Opinión

29 de mayo de 2018 10:16

Democracia y matonaje


Denominaciones tales como democracia autoritaria, democracia represiva o democracia dictatorial hacen referencia a las características antidemocráticas que la democracia asume en diversos países. Pese a las grandes diferencias, gobiernos como los de Trump (EEUU), Putin (Rusia), Maduro (Venezuela), Ortega (Nicaragua) o Morales (Bolivia) tienen en común el haber vaciado al sistema democrático de su contenido democrático, reemplazándola por prácticas antidemocráticas. Las causas que dieron lugar a este tipo de gobiernos, a pesar de la particularidad de cada caso, también presentan elementos comunes: la crisis previa de la democracia, la crítica al establishment político y los cambios económicos.

Para los fines de este artículo será entendida la democracia como sistema político. En el sistema democrático convencional destaca la impersonalidad del poder, por cuanto éste, formalmente, se encontraría más allá de las clases sociales. En este orden, el Estado democrático representaría no a un grupo o clase social en particular, sino a la sociedad toda. En el marxismo se habla de la autonomía relativa del Estado, para referirse a la distancia entre grupos sociales particulares y poder político; por su parte, en la teoría liberal se habla de la división de poderes, como requisito institucional para evitar la concentración de poderes, es decir, la personalización del poder. Si a algo nos obliga la experiencia del gobierno de Allende, en Chile, hace más de cuatro décadas, en materia de teoría del Estado, es en reflexionar en torno a la necesidad de combinar teorías de dos nomenclaturas distintas (la marxista y  la liberal), respecto a un mismo problema. A la luz de la experiencia de la crisis de los Estados democráticos, esa exigencia es hoy pertinente, especialmente en nuestro continente.

Por ello, antes de hablar de contenido de clase del Estado democrático importa entender al Estado como el escenario al que concurren las clases para relacionarse. En todo caso, el requisito para ello será el de la institucionalización de la democracia, por cuanto así puede la sociedad hacer llegar sus demandas al Estado y éste absorber -y por tanto procesar- el “ruido de la sociedad”. Se entiende que el sistema democrático no tiene la función de solucionar ni problemas sociales, ni problemas económicos, sino la de facilitar al Estado procesar y administrar dichos problemas. El margen de tolerancia de tales problemas se encuentra, pues, en que los mismos ocurran en los marcos del sistema democrático del Estado.

Recordemos ahora que la crisis de la democracia viene de lejos, por lo que podríamos referirnos, en la actualidad, a una nueva fase de esta crisis. Anteriormente hablábamos de la crisis de representatividad al momento de evaluar la salud de la democracia. Aquella situación posibilitó precisamente la crítica al establishment político y la crisis de gobernabilidad porque, en definitiva, la baja representatividad de las instituciones democráticas llevó al rebalse de las iniciativas y acciones de la sociedad. A su vez, la pobre representatividad tornaba a las instituciones formalmente democráticas en instituciones de “oídos sordos”, con respecto a la sociedad. La crítica de la sociedad a esa situación abarcó a la totalidad de un modelo venido a menos. Dentro de ese  torrente crítico también hemos de mencionar a los sectores sociales emergentes, como los campesinos, las burocracias sindicales y los grupos medios marginados.

Fueron estos sectores emergentes quienes desplazaron al establishment e inicialmente se beneficiaron con el alto grado de legitimidad que suponía formar parte de la corriente crítica. En esta suerte de “rotación” de las élites no debe olvidarse que varios grupos emergentes eran, a su vez, portadores de las tradiciones más antidemocráticas de la izquierda, como son las concepciones stalinistas, guevaristas o militar-nacionalistas. Explicable porque, formados bajo el constante atropello de sus Estados y el amago insurreccional, como mecanismo de rechazo a las políticas extremistas impuestas de libre mercado, desarrollaron una pobre vida democrática representativa. Así, al momento de la sustitución de las élites tradicionales aplicaron una visión política que concibe al mundo formado por amigos – enemigos.

Además, entre otra de las causas de la actual crisis de la democracia se encuentran los cambios operados en la base de la economía, es decir en el proceso de producción y en el capital mismo. Estos cambios han provocado modificaciones en la sociedad en términos del incremento de las clases medias. Con ello se ha modificado el perfil anterior de la sociedad, organizada y ordenada por la lógica de las clases polares y cuyo comportamiento político presentaba mayores grados de previsibilidad. Al contrario, si algo caracteriza a las clases medias es un comportamiento imprevisible; lo que, sumado a los efectos del resto de las causas, ha configurado el actual cuadro, apto para gobiernos autoritarios, escudados tras la fachada democrática.

La reconversión de la democracia en antidemocracia es el resultado concreto de ello. La manifestación de este proceso es el atropello a los derechos democráticos. Los gobiernos de Rusia, Venezuela, Nicaragua y Bolivia, representan el extremo del engaño que esa fachada pretende cubrir, se muestran incapaces siquiera para dialogar con el fin de encontrar acuerdos básicos con sus respectivas sociedades. El burlote “electoral” innombrable de Venezuela, las matanzas en Nicaragua y las muertas en protestas sociales en Bolivia, grafican el total desprecio de estos gobiernos a la dignidad y a la vida humanas.

Claro que esos manotazos de ahogado no detienen las pulsiones democráticas de las sociedades. Ante la ausencia de mediaciones democráticas, a raíz de la desinstitucionalización que impulsan estos gobiernos, la sociedad se expresa por medios no estatales, sino a través de los mecanismos creados por ella misma. En tal sentido, la aparente fortaleza de estos gobiernos de “democracia del matonaje” revela su debilidad, tanto social como política. Con bajo apoyo social, sin oferta política, o sea  discurso ideológico y democrático, ya no tienen la fuerza para cohesionar a sus sociedades y solamente mantienen el control de las instituciones jurídicas, económicas y represivas por medio de la prebenda y la corrupción; signos inequívocos que transitan la última etapa de sus insignificantes existencias.

Omar Qamasa Guzman Boutier

Opinión

Noticias