Opinión

9 de marzo de 2019 11:30

Lenta sangría venezolana


La intención de ingresar la ayuda humanitaria internacional a Venezuela, el pasado sábado 23 de febrero y su fracaso, así como la resolución del denominado Grupo de Lima (que agrupa a varios países del área, empeñados en el esfuerzo por ayudar a la sociedad venezolana a recuperar la democracia) reunido en la capital colombiana, Bogotá, el lunes 25 para debatir la situación, han puesto en consideración la evidencia del desbalance de la eficacia entre la presión interna y la presión externa sobre la dictadura venezolana de Nicolás Maduro. Este desbalance, a su vez, testimonia la encrucijada en la que se encuentra la lucha de la mayoría de la población de Venezuela por liberarse de un gobierno dictatorial y corrupto como el de Maduro. Lo cierto es también que ese desbalance al mismo tiempo adelanta ya el carácter y las perspectivas que podría tener la resolución de la crisis en aquel país. 

Aunque en la coincidencia al rechazo a Maduro entre ambos tipos de presión, la externa muestre una mayor preponderancia, no perdamos de vista que lo verdaderamente importante es siempre la presión interna. Lo que hace una sociedad en relación a su gobierno es lo que importa, porque refleja el grado de conciencia histórica y la asimilación de las experiencias políticas alcanzadas por esa sociedad. Conciencia histórica y acumulación de experiencias son los elementos sobre los que se asienta precisamente toda movilización social de magnitud nacional. Por ese motivo, el que la presión interna sea débil e insuficiente para dar fin con un gobierno delincuencial, nos habla de la historia política de una sociedad; para el caso de Venezuela. 

Al igual que en el resto de los países latinoamericanos, también en Venezuela predomina la brecha de la diferenciación social y económica. Consiguientemente fueron, en términos generales, similares los contenidos de la crítica social a esa situación, principalmente de intelectuales y sectores universitarios de la clase media. Retengamos la idea que, históricamente, se trató de sectores minoritarios en esa sociedad. A pesar que el eje de aquellas críticas se centraba en la desigualdad social, la defensa a las libertades de asociación y de expresión entre otras era asumida como un requisito, que se las daba por sobre entendidas en la lucha social. 

No puede decirse que a lo largo de la historia la lucha social hubiera sido un esfuerzo de la mayoría de la población venezolana. Al contrario, lo predominante de esa mayoría era la preferencia por actividades sociales frívolas, como la elección de misses para todo y nada. El efecto de esa costumbre fue una alta dosis de vanidad y bajos niveles de politización. Así, aunque el acento de las minorías críticas asumía la defensa de la libertad como parte de la lucha social, se entendía esa libertad como la de las libertades colectivas, presumiendo que ellas también comprendían a las libertades individuales. Sin embargo, no resulta exacto pensar que ambos tipos de libertades fueran equivalentes. 

Ahora, enfrentada a la dictadura de Maduro y con una pobre experiencia en las luchas sociales, la mayoría de la sociedad venezolana solamente atina a la protesta genérica, en defensa de las libertades democráticas. Pero, aunque la protesta involucre hoy a la mayoría de esa sociedad, no alcanza a tener un impacto estatal. Hablamos de una mayoría, pero sin efecto estatal; que es casi como el mismo concepto de Lenin, pero con un razonamiento en sentido inverso. Recordemos que en Lenin la noción de “mayoría de efecto estatal” no hace referencia a una mayoría numérica, sino a una en la que, aun siendo numéricamente reducida, impacte sobre el Estado, su economía y en último término, sobre su soberanía o autoridad. Nada de ello ocurre en Venezuela, a pesar que es la mayoría de la población la que se opone a Maduro. No se trata, como podrá entenderse, de un empate social entre oficialistas y opositores, sino -si se quiere- de un empate político. 

Además de esta primera causa hay que considerar el pobre desarrollo democrático institucional del país. En este caso, la debilidad de las instituciones democráticas dificulta también que la mayoría de la población opositora al gobierno logre provocar impactos sobre el Estado. En ese sentido, esta debilidad estatal bien puede considerarse como una suerte de “zona de encuentro” entre el proyecto dictatorial de Maduro y la oposición democrática. De esta zona o intersección entre gobierno y sociedad se beneficia en definitiva el gobierno. La sociedad, al contrario, se ve obliga a expresar su oposición de manera pobre, en términos aún más genéricos de los que ya lo hacía. La finalidad de esta formulación es, claro, convocar a la protesta, incluso a los sectores de la base social del gobierno. 

Como una conclusión parcial tendríamos, entonces, que estamos ante una formulación genérica, de la propuesta de la sociedad. En un extremo y con la vana ilusión de convocar a la base social de Maduro, la oposición se expresará no únicamente en términos genéricos, sino incluso bajo formulaciones no muy claras. Con todo, se trata de casi inútiles esfuerzos porque en medio de la crisis, la prebenda, el chantaje y el soborno resultan mecanismos eficaces de sujeción a una sociedad (o al menos a una importante parcialidad de ella) entrada en desesperación y caracterizada por sus bajos niveles de politización. 

En estas condiciones, la presión externa, en respaldo a la presión interna, vino adquiriendo cada vez mayor importancia en la lucha contra la dictadura. Sin embargo, dadas las características anotadas, la presión externa tiende a adquirir un rol protagónico en esta lucha. Y aquí las cosas se complican. Ante la debilidad de la presión interna y el cada vez mayor rol de la presión externa, la nueva configuración de la oposición a Maduro bien puede interpretarse como intervencionismo. Por supuesto que se trata de una interpretación distorsionada, pero difundida  por la corrupta dictadura venezolana y compartida por sus similares, los gobiernos de Nicaragua y Bolivia (sus únicos aliados en el hemisferio), para levantar una cortina de humo. 

La apariencia a intervención se incrementa debido a las ansias de impulsar una acción militar, que el gobierno norteamericano de Donald Trump no disimula. En realidad, la cada vez mayor importancia que adquiere la presión externa alienta a los grupos más conservadores y depredadores que sustentan a Trump. El interés de estos grupos es, sin más ni más, literalmente “hacerse” de Venezuela y de sus recursos naturales. Pero, ¿por qué no prospera la intervención militar, si una de las naciones más poderosas del planeta -Estados Unidos- así lo exige? No se debe, claro, a una supuesta “heroica” resistencia del ejército venezolano. No se debe, porque en el debacle institucional que vive Venezuela, su ejército no se encuentra en condiciones de oponerse a ninguna intervención; y no precisamente por la carencia de armamento. Es en verdad algo de gran importancia, porque estamos hablando del quiebre del último recurso o núcleo irreductible de un Estado, como lo es su aparato represivo. La continua deserción de jefes militares y policiales hablan de un quiebre institucional en el ejército y la policía venezolanas. Pero, lo llamativo es que con tantísimos desertores de las filas de la dictadura, la oposición no hubiera podido articular todavía un ejército paralelo. 

En tales condiciones desastrosas de la defensa militar venezolana, entonces ¿por qué no se interviene militarmente ese país, como Trump y sus halcones proponen? No se lo hace, porque los propios aliados en la presión internacional contra Maduro (y asociados en el Grupo de Lima) están en desacuerdo con ello. Aquí, el pasado de intervencionismo militar y saqueo de los recursos naturales en los países latinoamericanos cobra su precio. Este mismo razonamiento puede formularse si decimos que el intervencionismo norteamericano, que anulaba la soberanía de las sociedades, ahora se ve impedido de ayudar a una sociedad a recuperar al menos su soberanía, luego de que ésta fuera secuestrada por un grupo delincuencial, encaramado en el poder. 

Para la resolución del dilema hay que volver a las evidencias y encontrar en ellas el difícil camino del equilibrio, entre los diversos opositores a Maduro. Así, siendo evidente la mayor importancia que asume la presión externa, ésta se encuentra en un estado de virtual inmovilización, dada la presión norteamericana por la intervención militar y la oposición del Grupo de Lima a ella. El desbalance a favor de los países latinoamericanos tendrá que venir entonces con la incorporación de nuevos actores de importancia estratégica en la región, como podría representarlo México. Debe recordarse que este país no forma aún parte de la presión internacional. Este hecho ha permitido a Maduro, hasta ahora contar con ciertos grados de cobertura diplomática; esto es, con respaldo, no importa si encubierto, dentro de la región. 

La incorporación de México a la presión internacional parece adquirir, por tanto, gran importancia para el quiebre de la situación de inmovilización que muestra la actual situación. Obviamente no hablamos de la importancia de esta eventual incorporación por motivos militares, sino por razones políticas. La dinámica post-fracaso del intento de hacer llegar la ayuda humanitaria a la población venezolana parece moverse en esa dirección. Y aunque continuara prevaleciendo la importancia de la presión internacional por sobre la presión interna, en esta prevalencia, la limitación a la indisimulada intención de la administración norteamericana de dar rienda suelta a su voracidad puede marcar la diferencia. De todas maneras, con la resolución de esta controversia entre los miembros de la presión internacional se dará inicio a la cuenta regresiva de la existencia de Maduro. Por lo que puede concluirse que la existencia de éste no es tanto fruto de su (inexistente) fortaleza como para hacer frente a casi todo el mundo, sino por la debilidad que la oposición, tanto interna como externa todavía muestran. 

Omar Qamasa Guzman Boutier es escritor y sociólogo

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