Opinión

10 de octubre de 2019 10:17

Un electorado huérfano. Parte I


Quiero poner sobre la mesa una hipótesis y que la debatamos: Al menos una buena parte del electorado en Bolivia está huérfano. Pero ¿a qué me refiero con esto? Me refiero a que la relación entre el representante y el representado está quebrada, y que por tanto, el modelo de democracia representativa está como que perdiendo su esencia. Por supuesto que no estoy diciendo nada nuevo; Sartori, en una conferencia allá por 1998, bien decía que algo está fallando con la representación actual y menciona - como factor subjetivo de análisis - una creciente distancia entre el representante y sus representados, la cual podría deberse a un alejamiento entre ellos, una impermeabilidad del sistema de partidos, o sencillamente pura indiferencia de los partidos. Pues ante lo particular de las elecciones que se nos vienen en un par de semanas, inevitablemente ha entrado en escena el voto útil y es sobre lo que quiero hablar en principio.

Empecemos definiendo qué es el voto estratégico, y que en una de sus dimensiones se llama «voto útil». Consiste entonces en una adaptación estratégica de las preferencias del electorado que se basa en la idea de no desperdiciar el voto y que está impulsada por diferentes incentivos. Uno de las principales implicaciones del voto útil que tenemos que tomar en cuenta en el actual escenario político es que se trata de un voto totalmente circunstancial y en definitiva esto tiene la capacidad de afectar la gobernabilidad. Dicho de otra manera, si yo le doy mi voto a un partido sólo porque no quiero que otro partido gobierne, entonces será más fácil que yo cambie mi decisión de voto para la siguiente elección o mi apoyo durante la gestión de gobierno, ya que ningún vínculo profundo me une con la decisión que tomé. Me animo a decir  que  este  es el caso  del «voto inteligente» al que  está  apelando CC. Claramente esto puede ser peligroso en el eventual escenario en el que  Mesa gane  las elecciones y llegue a conformar un gobierno; este electorado no vota por Mesa, sino porque no le gusta Evo Morales y por lo tanto a la más  insignificante toma de decisiones que  no nos guste, le retiramos nuestro apoyo porque no hay un vínculo fuerte que haga que yo me ponga la camiseta de CC y le «perdone» cualquier cosa que considero un error.

En el caso del MAS, sabíamos que su voto duro era de 40 %, que es lo que más o menos nos muestran las encuestas de intención de voto para este proceso electoral. Pero ¿a dónde se va el restante y nada despreciable 20 % que sacó en las anteriores elecciones? Y más importante aún ¿por qué este 20 % votaba al MAS? No es la idea resolver estas interrogantes aquí y ahora, pero sin duda, lo que podemos concluir es que estamos frente a un electorado volátil, al que le da lo mismo votar por uno que por otro en tanto y en cuanto satisfagan algún tipo de interés inmediato, toda vez que las preferencias políticas no están bien arraigadas. Puede ser un voto económico, es decir, yo voto al MAS simplemente porque mis ingresos han subido; o bien un voto castigo, yo era un micro empresario, pero el doble aguinaldo me ha liquidado; o bien puede darse que prefiero Ortiz a Mesa, pero no desperdiciaré mi voto en alguien que no tiene posibilidades de ganar. Y así, los ejemplos pueden ser infinitos, pero ¿cuál es el común denominador? El cálculo estratégico de costo - beneficio antes que una adscripción o identificación sólida con el partido. Esto nos deja mucho que pensar sobre cómo es nuestra cultura política en la que votamos a corto plazo y en la que los partidos no se preocupan por desarrollar este lazo sólido con su electorado y no perder su apoyo a la primera de cambio.

Natalia Peres Martins

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