al virus y hacerlo de manera global, sin contar para ello, empero, con una vacuna confiable, ya que éstas aún se encuentran en fase de elaboración. El que alguno de estos proyectos de vacuna (como los del consorcio norteamericano-alemán, el de Rusia o el de China) se encuentran en la tercera fase de su elaboración y a punto de ser ofertado, nos adelanta requerimientos no menores. Exigencias que van desde la propia logística internacional y nacional, hasta la continuidad del control epidemiológico de las poblaciones (con el cumplimiento de las medidas básicas del uso del barbijo y el distanciamiento físico de la ciudadanía), pasando por la difusión amplia de información y sensibilización social (muy difícil en medio de tanta TV-basura y medios similares) y la planificación de la aplicación de la vacuna, en una primera etapa. ¿Quiénes deberían ser, para beneficio de la población, los primeros en recibir la vacuna? ¿El personal de mayor riesgo, es decir, el personal de salud? ¿La población económicamente activa? ¿Los gobernantes (no creyentes en la seriedad de la pandemia y propagadores del relajamiento social)? Para nosotros, por supuesto, el personal de salud.

Como se observa, en esta fase se trata de un trabajo de precisión, debido a la necesidad de individualizar a los beneficiados con la vacuna, en una primera etapa. Se entiende que esta primera etapa no puede sino derivar en las sucesivas etapas, hasta alcanzar la cobertura global de la población. Hablamos -se diría- de la necesidad de contar con un modelo de planificación modular, secuencial y simultáneo a la vez, apto para responder a la presión múltiple: el agresivo avance del virus, la falta de credibilidad en los sistemas de gobierno y la presión económica-laboral de amplios sectores de la población.

Omar "Qamasa" Guzmán Boutier es sociólogo y escritor.

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