Opinión

27 de mayo de 2020 16:53

COVID-19: Estado, sociedad y crisis Integral

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Es verdad; el hecho (la pandemia del coronavirus –covid-19) todavía se encuentra en pleno desarrollo y podría pensarse que resulta prematuro intentar un balance de esta experiencia. Sin embargo es posible, estableciendo algunos límites, emprender el intento. Nuestra delimitación nos permitirá circunscribir estas líneas a tres temáticas: la pandemia del covid-19, el Estado y la sociedad; todas ellas bajo el supuesto de la crisis Integral desatada por el coronavirus. Bajo ese orden expondremos el tema, intentando un cierre, con las consecuencias que la crisis Integral genera. 

La crisis provocada por la pandemia impuso exigencias integrales al mundo, adelantando futuros cambios a nivel global. Esta crisis abarca principalmente los campos de la salud, la economía, la política y al sector alimenticio. Al mismo tiempo involucra a todos los Estados y las sociedades, así como a las reacciones de éstas, en los campos afectados. En cada campo, a su vez, emergerán múltiples efectos secundarios. Podemos decir, por tanto, que la pandemia del covid-19 plantea exigencias integrales a nivel global. 

La aparición del coronavirus, en la ciudad china de Wuhan en diciembre del año pasado y su rápida expansión ha revelado la gran vulnerabilidad de la humanidad ante este tipo de enfermedades. La agresividad de este virus se manifiesta en la velocidad de los contagios y en el ritmo de las infecciones. Desde ya, al momento de escribir esta columna, el número de muertos que ha superado en casi el doble, al que a su turno provocara la gripe porcina (180.000), a fines del pasado siglo. Esas características, junto al comportamiento de los gobiernos, han dibujado una trayectoria que marca el recorrido de las zonas focales o epicentros de la enfermedad. Primero fue China, luego Europa, después América y ahora comienza a serlo Suramérica. 

Consideraremos al concepto de Estado en su acepción restringida, es decir como los cuerpos de los administradores del Estado o, a secas, los gobiernos. La pandemia encontró Estados y gobiernos de todo tipo: desde democráticos hasta autoritarios, desarrollados (ricos) y subdesarrollados (pobres), desde gobiernos responsables hasta irresponsables, o responsables primero y luego irresponsables, desde eficientes hasta ineficientes; las combinaciones posibles son casi infinitas. Pero en medio de esta abundancia de características es posible lograr agrupaciones genéricas. 

Así tenemos gobiernos que han comenzado a vivir la pandemia, en sus países, de la forma más irresponsable posible y se han mantenido fieles a ello, a lo largo del tiempo. Ejemplifican esta categoría gobiernos tales como los de Trump en los Estados Unidos (EEUU), quien dejó boca abierta  a su equipo de expertos en salud al proponer en conferencia de prensa se inyectara desinfectante casero a los contagiados del virus (durante  la gripe española, que estalló a fines de 1917, hubo gente que aconseja fumar, para que el humo matara al virus; el presidente de la primera “potencia” mundial no está tan lejos de semejantes ideas), el de Manuel López Obrados de México, quien se jactaba estar protegido contra el covid-19 porque llevaba un amuleto, los de Bolsonaro, Maduro, Ortega, son otros tantos nombres en esta vergonzosa lista. 

Un segundo agrupamiento podrían constituir los gobiernos que afrontaron la enfermedad también de manera muy irresponsable, aunque luego rectificaron esa conducta. Claro que ello no evitó los miles de muertos que causaron a sus paisanos; aquí figurarían países como los de España, Italia, Francia, Inglaterra, China, Ecuador, Perú principalmente. Probablemente este grupo exprese de mejor manera el criterio de menos precio, prevaleciente en todo el mundo, ante la enfermedad. La injustificada arrogancia humana ha sido pues puesta de rodillas, sin compasión por el covid-19. 

En un tercer grupo incluiríamos a quienes, habiendo enfrentado inicialmente de forma criteriosa la crisis, al poco tiempo dieron muestra de irresponsabilidad llamativa; con Bolivia e incluso Argentina y Chile podríamos ejemplificar este tercer grupo. Por último tendríamos a quienes han mantenido un comportamiento responsable a lo largo de todo el tiempo. En esta última agrupación tendríamos a Corea del Sur, Singapur, Alemania, Portugal, Grecia, Uruguay y Costa Rica entre otros. 

Como se observa, en el grado en que la pandemia ha afectado a los distintos países no estamos ante diferencias debido al potencial de los Estados o del mejor equipamiento sanitario con el que cuentan. De hecho, Italia, Inglaterra o Francia se encuentran, en este sentido, en mejores condiciones que Grecia o Portugal, para no hablar ya de Uruguay, Chile o Bolivia. Es cierto, por otra parte, que la irresponsabilidad, combinada con la pobreza de un país, crean un cuadro muy parecido a las épocas del oscurantismo. En países como México, Brasil, Nicaragua, Venezuela, para no mencionar a Corea del norte, las estadísticas oficiales sobre los efectos que causa la pandemia no ofrecen la menor fiabilidad. Se trata de muestras en extremo ilustrativas de irresponsabilidad y desprecio a la vida. 

En todos los casos y sin importar incluso el grado de responsabilidad o el período en que predominó la irresponsabilidad, jugó un papel central el menudo cálculo político partidario de los gobernantes. La resistencia de Trump a la cuarentena por la paralización de la economía que conlleva, se debe en gran medida a las elecciones presidenciales de fines de año en EEUU. Aunque de distinta manera, la desesperación de López Obrador o Bolsonaro también tienen en mente el cálculo político (además, claro, de la ilusión de, aprovechando la parate económico mundial, dar el salto hacia una potencia económica haciendo funcionar la maquinaria productiva al cien por ciento). En estos casos, la disputa es contra la “derecha” del PRI para López o contra la “izquierda” del PT, para Bolsonaro. De cualquier forma, en el contexto de la pandemia, se trata de menudas peleas contra fantasmas. 

También en relación al gobierno boliviano de Jeanine Añez puede decirse que prevalece el cálculo político, en el manejo de la crisis; notorio a medida que el tiempo de duración de la cuarentena se extendía. ¿No habrá pesado el cálculo electoral para hacerse de la vista gorda a los constantes burlotes a la cuarentena, en la ciudad de El Alto? ¿Especulación? Si los propios personeros del ministerio de Salud dejaron en claro que para la suspensión de la cuarentena rígida, además de la calificación técnica-sanitaria de los niveles de riesgo en los municipios, también considerarán razones sociales y políticas. Pero más allá de este tipo de ejemplos, en los que resulta burdamente obvio el cálculo electoral, hay otros efectos de mayor impacto negativo frente al desarrollo de la crisis sanitaria y la subsecuente crisis Integral, como veremos más adelante. 

Identifiquemos en la reacción de la sociedad cuatro comportamientos que, en términos generales, se han mantenido a lo largo del tiempo. Hablamos de la incredulidad, del miedo (ante la pandemia y ante la parálisis de la economía), de la conversión hacia una demanda estatal (i.e. de autoridad suprema) y de conversión hacia un espíritu estatal (basado en iniciativas propias ante la pasividad o la insuficiente atención de los gobernantes). También aquí la combinación de estas características son múltiples, pero a diferencia de las del Estado el tiempo, como variable, incentiva no solamente la dinámica de las combinaciones sino, fruto de ello, la fermentación paulatina de materia estatal. Al contrario, en el caso del Estado, el tiempo no sólo desgasta las iniciativas que asume sino que, en las circunstancias que vivimos, no genera materia social, es decir el Estado no se torna más social. Tenemos entonces que la variable tiempo produce movimientos distintos, en el Estado y en la sociedad. No se trata únicamente de ritmos diferentes sino, en lo principal, de direcciones distintas. 

Es posible adelantar que la crisis Integral generará diversos grados de tensión social, por motivos económicos y políticos. A corto plazo, en el campo económico, estas tensiones bien pueden provocar un cuadro caótico; situación regida por “la ley del más fuerte” o por el principio del “sálvese quien pueda”. Efectivamente, la crisis desatada por el coronavirus ha actuado como acelerador en el reordenamiento económico-productivo global. Pero la aceleración que este reordenamiento pueda mostrar amenaza con hundir a corto plazo, mientras dure el reordenamiento, al mundo en verdaderas situaciones catastróficas. En esta perspectiva se inscribe la alerta de las Naciones Unidas respecto a la hambruna venidera de proporciones bíblicas, o las estimaciones de la CEPAL, para América Latina, de minúsculo crecimiento económico. 

¿Cómo responden los gobiernos a estas perspectivas? En lo que se refiere al hemisferio, casi la totalidad de los gobiernos prefieren dar la espalda a la realidad. Ejemplifiquemos esta conducta cercana al autismo con el caso boliviano, que es el que nos queda a mano. Ante reiterados y numerosos pedidos por gestionar un acuerdo nacional para aminorar la crisis alimentaria y económica que se nos viene, el gobierno de Añez responde impulsando iniciativas sacadas de propuestas electorales que su partido presentara en el pasado. En lo inmediato, se trata de propuestas irreales, por lo que han puesto en contra suya a la micro y pequeña empresa; sectores que absorben una considerable proporción de la fuerza laboral del país. Pero a mediano plazo (o sea, dentro de los próximos dos años) esa irresponsabilidad siembra las condiciones para que el país se encuentre en una situación de extrema debilidad, ante el cuadro que se avecina. Se entiende, por lo tanto, que tarde o temprano se establecerá un acuerdo nacional, referido a esos temas. Lo lamentable será el tiempo perdido, gracias a los actuales manotazos de ciego que en esta materia lanza el gobierno. En política, como en economía, el tiempo, la oportunidad en la toma de decisiones, es de muchísima importancia. 

Ya vimos la respuesta de la gran mayoría de los gobiernos en materia sanitaria, frente a las exigencias presentadas por el covid-19; manejo lamentable, por decir algo. Incluso en los casos en los que la administración de la crisis inicialmente fue loable, como en Bolivia, ella comenzó a desdibujarse y ahora el gobierno no hace sino correr tras los acontecimientos, habiendo tenido -y mal utilizado- tiempo para adelantarse a los hechos. El gobierno hizo oídos sordos ante tantísimas sugerencias para preparar al país en mejores condiciones ante el incremento del número de contagios y ahora el colapso del débil sistema sanitario está cada vez más cerca; desde ya, uno de los departamentos de este país se ha declarado como zona de desastre. Evitar que el sistema colapse parece cuestión de suerte. Subsumido el gobierno en menudos líos de corrupción, nada menos por la adquisición de imprescindibles equipos de salud y manteniendo su firme resistencia a la realización de test masivos (por claras razones electorales), la expansión del covid-19 todavía tiene un amplio campo de realización. 

Son estos comportamientos de la gran mayoría de los gobiernos, los que abonan las reflexiones críticas en la sociedad, no únicamente respecto a las políticas públicas de salud, al reordenamiento económico-productivo o a las políticas alimenticias, sino también en relación a los propios modelos políticos. Pensemos en la percepción que esta dolorosa experiencia está dejando en los hoy pre-adolecentes de todo el mundo. No cabe duda que esas generaciones, dentro de tres, cuatro, cinco décadas evaluarán de manera crítica el manejo irresponsable con la que sus mayores -o sea nosotros, en tanto generación- administraron la pandemia y la subsiguiente crisis Integral. Será entonces del todo válido, para las futuras generaciones, reflexionar sobre la pertinencia o no de dejar en manos de los “políticos” (hoy por hoy meros activistas de plaza), sin miradas de futuro y ni siquiera globales de su propio tiempo, la administración de situaciones tan delicadas como las que este 2020 ha marcado con fuego al mundo. No nos referimos al reflote de modelos anti-sistémicos de hace un siglo, sino a elaboraciones de nuevas propuestas que impulsen el perfeccionamiento de los sistemas democráticos, para que las sociedades se encuentren protegidas en tiempos excepcionales como los que hoy estamos viviendo. 

A corta plazo los movimientos en el ámbito político mostrarán pedidos de juicios de responsabilidad contra algunos gobiernos, pedidos de dimisión de otros, castigo en las urnas electorales de los demás. Pero estas reacciones, a la larga, no tendrán mayor importancia por sí mismas; lo verdaderamente importante, para evolucionar como especie humana, será el perfeccionamiento de los sistema democráticos de gobierno, para protegernos como sociedad, de los agitadores de plaza devenidos en “gobernantes”, durante situaciones como las que nos impuso el covid-19. 

Omar Q. Guzmán es sociólogo y escritor

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