Opinión

14 de junio de 2020 10:54

El sustrato social en la pandemia del covid-19


Tras toda acción social subyace un modelo de pensamiento, un modelo mental, dentro de cuyos principios se estructuran las ideas que devendrán en acciones. Desde este punto de vista, en último término son concepciones las que rigen la historia y las que se enfrentan entre sí. En los hombres, las clases sociales o en general, las sociedades, las acciones serían entonces la concretización de esos modelos y para alguna corriente historiográfica, la manera en que se manifiesta la historia.

Teniendo en consideración este supuesto pensaremos en el sustrato social que se expresa por medio de la actual pandemia del coronavirus (covid-19). El modelo mental que genéricamente denominamos “pensamiento occidental” se basa en el Uno, en la unicidad, en la individualidad. En torno a estos principios construye un modelo social en el que la individualidad es el elemento dominante y decisivo. Tal es así que incluso la lengua de estas sociedades muestra características en correspondencia. De ahí que destaca, en este modelo con más fuerza que en otros, el carácter egoísta y a la larga, depredador para con su contexto. Este modelo ha estado presente tanto en las causas que provocaron las diversas pandemias, como en la manera en que es afrontada la actual pandemia y estará también presente en las políticas que ya comienzan a diseñarse para afrontar luego la crisis Integral.

Desarrollaremos estas líneas destacando algunas consideraciones en torno al modelo social de la univocidad, a la luz de breves punteos en torno a la historia. Recordemos que el covid-19, al igual que otras pandemias (SARS, gripe porcina, Ebola, etc.) se ha originado en la transmisión de un virus de un animal al hombre para después ser transmitido de persona a persona. La convivencia entre el ser humano y los animales se inició con la domesticación de estos últimos, hace 10.000 años. A esta convivencia, además del crecimiento de las poblaciones humanas en espacios reducidos (aldeas, pueblos, ciudades) con el tiempo, debemos añadir la constitución de un primer modelo mental y gracias al cual podemos hablar de la aparición del homo sapiens. Se trata del modelo conformado hace 50.000 años, caracterizado por la visión organicista y animista del mundo. Las lenguas que le corresponden serán lenguas aglutinantes; distintas al modelo de la univocidad, cuyas lenguas son aislantes. Es mucho después -500 años antes de nuestra era- que surgirá el modelo mental basado en el Uno para dar lugar, en el plano social, más tarde al modelo basado en la individualidad. Sin embargo, será este último el que adquiera mayor importancia en todo el mundo, mientras que el anterior modelo resultará relegado, preservado principalmente entre los pueblos indígenas, junto a quienes languidecerá notoriamente durante los últimos cinco siglos.

Es verdad que la convivencia entre humanos y animales genera en las sociedades, más allá de los distintos modelos mentales, el riesgo de la transmisión de virus de animales al hombre, pero es igualmente cierto que la forma en la que uno u otro modelo administran esa convivencia acelera o retrasa considerablemente esas transmisiones. En concreto, es el modelo mental de la univocidad, de la individualidad, el que aceleró el proceso porque, conceptualmente, aísla al ser humano del resto de los seres vivos y coloca, dada su visión antropocéntrica, al hombre en la cima de todo ser vivo del planeta. La licencia para que los humanos dispongan de todo ser vivo, de sus espacios de hábitat, reduciéndolos cada vez más en una prolongada práctica de ecocidio, fueron los caminos por los cuales este modelo social impactó en el mundo.

La modernidad, nacida a fines del siglo XVIII con la revolución francesa, agudizó las características depredadoras del modelo y la revolución industrial, un siglo más tarde, completó la invasión a todos los nichos ecológicos, al ir en busca de materias primas para la producción masiva, extraídas de la tierra y de la flora. Junto a ello también se darán acciones destinadas a la propia organización política, económica y social. Sin pretender reducir estos complejos desarrollos al ámbito económico, puede decirse que, efectivamente, las condiciones materiales de la vida determinan en último término las formas de la organización de la sociedad. Pero, como todos estos desarrollos se operaron bajo la orientación social del modelo basado en el Uno, en las sociedades mismas terminó por consolidarse una mentalidad bajo esos patrones y el resultado fue una rápida y muy pronunciada estratificación social, semejante a una pirámide, con minúsculas cúspides y una amplia base social. Incluso los intentos colectivistas del “socialismo real” no lograron escapar del modelo, ya que reprodujeron las estratificaciones, las élites de privilegiados, aunque bajo denominaciones diferentes. Charles Bettelheim, a fines de la década de 1970, acuñó el término de “burguesía burocrática” para referirse a esa configuración, muy notoria en la ex-Unión Soviética. Además de este distintivo, el “socialismo real” también compartía el carácter depredador para con el medio ambiente, fruto de la industrialización acelerada, según puede apreciarse hoy con claridad en la república China.

Los conflictos bélicos, como las dos guerras mundiales del pasado siglo, fueron los mecanismos de reacomodo de los posicionamientos económicos y en este sentido también actuaron como mecanismos para la solución de las propias dificultades productivas y financieras de las potencias. En cada una de las acciones siempre estuvo presente el modelo del Uno; modelo no solidario sino aislacionista y dominante frente a los otros. El individualismo posesivo, que impulsara fuertemente el desarrollo industrial al inicio del capitalismo, consideraba a la fuerza de trabajo (i. e., al hombre) como algo fácilmente reemplazable y de menor valor aún que los propios medios de producción. 

Durante el capitalismo salvaje, cientos de miles de trabajadores, mujeres y niños fueron sacrificados, gracias a prácticas productivas depredadoras, socialmente aceptadas. Las políticas del liberalismo radical, durante las últimas décadas del pasado siglo, fueron la sistematización extrema, en el plano económico, de aquellos supuestos. Por ello, nociones tales como el “bien común”, lo “público”, tuvieron tanto valor para la protección a la amplia base de la pirámide social. Se entiende que a lo largo del tiempo las políticas específicas han respondido al individualismo, en unos períodos con mayor fuerza que en otros, pero en todos los casos han estado circunscritos al modelo de la univocidad. No es que no hubieran corrientes de pensamiento diferente; existieron, pero estas corrientes han sido marginales, recluidas poco menos que al olvido: Baruch Spinoza, Giambapttista Vico, entre los clásicos y Kosselleck, Lenkersdorf, Benjamin, Temple, Romero, entre los modernos, son los exponentes de estas corrientes críticas.

Es pues el dominio del modelo mental con base al Uno el que actúa como plataforma para la toma de decisiones y el desarrollo de acciones sociales. En ello hay una continuidad en el tiempo que antecede a cada situación de crisis, sea sanitaria, económica o política; permanece durante el tiempo de la crisis y continúa durante el período post-crisis. Así fue en las crisis económicas de distinto tipo: 1863 en EEUU, 1933, 1946 en la post-segunda guerra mundial, 1981, 2008 y hoy, en la crisis económica a raíz de la pandemia del covid-19.

Todas estas consideraciones tienen vigencia para la evaluación de la crisis Integral de hoy; desde la crisis sanitaria, hasta la económica. Veamos. Al comienzo de la llegada de la pandemia a Europa, la enfermedad golpeó duramente a Italia y España. Más allá de la responsabilidad directa de los gobiernos en ello, en contraposición en países tales como Alemania, no únicamente por la responsabilidad de sus gobernantes y la disposición de recursos materiales y humanos, la agresividad de la pandemia pudo ser controlada y su sistema sanitario no se vio rebasado como ocurriera en Italia y España. Ambas situaciones, una de extrema dificultad y otra de cierta holgura, coincidieron en el tiempo, pero el gobierno alemán no tuvo la idea de acudir en auxilio a sus vecinos y socios de la Unión Europea. Fue Cuba, país caribeño y de escasos recursos quien, en solidaridad con los países europeos, envió brigadas de médicos. ¿Por qué no se solidarizó Alemania? Porque no está en su pensamiento hacerlo; porque el liberalismo radical e individualismo no comparten los valores de una visión aglutinante de la vida que -hay que reconocerlo en este hecho puntual- alimenta los principios de la solidaridad internacional cubana.

Lo mismo ocurrirá en el campo económico. En este caso, la mentalidad basada en el Uno se manifiesta en aislar la problemática económica de la problemática sanitaria. En realidad, esta manera de ver los problemas se expresa precisamente en la diferenciación metodológica de la problemática económica de la problemática de salud. En este sentido, las causas vinieron de muy lejos, imposibilitando pensar la economía juntamente a temas no solamente muy cercanos a ella (como la política o la temática del Estado), sino con temas aparentemente más lejanos como es en la actualidad la salud. Así se entiende el por qué se ha tratado a la economía como algo separado del problema de la salud, durante la presente pandemia.

La perspectiva para abordar el estallido de la crisis económica dan todas las señalas que ese seguirá siendo el curso a seguir. A la vez resulta claro que dentro de este enfoque, el proceso tiende a ordenar a los actores según el modelo de la unicidad. Por ello nadie debe extrañarse que los mismos que provocaron esta situación desastrosa, las mismas políticas que llevaron a la crisis financiera última del 2008, serán los mismos que se beneficiarán de la actual crisis Integral, aplicando las mismas políticas del pasado inmediato; políticas que desmantelaron los sistemas públicos de salud, por ejemplo. Claro que bajo esa perspectiva y el dominio abrumador del modelo mental de la univocidad, resulta difícil pensar la crisis económica y la crisis de salud como una unidad compleja, compuesta por diversidades.

Sin embargo, el impacto de la pandemia es de muy grandes proporciones que, desde el análisis, demanda rebasar los límites del modelo mental del Uno. Pero, ¿por qué les resulta a los gobiernos casi imposible rebasar esos límites y abordar la crisis Integral desde una perspectiva holística? Además, por supuesto, de la gran vigencia del modelo mental según vimos, están también los intereses sectoriales, corporativos, que alimentan en provecho particular la vigencia de un modelo mental del todo insuficiente para afrontar la crisis. Esos intereses mezquinos intentan perpetuar las causas que provocaron estos lamentables resultados de pérdida de vidas humanas y personas infectadas por el covid-19.

Con todo, lo interesante es observar el comportamiento de la sociedad. A corto plazo, es verdad, las reacciones sociales tienen motivaciones inmediatas: sancionar la irresponsabilidad de los gobernantes, subsanar la falta de recursos materiales y humanos en los sistemas públicos de salud; pero es innegable que el malestar dejará huellas críticas para el mediano y largo plazo. 

Así, reacciones sociales, en apariencia no vinculadas a la crisis, expresan hoy el estado de predisposición de la población a cuestionar los fundamentos que han llevado al manejo defectuoso de la crisis Integral. ¿Qué más crítica profunda que pedir la disolución de la institución policial, como lo hacen miles de manifestantes en EEUU (una sociedad no precisamente inclinada a demandas radicales) y México? Para quienes no alcanzan a comprender la dimensión de estas críticas sociales, en el marco de la actual crisis, digamos con claridad que lo que están exigiendo esos manifestantes es la modificación del Estado, nada menos que a partir de una de sus instituciones fundamentales, en el ámbito de la fuerza pública.

 Por nuestra parte, hemos tratado de centrar la reflexión en la perspectiva de la crítica social que comienza a surgir, desde el supuesto de base como es el modelo mental de la univocidad que lleva lenta pero de manera segura a la humanidad a un callejón sin salida. 

Omar Qamasa Guzmán es escritor y sociólogo

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