1 BANNER ESCRITORIO LATERAL E

Opinión

15 de octubre de 2021 09:33

Colonización y obstáculos heredados


La llegada de Cristóbal Colón a estas tierras, en octubre de 1492, inauguró un nuevo pasaje en la historia universal y para la hoy denominada América Latina, el inicio de la colonización ibérica. Los propósitos de ésta no fueron muy diferentes a otras históricas colonizaciones, pero lo que marca la nota distintiva es la herencia que ella dejó en el continente. Durante el paso de la colonia a las repúblicas, formalmente independientes, a inicios del siglo XIX, muchos elementos de la colonización española se reprodujeron en colonizadores y colonizados.

La colonización representa un momento constitutivo ancestral. En él destaca, como uno de sus elementos, la no identificación de los colonizadores con estas tierras, a las que dominaban. Esa suerte de no apropiación real, comprensible en las primeras generaciones de colonizadores, ha continuado sin embargo en sus herederos, los criollos del siglo XIX y más tarde, en las oligarquías. También estas últimas no consideraron a estas tierras su verdadera patria, sino sólo el lugar apto para la formación de fortunas personales.

Por ello, entre los colonizadores y los colonizados estará ausente el sentimiento de pertenencia común a una patria; sentimiento ausente creado y fomentado por los mecanismos de exclusión y explotación que dejara el sistema colonial. De hecho, hasta bien entrado el siglo XX, ese sentimiento de no pertenencia común ha estado presente con fuerza y ha servido de base para el resurgimiento de posturas indigenistas milenarias en no pocos casos: Ecuador, Perú, Bolivia o Chile, donde el pueblo indígena mapuche se refería a sus connacionales como “ellos, los chilenos”, etc. La consecuencia, después de la colonia, del entrecruzamiento de visiones que ello creó es clara: un débil sentimiento común de pertenencia a una nación.

Los objetivos económico, político y cultural de la colonia también han continuado después de ella, aunque ahora impulsados por las élites criollas. En lo económico, en términos generales, el saqueo de los recursos naturales y en lo político y cultural, la dominación total al otro, racialmente distinto. Si con algún esfuerzo se intentó superar esas líneas de continuidad, éstos fueron los impulsados por los movimientos nacionalistas de la primera mitad del siglo XX. En ellos, en buenas cuentas, el acento ha estado puesto, en lo económico, en torno a la apropiación del excedente.

El fracaso histórico de estos movimientos reveló la profundidad de algunos prejuicios coloniales; prejuicios que alcanzaron a todos los estamentos y grupos sociales. Algo contradictorio, ciertamente, con los explícitos objetivos de los movimientos nacionalistas.

Desde ya, la vida política posterior a la colonia -y no hablamos sólo del siglo XIX- es regido por los principios del caudillismo, con la consiguiente debilidad democrática que ello conlleva. Ese principio ha atravesado a todas las corrientes del pensamiento político; desde el social-darwinismo, hasta las de izquierda, pasando por las corrientes nacionalistas, indigenistas y otras. El caudillismo se ha reproducido en el ordenamiento institucional, formalmente republicano, dando lugar a la fuerte figura presidencialista, en los sistemas de gobiernos de los países latinoamericanos.

Cierto es también que el éxito del caudillismo es abonado por la tradición autoritaria de los pueblos indígenas precoloniales; pueblos devenidos, en una gran mayoría, en campesinos, luego de las reformas agrarias. También lo abonaron, el legado monárquico español, expresado particularmente  en la formalidad burocrática y leguyesca; la visión totalitaria del marxismo, principalmente en sus vertientes stalinista y maoísta, así como el militarismo nacionalista. Esa amplia gama de fuentes ha copado todos los espacios de la representación pública: políticos, sindicales, estatales, corporativos. Tal es así que incluso la representación democrática ha sido impactada por ella.

En efecto, son derivaciones de la visión caudillista de la democracia, la prebendalización del voto y el clientelismo, con los que se pretende congregar la adhesión de votantes –como en estos días y de cara a las elecciones del 14 de noviembre próximo, lo practica, con ilimitado esmero, el peronismo en la Argentina. En estas condiciones, no es de extrañar que los principios liberales de la democracia mostraran, casi desde siempre, una gran debilidad y al contrario, al menos durante las dos últimas décadas, las amplias victorias democráticas, devinieran en gobiernos democrático-autoritarios.

Añadamos, para complejizar el cuadro, los efectos de la desagregación de las identidades indígenas precoloniales, hasta, en muchísimos casos, dejar en pie solamente alguno de sus elementos de su núcleo duro. En el razonamiento que seguimos, este elemento no es sino el de una mentalidad autoritaria, mediada por la prevalencia de la voluntad colectiva (el yo colectivo) sobre la voluntad individual (o yo individual). En términos de la reflexión en torno a la democracia, diríamos, el predominio de la denominada democracia popular (referida centralmente a las libertades colectivas) respecto a la democracia liberal y las libertades individuales.

En este contexto se inscribe el desarrollo de la herencia social y cultural. Tal es así que en la estructura de estas sociedades prevalecerá la alta correlación entre origen étnico-cultural y nivel socio-económico. Las profundas desigualdades socio-económicas, que caracteriza a estas sociedades, tiene un origen histórico lejano, formado durante los casi tres siglos de colonización. Pero, a la vez, esa configuración estamental del ordenamiento socio-cultural ha servido de base estructural para el surgimiento de múltiples tipos de contradicciones: étnico-culturales, sociales, económicas, ideológicas, políticas, principalmente. Contradicciones que, a lo largo del tiempo y con el fracaso de los diversos proyectos de reforma, se han acumulado y a los cuales se han adherido, a su vez, nuevas contradicciones, surgidas por el mismo desarrollo de la historia.

El cúmulo de estas contradicciones, diacrónicas y sincrónicas, no resueltas intentó ser abordado desde diferentes horizontes sociales e incluso culturales, pero estos intentos tuvieron limitados alcances, en tanto proyectos reformadores. Por medio de esta situación en realidad se expresaba la limitación de los alcances hegemónicos intentados, por lo que, visto desde una perspectiva larga de la historia, se ha configurado una suerte de “empate hegemónico” (abusando del concepto gramsciano) o una disputa hegemónica no resuelta. Por último, es también cierto que en torno a estas condiciones se han articulado los proyectos de los grupos sociales ascendentes (conformado por los estamentos dirigenciales de sindicatos, partidos políticos, élites campesinas, operadores de la economía ilegal, entre otros) bajo coberturas ideológicas y políticas diversas. 

Durante las dos últimas décadas, estos proyectos se han presentado mayoritariamente bajo un discurso de izquierda. El carácter corrupto y delincuencial de esta supuesta izquierda (el kirchnerismo en la Argentina, el MAS en Bolivia, el PT en Brasil, etc., etc.) resulta funcional para la acumulación extra-económica de capital. En ninguno de estos casos se trata de proyecto ideológico alguno, y mucho menos de izquierda.

La desproletarización que viven todas las sociedades en el mundo, a raíz de la revolución tecnológica digital impulsada por la evolución del capital, ha vaciado en gran medida de su contenido de clase al discurso marxista. Por ello, la perspectiva de la izquierda delincuencial latinoamericana, no es ni de clase, ni nacional; se limita a proyecciones particulares y de grupos de interés. Este movimiento de los grupos sociales es, como se observa, una faceta más de la pesada herencia de elementos disociadores no superados, que dejara la colonia.

Omar Qamasa Guzmán Boutier es escritor y sociólogo 

Opinión

Noticias