Opinión

8 de enero de 2019 12:13

2019, año de la derrota de la dictadura


No; no es un artículo escrito hace cuatro décadas, desempolvado y adecuado para la ocasión. Lo que tratamos es poner en consideración la inviabilidad de concretar, elecciones democráticas mediante, el proyecto dictatorial que el gobernante Movimiento al Socialismo (MAS) busca afanosamente. El acecho dictatorial de Evo Morales tiende a agotarse en estériles esfuerzos, mientras, al contrario, la acumulación democrática de la sociedad no sólo mantiene su consistencia, sino que tiende a incrementarse. Por tanto, las cartas ya están echadas.

En efecto, las pulsiones dictatoriales no han podido disimularse desde el inicio mismo de la gestión gubernamental del MAS; entonces fueron justificadas como respuesta a supuestas conspiraciones de la derecha y el imperialismo. Así comenzó el amedrentamiento a la prensa, a la par que se daba rienda suelta a la persecución a opositores políticos y sindicales; se asaltaba, sin disimulo alguno, las organizaciones sociales reticentes al gobierno. Que ello hubiera podido mantenerse y hasta tolerarse, se explica por los elevados niveles de apoyo y simpatía de la que gozaba el MAS.

Hablamos, pues, de una alta legitimación social, que servía de espacio para la circulación tanto de aquellas “denuncias” como de las acciones autoritarias concretas, en contra de las organizaciones ciudadanas y la prensa. Pero cuando la legitimación social comenzó a mermar, el discurso de auto-victimización y las acciones de intimidación quedaron huérfanas de sustento legitimador. Entonces las cosas comenzaron a mostrarse como eran: simples ambiciones dictatoriales.

Este cambio no fue percibido por el MAS. Embebido en los recuerdos de una legitimación inicial (ahora perdida), actuaron con el mayor desenfreno en la administración pública, como si se tratara del manejo de bienes privados. Los actos de corrupción se sucedieron en todas las áreas y niveles del gobierno, ahondando la deslegitimación social. Para el gobierno de Morales, en respuesta, las denuncias de corrupción no eran sino parte de la conspiración de la derecha. Pero claro, la deslegitimación había privado al discurso del MAS de su ambiente para la circulación con la esperanza de suscitar credibilidad. Tampoco este cambio fue percibido y en el gobierno prefirieron comenzar a creer en su propia propaganda, es decir, en sus propias mentiras.

Paralelamente y de seguro por el instinto de preservación que le viene al hombre de sus estratos más primitivos, comenzaron a acechar a las instituciones del Estado hasta terminar, por último, destruyéndolas por completo. El Ministerio Público, el Tribunal Constitucional, la policía, el ejército, el Tribunal Electoral, la Contraloría fueron cayendo, no digamos bajo el control político del MAS, sino literalmente cayendo como instituciones públicas que, en teoría, deben su existencia para servir a la sociedad.  Pues ese principio cayó con la desinstitucionalización y fue reemplazado por el servicio particular a un partido político. Así, una nueva mentira debía servir para encubrir la realidad que no era sino la ya inocultable deslegitimación social. Pero incluso en este partido, en el que por órdenes de su mayor “teórico” (Álvaro García; “teórico” que estaba convencido que el sol iba a desaparecer del firmamento si perdían en el referéndum del 21 de febrero del 2016) está prohibido pensar por cuenta propia, comenzó a surgir la sospecha que la desinstitucionalización era del todo insuficiente para sustituir a la triste realidad de la pérdida de legitimidad.

Entonces decidieron tomar el toro por las astas e ir al encuentra con la sociedad, que es el espacio donde habían perdido terreno y desplegaron con entusiasmo la prebenda y la corrupción sobre las direcciones sindicales. No es que hasta entonces no hubieran utilizado estas “estrategias”, sino que ahora ellas formaban parte de políticas ejecutadas con planificación. Fue el turno de la fabricación de “apoyos” sindicales, hasta concluir con la toma de la Central Obrera Boliviana (COB) y convertir a sus dirigentes en voceros del gobierno, al interior del sindicalismo. También fueron creadas organizaciones paralelas allá donde la necesidad política lo requería: una Fejuve del MAS en La Paz, una CIDOB masista, un CONAMAQ trucho, etc.

En lo que no pensaron los “conductores” de estos tropezones fue que aun con esta nueva mentira no únicamente la realidad de la deslegitimación social se mantenía intacta, sino que el desarrollo de la prebenda, la corrupción y el autoritarismo (cercano al terrorismo) de Estado, sacaba a flote lo que se pretendía ocultar. Está claro para cualquier observador que quien utiliza la prebenda y la represión lo hace porque ha perdido apoyo social y proposición democrática. Tanto la prebenda como la represión están destinadas a suplir la falta de apoyo y legitimación social, pero desplazar ambas políticas en tiempos pre-electorales es la auto-confesión que se asiste a las elecciones, consciente de su pobre convocatoria democrática.

La derrota electoral de la inconstitucional candidatura Evo Morales – Álvaro García es inevitable. Lo es, al menos por los dos motivos ineludibles que ya mencionamos. Primero, la acumulación democrática en la sociedad y segundo, la deslegitimación social del MAS. Ahondemos un poco sobre ellos.

En rigor, en la noción de “acumulación democrática”, para fines analíticos, deben diferenciarse dos niveles; uno histórico y otro actual. Este último, claro, se funda en el primero y así incrementa el valor de esa acumulación histórica, mientras que al mismo tiempo recibe la fuerza de dicha revalorización. Esto quiere decir que la adquisición de los valores de la democracia representativa lograda en 1979 efectivamente fue un hecho histórico, que definió en general el carácter y el desarrollo de la consciencia política democrática de esta sociedad. Fue un hecho notable, porque ahora, como toda acumulación, forma parte de la memoria colectiva y se halla, junto a otros elementos de la memoria, alojada en el inconsciente colectivo, en el pre-juicio colectivo y como todo elemento alojado en esos niveles de la memoria, se reactiva cuando las circunstancias del presente lo motivan.

Precisamente eso es lo que en Bolivia se ha vivido notablemente durante la última década. Ello se hizo gracias a la corrupción generalizada en el gobierno, a la desinstitucionalización de toda la estructura del Estado, la prebendalización de las relaciones con las organizaciones sociales, el autoritarismo del Estado, el desconocimiento a la voluntad popular expresada democráticamente en el referéndum del 21 de febrero, al pisoteo a la Constitución Política del Estado (CPE) (que dio lugar a un mamarracho democrático, expresado en ese engendro que es la candidatura trucha del MAS). La respuesta a todo ello ha dado lugar a la recuperación, del baúl de las memorias, de la acumulación democrática. Si esta sociedad ha respondido con relativa rapidez a la conducta antidemocrática y dictatorial del gobierno, contraponiendo los valores y principios de la democracia representativa, es pues por esa acumulación; o sea que no es una respuesta que viene del vacío.

La actual resistencia nacional democrática no sale de la nada y tampoco es obra de conspiración alguna. Al contrario, tiene raíces históricas sobre las que se funda y, lo más importante, de la que se alimenta para continuar desarrollándose, es decir, para el caso, continuar desarrollando los principios y valores democráticos. Por ello la contundencia de la resistencia democrática, que ha demostrado ser, incluso para el reconocimiento de los ilusos candidatos a dictadores, indoblegable. En consecuencia, toda la errática conducción antidemocrática del MAS, a lo largo de estos años, ahora se troca en derrota democrática. Porque, como se sabe, no se atropella impunemente las libertades y los principios democráticos.

Al contrario de esta acumulación, la deslegitimación del MAS es total. No se trata únicamente de la evidente deslegitimación social, sino de la deslegitimación legal. Que los mal disimulados incondicionales seguidores del MAS en el Tribunal Constitucional hubieran atropellado el orden constitucional para dar la venia a una candidatura inconstitucional y que los también encubiertos seguidores del partido de gobierno, mayoritarios en el Tribunal Electoral hubieran reconocido el disparate admitiendo la candidatura del MAS, sólo ratifica el extravío constitucional en el que se encuentran los poderes del Estado. Así, pues, la deslegitimación social y legal del gobierno coloca a sus candidatos truchos sin ninguna apoyadura consistente, para asistir a las elecciones próximas. Estamos en los momentos previos a que se lancen a una piscina sin agua.

En el plano estrictamente electoral las cosas no se muestran mejor. Siendo las elecciones la hora del ciudadano, es también el tiempo en el que se expresan y dilucidan tanto la acumulación democrática de la sociedad como las prácticas antidemocráticas del gobierno. Lo que se puede anunciar, en este caso, es la clara regresión de los niveles de convocatoria electoral del MAS. No hablamos ya siquiera de la contención de la convocatoria electoral del pasado. Esta sangría en la convocatoria electoral se debe, en lo principal, por supuesto al proyecto dictatorial ensayado, pero en lo micro se debe, también, a la política interna del MAS. En esta agrupación política, el único requisito para ser considerado un ejemplar militante, ha sido y es contar con un alma servil y un espíritu adulador al jefe principal y como vemos, esos requisitos los cumplen a cabalidad todos, desde la vicepresidencia hacia abajo. La cadena de “llunkerío” no crea pues compromiso político sino clientela política, que abandona el barco cuando las cosas se ponen difíciles, como está comenzando a suceder.

De ahí que en este partido, desde siempre, se han cortado las cabezas pensantes y con un mínimo de personalidad y por ello sonaba a mentira cínica el supuesto reconocimiento del error por no haber formado nuevos dirigentes, que a fines del pasado año formulara García Linera. Lo que se tiene, por tanto, no es un partido sino una oficina de empleados y clientes. Ni siquiera el aceite (representado en la prebenda) resulta ya útil para contrarrestar su dispersión electoral. Quienes piensan en que esta derrota anunciada puede revertirse no salen del mundo de las fantasías. Sin estructura partidaria en el sentido serio del término, sin oferta electoral y lo principal, sin candidatos con el carisma suficiente como para, inicialmente, contener la sangría y acto seguido remontar la situación adversa, los “estrategas” de la candidatura inconstitucional del MAS sólo atinan a repetir lo que siempre hicieron: corromper y corromper a votantes. En lo principal a los que consideran forman su base electoral sólida y a los jóvenes votantes. Pero ni aún ello les salvará a la hora decisiva porque, como enseña la historia, en un arranque de dignidad y auto-respeto, se recibe la prebenda con una mano y se vota con la otra mano. Así y aunque el aparato publicitario del gobierno, consistente en los Medios de comunicación del Estado y los Medios paraestatales lo traten de ignorar, pronto veremos la sangría electoral del MAS también en los sectores principalmente campesinos, que se creían inexpugnables.

Omar Qamasa Guzman Boutier