Opinión

27 de agosto de 2019 16:11

Bolsonaro y Morales, asesinos de la naturaleza


El incendio en la zona amazónica de Brasil y Bolivia iniciado la primera semana de agosto, ha puesto en alerta a la opinión pública mundial y convocado a protestas ciudadanas a nivel global. Estos incendios son consecuencia directa del modelo de desarrollo económico impulsado en Brasil e imitado por Morales. La denuncia mundial de esta catástrofe ambiental provocado por ambos gobiernos, ha sido respaldada con fotografías de la agencia espacial norteamericana, la NASA, con lo que se ha incrementado la apreciación de la dimensión que alcanza el desastre. Los responsables directos de este ecocidio, los presidentes Bolsonaro y Morales, ostentan ahora el nada honroso título de ser los mayores depredadores en el mundo, de la Amazonía. En estas líneas vamos a circunscribir el tema a Bolivia y a su ecocidio presidente, Evo Morales. 

El modelo de desarrollo que impulsa Bolsonaro en Brasil se basa en la máxima explotación industrial de la agricultura -particularmente la soya y la ganadería. Ello requerirá la constante ampliación de la frontera agrícola, lo que quiere decir, de la deforestación intensiva. El modelo de desarrollo que impulsa en Bolivia Evo Morales no es, en este sentido, sino una burda imitación de la política de Bolsonaro. Es verdad que de la historia boliviana surgen algunos pasajes que otorgan cierto barniz de originalidad al remedo. Lo llamativo es que se trata de un modelo productivo que, a su vez, ya ha fracaso históricamente en Bolivia. 

Nos referimos al modelo productivo ensayado en el proceso de la revolución nacional de 1952. A pesar del fracaso de entonces, ya despuntaba su carácter depredador. En ausencia de una propuesta productiva propia -lo dijimos con insistencia a través de varias columnas- al gobernante Movimiento al Socialismo (MAS) no se le ha ocurrido nada mejor que buscar algún éxito con el proyecto fracasado. En este nuevo esfuerzo por desempolvar esa propuesta de desarrollo, medio siglo más tarde de su estreno, el carácter depredador que a la misma le es inherente, ha destacado aún más. 

Claro que la sola imitación del piromaníaco ejemplo del Brasil de Bolsonaro, no basta para cubrir las características propias de la Bolivia gobernada por el MAS. La deforestación de las selvas bolivianas, pertenecientes a la región amazónica, no solamente se explica por la ampliación de la frontera agrícola para beneficio de sembradíos de soya y de la ganadería, sino también por la necesidad de satisfacer a nuevos productores de coca, en zonas consideradas ilegales para ello. La producción de coca excedentaria se orienta básicamente al narcotráfico; que es tan depredador como las otras dos actividades legales beneficiadas por el modelo productivo impulsado por Morales. 

El daño de esta catástrofe ecológica es muy grande y tendrá impacto tanto en ámbito global como en el ámbito local. En el plano general es claro que contribuye al calentamiento global, porque daña seriamente uno de los pulmones más importantes del mundo, como es la Amazonía. Consiguientemente, por el encadenamiento de eventos, afecta al mundo entero. Los incendios provocados por la desforestación para beneficiar a soyeros y ganaderos de Brasil y Bolivia, tienen pues un impacto global y por ello son de preocupación global. En este orden, no se trata de un  problema local, sino global. Los supuestos nacionalismos que tontamente expresaron sobre este asunto, al inicio del desastre, los gobiernos de Bolsonaro y de Morales, eran a todas luces simples coartadas para no parar con la deforestación. Que la presión internacional, principalmente de la Unión Europea -UE- (en particular de Francia), amenazando con bloquear el acuerdo comercial con el Mercosur si Bolsonaro no solucionaba el problema, ha despejado de inmediata aquella irresponsabilidad para con el mundo, es algo que quedó claro. La presión internacional sobre ambos gobiernos depredadores es tan evidente, que a ninguno de ellos les sirvió escudarse tras supuestos principios nacionalistas; en los que por lo demás, ellos mismos no creen. 

En el caso boliviano, las 500 mil hectáreas (según estimaciones) arrasadas por el fuego en la Chiquitanía, en el oriente del país, también afectarán al resto del territorio. Desde ya, en la zona del incendio es previsible la erosión de los suelos, dada la ausencia, ahora, de la flora encargada de contribuir a la lluvia y el almacenamiento de agua dulce, en los denominados ojos de agua. Debido a la urgencia del gobierno del MAS, por congraciarse con soyeros, ganaderos y productores de coca excedentaria de cara a las elecciones y dada la irresponsabilidad absoluta con la que el gobierno ha actuado desde siempre en relación a la protección de la selva amazónica del país, es impensable en la ejecución, luego, de políticas de reforestación para así, al menos, aminorar los daños ocasionados. 

También será afectado el occidente del país, principalmente la cordillera andina, en la que se contienen los glaciares; los cuales, a su vez, constituyen reservorios de agua dulce, para la población, la agricultura y la ganadería. La interconexión de los elementos que este desastre ambiental causa  se puede ejemplificar entre otros, en el traslado de las partículas de cenizas por medio de las corrientes de aire, de la Chiquitanía en llamas a la cordillera y su descarga en ella en forma de lluvias contaminadas. El impacto sobre los glaciares será pues muy negativo, en términos de la aceleración de su derretimiento. La cadena subsecuente de daños sobre la población de estas áreas es previsible. 

El responsable directo de este ecocidio se llama Evo Morales. Está claro que estos incendios provocados son consecuencia de la autorización del gobierno para la tala y quema de bosques, vía un simple decreto supremo, como el D.S. 3973. Bajo el absurdo argumento (que solamente cabe en la mente de depredadores empedernidos representados en el actual gobierno) de que se procurarían chaqueos controlados se ha dado luz verde a la deforestación, gracias a lo cual el fuego ha arrasado la impresionante extensión de casi medio millón de hectáreas de bosque. No contentos con ello, desde el comienzo del desastre el MAS ha preferido mirar a otro lado primero, luego minimizar el hecho a fin de evitar el auxilio internacional para, por último y a regañadientes, abrir la posibilidad de poder aceptar dicha ayuda. 
La irresponsabilidad es general en el gobierno. Ciertamente no podían expresarse de otra manera hombres sin principios, acostumbrados a la vida política corrupta y a la prebenda como método para gobernar. A la cabeza de un presidente depredador, secundado por funcionarios de alto nivel sin personalidad pero, eso sí, con una gran dosis de ineptitud profesional, los recursos naturales renovables se encuentran en el desamparo total. Si el servilismo, que comienza en el vice-presidente y termina en el último de los funcionarios públicos,  es la carta de presentación de méritos para la preservación de las fuentes de trabajo, es también una de las razones que explican cómo los supuestos chaqueos controlados devinieron en incendios descontrolados. Incendios que, hasta el momento de escribir esta columna, se han extendido por 18 días. Hablamos de algo más de medio mes; tiempo en el que el gobierno ha estado más interesado en la menuda pelea interna contra los opositores, orquestado por medio de un poder judicial títere; poder judicial que, a través del Tribunal Agroambiental sencillamente guarda silencio, frente a esta calamidad ambiental. 

La devastación de la flora y la fauna es un crimen contra la naturaleza. Ello es tan cierto que ha motivado el pasado viernes 23 de agosto, una jornada de protesta en la mayoría de los países, excepto en Bolivia, claro. La triste historia de la destrucción de la Amazonía por supuesto no ha concluido. Por ahora observamos en medio de este desastre ecológico las marchas y contramarchas del gobierno, con el fin de disimular la poca voluntad del MAS por apagar los incendios. En el gobierno parecen encontrarse seguros que la protección de los Medios estatales y para-estatales les brindará la cobertura suficiente como para que su mañoso comportamiento no sea descubierto. Esa falsa seguridad le lleva, por ejemplo, al ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, a asegurar que los incendios fueron provocados por la oposición. En realidad este ministro (que anteriormente ocupara el cargo y al cual, sin embargo, por la lluvia de denuncias de corrupción en su contra, tuvieron poco menos que hacerle fugar bajo el título de embajador boliviano en Cuba) no hace sino repetir una idea similar de Bolsonaro, para quien los incendios en el Brasil fueron provocados por las ONG´s.

Pero el daño ocasionado por el crimen contra la naturaleza, cometido por el gobierno de Morales-Linera, es tan evidente que pone en serias dificultades a los “periodistas” de esos Medios, para seguir el libreto diseñado en el gobierno. Así, todo lo que la propaganda oficial aspira a mostrar se troca en su contrario, o sea, por lo que en realidad es. La “preocupación” gubernamental en soberbia despreocupación, la capacidad profesional en incapacidad, la seriedad que el caso demanda en bufonadas y tonterías de los gobernantes. La revelación de la mano criminal masista tras el incendio, de la irresponsabilidad gubernamental y de la ineptitud de los “técnicos” del gobierno, es algo que el torrente de las noticias publicitarias simplemente no puede evitar. 

Omar Qamasa Guzman Boutier es escritor y sociólogo

Opinión

Noticias