Opinión

7 de enero de 2020 09:55

México y España, injerencistas de segunda

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La injerencia mejicana y española en la vida política de nuestro país parte de una equivocada apreciación del Estado boliviano, por lo que los objetivos que ambos países buscan (la protección a los ex-ministros de Evo Morales, frente a su inevitable comparecencia ante la justicia boliviana) son simplemente irrealizables. Mientras la injerencia mejicana comenzó a los pocos días de la renuncia de Morales, la injerencia española acaba de sumarse (hablamos del pasado viernes 27 de diciembre) a este atropello. Resulta claro que ambos países ignoran al principal componente que dota, a cualquier Estado, de fortaleza: su sociedad. No tomar en cuenta a este componente ha llevado a históricas derrotas en el mundo y también en Bolivia.

Injerencia es, dicho en breve, la intervención de un gobierno extranjero en la vida política de otro país, con la finalidad de influir en el juego político interno, en beneficio de determinados actores políticos, funcionales a los intereses del gobierno interventor. Desde que se asilaron numerosas autoridades del otrora gobernante Movimiento al Socialismo (MAS) en la embajada mejicana en La Paz, el gobierno mejicano ha ignorado todas las convenciones internacionales sobre la materia. Tal fue así que las instalaciones de esa delegación diplomática se convirtieron en simple alojamiento transitorio para los “asilados” del MAS, de las cuales salían y entraban como Pedro por su casa. Algunos salían para acudir a reuniones promovidas por la mediación internacional, otras para organizar manifestaciones en contra del nuevo gobierno de Jeanine Añez.

La falta de voluntad de la cual hacía gala el presidente mejicano, Andrés López Obrador, continúo con la presencia de Evo Morales en ese país. López Obrador permitió a su amigo caído en desgracia no solamente realizar febril actividad política en su territorio, sino utilizar el mismo para convocar abiertamente a la sedición y al terrorismo, a sus seguidores en Bolivia, particularmente a los productores de coca del Chapare.

España, por su parte, se sumó con una inexplicable arrogancia a la agresión en contra de Bolivia y de nuestros esfuerzos, por normalizar la vida democrática y mandó un pequeño comando compuesto por ocho miembros de sus fuerzas de seguridad y expertos en la extracción de rehenes. Este grupo acompañó a la representación diplomática española que visitó la sede de la diplomacia mejicana donde se encuentran los “asilados” masistas, con la indisimulada intención de liberar, al menos a alguno de ellos, acusados por la justicia boliviana de corrupción y terrorismo. Sorprende la frágil memoria del gobierno de Pedro Sánchez (que para el día de la intervención de su representación diplomática en La Paz, ya tenía asegurada su elección como para continuar de presidente español) en relación al daño que un once de marzo causara el terrorismo en España. Desprovisto de toda memoria (es algo que debería preocupar a la población, no boliviana claro sino española) y con el beneplácito de su partido aliado, el izquierdista Podemos y fiel amigo de los dictadores Maduro, Ortega y Morales, simplemente se hizo de la vista gorda ante la acción de los agentes, compatriotas suyos, encapuchados y armados en La Paz.

El equívoco -decíamos- parte de la ligera evaluación que México y España hicieran del Estado boliviano. Este equívoco les ha llevado a considerar al Estado de nuestro país como un Estado débil, frente al cual bastaría desplegar el burlote de viabilizar la escapatoria de los ex-ministros de Morales mediante el atropello a las convenciones internacionales. Para completar la torpeza al gobierno español no se le ocurrió nada mejor que fraguar los papeles con las que los agentes “expertos” de ese país viajaron al nuestro. Pero volvamos a la equivocación y preguntémonos, en sentido inverso del “razonamiento” que guiara a los gobiernos de ambos países intervencionistas; ¿de dónde sale la fortaleza del Estado boliviano, en estos tiempos? No, ciertamente de sus instituciones sino, como no podía ser de otra manera para el caso, de la sociedad. Aquí entramos al ámbito de la discusión en relación a la ecuación Estado – sociedad.

El mundo conoce grandes errores derivados de equívocos similares: Hitler respecto a la sociedad de la ex-Unión Soviética, Estados Unidos en relación a Vietnam y Cuba, el “Che” Guevara en relación a nuestra sociedad y ahora México y España, también respecto a Bolivia. En todos los casos fue la sociedad la que dotó de la suficiente fortaleza a sus respectivos Estados como para superar las amenazas que sobre ellas se ensayaron. En la guerrilla del “Che”, por ejemplo, la razón de fondo de su fracaso estuvo dada por la no correspondencia entre el proyecto que pretendía y la sociedad sobre la que se desarrollaría ese proyecto. Recuérdese que la presencia guerrillera fue alertada muy tempranamente por los campesinos de la zona, cuando la guerrilla ni siquiera se había terminado de instalar. Al respecto Zavaleta Mercado preguntaba si la actividad de los campesinos era delación y se respondía que en realidad no lo era, porque ese comportamiento corresponde a hombres organizados. Los campesinos de la zona informaron a sus dirigentes acerca de esa extraña presencia y siendo el sindicato entonces una extensión del Estado, terminaron proporcionando a éste una información de importancia estratégica.

Ese mismo nivel de alerta y organización precipitó, pues, el viernes 27 de diciembre, en la zona sur de La Paz, el fracaso del burlote mejicano-español. El estado de alerta y la auto-organización de los vecinos de la zona en la que se encuentran las instalaciones diplomáticas de México, echaron por la borda la cuidadosa planificación de los “expertos” españoles. Lo mismo habría ocurrido si las instalaciones en cuestión se encontraran en otra zona o incluso en otra ciudad, porque es la sociedad boliviana toda la que se encuentra en estado de auto-organización y alerta. Si hay una voluntad nacional general, ésta es pues la de preservar y consolidar la democracia, reconquista de manos de la dictadura delincuencial que encabezaba Evo Morales. A esta misma tendencia nacional corresponde la digna respuesta del gobierno de Jeanine Añez al declarar personas no gratas a los diplomáticos de ambos países injerencistas. En contrapartida, pero, la intención del partido de Morales -o sea el MAS- de interpelar en el parlamento a los ministros por esa actitud gubernamental, es la muestra de un anti-patriotismo galopante en ese partido, cuando de proteger a delincuentes se trata.

Resulta claro, por lo tanto, que tanto México como España subestimaron el espíritu democrático de la sociedad boliviana y el respaldo que ello significa para el Estado en esta época. Atropello que tuvo la ridícula parafernalia de las armas y las capuchas, porque aquél pintoresco comando de “expertos” españoles fueron de inmediato puestos en fuga, por la presencia de los vecinos de la zona. En verdad vivimos tiempos confusos en el mundo. Sociedades democráticas, que derrotan a dictaduras delincuenciales y terroristas, son acechadas por gobiernos “democráticos” y éstos, a su vez, reciben el respaldo solapado de su continente (como la Unión Europea), a pesar que aquél continente es uno de los más castigados por el terrorismo.  

Omar Guzmán es sociólogo y escritor

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